Qué pequeño es el mundo
A
aquella isla no había llegado aún el invento de la rueda. Sus habitantes
permanecían tranquilos. Sin ansías de descubrir nuevos mundos, sin saber
siquiera que podían existir. Cada persona vivía en el mismo lugar en el que
había nacido, como mucho visitaban los pueblos —nunca demasiado lejanos— a lo
que sus pies, sus pollinos o caballos, los que los tenían, podían alcanzar.
Aquel mundo tan pequeño
acababa siempre frente al mar o frente a un río.
Sus
habitantes se limitaban a levantarse por las mañanas, acudir a sus tareas, cada
uno a la suya, cuando la finalizaban, disfrutaban del paisaje, de las playas, o
se detenían a admirar las flores o los árboles; reconocían a los pájaros por su
canto y, no les costaba nada entablar conversación con cualquiera, si no hay
prisa el tiempo da para todo. No conocían la aceleración que un objeto redondo
y con rieles podía causar.
A
menudo, cuando se reunían para alguna celebración y, el vino corría más de la
cuenta y soltaba la lengua a las reflexiones, pensaban si serían los solitarios
habitantes del mundo o si su isla sería la única en el universo entero. Se
decía que intrépidos navegantes habían encontrado otros pueblos y otras tierras
pobladas, pero nadie hacía mucho caso de esos rumores. Ninguna persona había
vuelto jamás para demostrarles que había otros mundos más allá de su isla.
Algunas
noches de luna llena, alguien, con más inquietud que otros, había mirado el
circulo de la luna y lo había reseguido con un dedo alzado en el aire y, por un
segundo, un veloz destello de conocimiento, le había iluminado, dejándolo con
la extraña sensación de que algo se le escapaba; pero aquello duraba lo que
dura un suspiro y, pronto, todo volvía a la apacible realidad de su mundo sin
prisas.
María Jesús





