Semillas
de colores
Hay un
parque, aquí en mi barrio, no muy grande, repleto de viejos bancos de madera
color chocolate y de varios árboles sin nombre, cansados de dar sombra para
nadie.
No
es un parque muy diferente de otros: algunas papeleras desteñidas, excrementos
de perro por recoger, parejas jóvenes embobadas y parejas mayores aburridas,
abuelos con mucho tiempo libre, madres apresuradas que conducen cochecitos,
niños sueltos… un parque muy de estar por casa, muy de ciudad; sin embargo, algo
lo diferencia de los demás. Medio escondido entre un par de plátanos
taciturnos, se halla un diminuto quiosco. Lo regenta una mujer de edad
imprecisa, que siempre lleva mitones, negros de lana en invierno, de blanco
encaje en verano. La mujer se viste con colores alegres y lleva un sombrero
grande, de paja dorada, adornado con una cinta celeste.
Nadie
sabe su nombre, es la señora del quiosco, sin más, como si fuera la esposa del
trotinado cuartillo de madera desde donde ve pasar la vida. Allí vende pipas,
caramelos de melote, dulces variados, palomitas, algún tebeo barato y también
juguetitos de plástico, de esos de colores chillones que duran lo que dura la
ilusión del niño que los compra.
Pero
lo que más demanda tiene en ese quiosco son las semillas de los sueños, unos
sobrecitos de colores: azules, blancos, rojos, violetas… que compramos los del
barrio cuando la realidad toca fondo y necesitamos sueños extras, nuevos y
hermosos, para seguir adelante.
Allí
hay semillas para todas las necesidades. Desde la blanca para el niño que ha
suspendido los exámenes, hasta la marrón para la mujer que se ha quedado sin
trabajo o la violeta para la que trabaja demasiado, la rosada para el enfermo
de amor, la gris perla para el solitario… el procedimiento no requiere mucho
esfuerzo. Llegas ante la mujer del quiosco, le pides un sobrecito de semillas
―entran tres o cuatro en cada sobre—, pagas la voluntad, nunca más de uno o dos
euros, y luego te sientas en uno de los bancos, te comes las semillas,
masticándolas lentamente y, casi de inmediato, la realidad se difumina y
empiezas a vivir tu sueño. Suele durar una hora, poco más o menos, pero es
suficiente para recuperar la sonrisa y volver a pisar con fuerza la realidad
que nos ha tocado.
Por
una ley no escrita, todos los que visitamos el quiosco y compramos esas
semillas, guardamos sagrado silencio. No queremos que corra la voz y vengan de
otros barrios a dejarnos sin nuestra necesaria ración de sueños.
María Jesús





