viernes, 20 de febrero de 2026

 





Receta para olvidar a un amor

Lienzo de Hopper. “Habitación de un hotel”

 

Se escogen los sentimientos apropiados y se majan con perejil, unas lágrimas de sal y una estrella fugaz; a continuación, pochamos los recuerdos con más escozor y los mezclamos con azafrán, comino y un pensamiento de añoranza, después los dejamos reposar hasta que baje la masa.

Mientras, forramos un molde que pueda ir al horno y lo pintamos con mantequilla de colores, a poder ser en tonos de ocasos y amaneceres, vertemos la masa de recuerdos y adornamos con la salsa de sentimientos, y el tacto de su piel bien batidos; dejamos reposar unos días, unos meses, o unos años, según profundidad de los ingredientes y, vertemos con suavidad, pero firmemente, en el molde, rociamos con una buena dosis de olvido caramelizado en violeta e introducimos en el horno que, previamente habremos calentado a 200 grados, y dejamos pasar el tiempo.

Cuando esté en su punto, desmoldamos —con cuidado de no dejar ningún trozo de su mirada o de su voz enganchados en el recipiente, que luego reverdecen— y lo ponemos en una bandeja de cristal que pueda ir al congelador. Enfriamos bien por los cuatro costados, y ya podemos servir.

Un detalle a tener en cuenta al partir el guiso es el de cortar con mano firme para que no nos caiga ninguna miguita al corazón que, más tarde, pudiera echar raíz de nuevo.

Y después, cuando el pulso ya no tiemble, lo servimos bien frío.

 

María Jesús


miércoles, 11 de febrero de 2026

 




26 enero

Días de trajín, más por mi madre que por mi hijo. Cuando vuelvo a casa después del trabajo me encuentro al abuelo y a Leo en el sofá, los dos tapados con una manta, viendo los dibujos. De la cocina me llegan ruidos familiares a cacharros y cánticos maternos. Si no tuviera tanta hambre me emocionaría la escena, pero al estómago no le vengas con poesías. Mi madre me pone un plato de sopa de cocido en la mesa y sigue atareada en la cocina. «Estoy haciendo rosquillas, hija», me explica con alegría. A mi madre cocinar siempre la pone de buen humor.

Les pido a mis padres que se queden con Leo mientras recojo a Martí del colegio y hago un par de recados. Mi padre asiente desde el sofá, mi madre canturrea desde la cocina. Cuando vuelvo, oigo a mi madre hablando a voz en grito por el teléfono fijo. Le pregunto a mi padre que con quién habla, mi padre fiel a él mismo, se encoge de hombros y me dice que, con un vendedor o una amiga, no está seguro, porque no estaba escuchando. Me pongo junto a mi madre y presto atención a sus palabras. En aquel momento le dice a alguien que está cuidando de su nieto Leo, que tiene una gripe de aúpa, que hay mucha pasa y, de paso le informa de que su hija, o sea yo, no está en casa, añade, además, que ella es mi madre, por si la chica ha perdido el hilo, y remata asegurándole que ya me dará el recado cuando vuelva, pero que duda mucho que pueda ser porque en esta casa se anda siempre a dos velas. La miro fijamente: ¿se habrá quedado ciega? Cuando cuelga, le pregunto que con quién hablaba, y me suelta muy tranquila que, con una tal Noemí, que la pobre quería venderme un seguro o un colchón, no estaba segura, pero que ya le ha dicho que no me interesaba.

Cuando mis padres se van, entro en la cocina para dejar un par de paquetes y la veo impoluta, ordenada y llena de rosquillas.

Diario de una mujer del extrarradio. Pérez Barrios, María Jesús, Edit. Círculo Rojo, 2024.

De venta en Amazon, Libros. CC, Buscalibre, El Corte inglés, FNAC, La Casa del libro…