El
fin del mundo
Aunque son muchos los que creen que no existe,
están equivocados.
El fin del mundo suele llegar
al menos, una o dos veces, al final de cada siglo.
Entra tan campante y se queda
unos días, a mesa puesta y cama hecha.
A veces llega en invierno, con
los fríos de diciembre; otras, aparece hacia junio, coincidiendo con el
solsticio de verano.
La verdad es que para poco por
aquí, y durante el tiempo en que está siempre encuentra excusas, que no
convencen a nadie, para posponer su trabajo. «Que si no es el momento, que si
ha perdido el libro de instrucciones o la hoja de ruta, que si hoy llueve y
mañana hace sol...».
Muchos empiezan a sospechar
que en realidad el «señor» es un vago de tomo y lomo, que no quiere doblar el
espinazo y actuar de una vez por todas.
Aunque yo creo que, en el
fondo de los fondos abismales, es, simplemente, un romántico indeciso al que le
da pena variar el curso de la historia.
María Jesús






