Otras
formas de crear
Me
trago de un suspiro el cielo
y doy
a luz las estrellas
Seco
con una sonrisa el mar
y
amanecen caracolas
Siembro
con mi corazón la tierra
y
brotan las amapolas
Me
embriago con tu risa
y
concibo el paraíso
María Jesús
Blog de micros, cuentos y poemas
Mala
fama
En la galaxia nos miran mal. Tenemos mala fama.
Nos consideran el lumpen del universo. Quizá sea por esa costumbre de hablar a
gritos y de resolver los problemas a tortazos; tal vez por esa manía de marcar
el territorio o quizá por esa inquietud continua que hace que estemos siempre
en movimiento sin movernos de lugar.
Hemos dominado nuestro amor
por los bananos, y nos hemos acostumbrado a mantener nuestras vergüenzas bien
tapadas, aunque aún temblamos perceptiblemente cuando un árbol de ramas recias
y frondosa hojarasca se cruza en nuestro camino.
María Jesús
Vamos
a comprar un poeta, Afonso Cruz
Reseña
Es una novela de muy pocas
páginas, escrita en pequeños capítulos, que nos sitúa en una sociedad
distópica, ma non troppo, porque podemos tenerla a la vuelta de la esquina,
incluso diría que en algunas familias y sociedades ya está instaurada.
La voz narradora es la de la hija
adolescente de una familia de las de manual: padre, madre, hijo e hija, que
vive perfectamente anclada en ese mundo donde todo tiene un precio y está
patrocinado por una marca.
Un buen día, a petición de la
niña, y porque ensucia menos que un pintor y debe de hacer, sin duda, menos
ruido que un músico, deciden comprar un poeta (los artistas y el arte son, en
ese mundo, como mascotas improductivas, pero que pueden aportar pedigrí al hogar
con esas tonterías suyas)
Evidentemente, pasa lo que
todos estáis pensando, del roce cotidiano con el poeta y sus versos, la familia
no sale indemne.
Esparcidos por las páginas del
libro encontraremos hermosos versos, cuya autoría pertenece a diversos autores:
Elliot, Szymborska, Teresa de Jesús o Whitman, por poner algunos ejemplos.
Una pequeña joya con un
afilado estilete crítico, no exento de humor, que se clava con aguda
sensibilidad en un mundo cada vez más cercano, y que me ha recordado esa imprescindible
canción de mi añorado Aute: “La belleza”.
«Dicen que es bueno
intercambiar afectos, une a las personas y crea una especie de beneficio que,
pese a no ser de calidad, puesto que no es material ni puede reducirse a cifras
ni deducirse en los impuestos ni generar ingresos, hay quienes creen, es una
cuestión de fe, que pueden aportar dividendos.»
«Mi hermano es
exponencialmente tonto. Calza un cuarenta y cuatro y tiene granos, entre
treinta y cuarenta en cada mejilla…»
«Mi madre alisó las sábanas, patrocinada
por una empresa de frutas y verduras…»
«―¿Hay algo que debamos saber
sobre el cuidado de estos ejemplares (los poetas)? —pregunté yo.
―Para tenerlo entretenido,
cómprele libretas con hojas en blanco y bolígrafos. También pueden adquirir
algunos libros. Los tenemos de distintas marcas.»
Cruz, Afonso, Vamos a comprar un poeta. Libros del Asteroide 2025. Traducción Rita da Costa
María Jesús
Qué pequeño es el mundo
A
aquella isla no había llegado aún el invento de la rueda. Sus habitantes
permanecían tranquilos. Sin ansías de descubrir nuevos mundos, sin saber
siquiera que podían existir. Cada persona vivía en el mismo lugar en el que
había nacido, como mucho visitaban los pueblos —nunca demasiado lejanos— a lo
que sus pies, sus pollinos o caballos, los que los tenían, podían alcanzar.
Aquel mundo tan pequeño
acababa siempre frente al mar o frente a un río.
Sus
habitantes se limitaban a levantarse por las mañanas, acudir a sus tareas, cada
uno a la suya, cuando la finalizaban, disfrutaban del paisaje, de las playas, o
se detenían a admirar las flores o los árboles; reconocían a los pájaros por su
canto y, no les costaba nada entablar conversación con cualquiera, si no hay
prisa el tiempo da para todo. No conocían la aceleración que un objeto redondo
y con rieles podía causar.
A
menudo, cuando se reunían para alguna celebración y, el vino corría más de la
cuenta y soltaba la lengua a las reflexiones, pensaban si serían los solitarios
habitantes del mundo o si su isla sería la única en el universo entero. Se
decía que intrépidos navegantes habían encontrado otros pueblos y otras tierras
pobladas, pero nadie hacía mucho caso de esos rumores. Ninguna persona había
vuelto jamás para demostrarles que había otros mundos más allá de su isla.
Algunas
noches de luna llena, alguien, con más inquietud que otros, había mirado el
circulo de la luna y lo había reseguido con un dedo alzado en el aire y, por un
segundo, un veloz destello de conocimiento, le había iluminado, dejándolo con
la extraña sensación de que algo se le escapaba; pero aquello duraba lo que
dura un suspiro y, pronto, todo volvía a la apacible realidad de su mundo sin
prisas.
María Jesús
Semillas
de colores
Hay un
parque, aquí en mi barrio, no muy grande, repleto de viejos bancos de madera
color chocolate y de varios árboles sin nombre, cansados de dar sombra para
nadie.
No
es un parque muy diferente de otros: algunas papeleras desteñidas, excrementos
de perro por recoger, parejas jóvenes embobadas y parejas mayores aburridas,
abuelos con mucho tiempo libre, madres apresuradas que conducen cochecitos,
niños sueltos… un parque muy de estar por casa, muy de ciudad; sin embargo, algo
lo diferencia de los demás. Medio escondido entre un par de plátanos
taciturnos, se halla un diminuto quiosco. Lo regenta una mujer de edad
imprecisa, que siempre lleva mitones, negros de lana en invierno, de blanco
encaje en verano. La mujer se viste con colores alegres y lleva un sombrero
grande, de paja dorada, adornado con una cinta celeste.
Nadie
sabe su nombre, es la señora del quiosco, sin más, como si fuera la esposa del
trotinado cuartillo de madera desde donde ve pasar la vida. Allí vende pipas,
caramelos de melote, dulces variados, palomitas, algún tebeo barato y también
juguetitos de plástico, de esos de colores chillones que duran lo que dura la
ilusión del niño que los compra.
Pero
lo que más demanda tiene en ese quiosco son las semillas de los sueños, unos
sobrecitos de colores: azules, blancos, rojos, violetas… que compramos los del
barrio cuando la realidad toca fondo y necesitamos sueños extras, nuevos y
hermosos, para seguir adelante.
Allí
hay semillas para todas las necesidades. Desde la blanca para el niño que ha
suspendido los exámenes, hasta la marrón para la mujer que se ha quedado sin
trabajo o la violeta para la que trabaja demasiado, la rosada para el enfermo
de amor, la gris perla para el solitario… el procedimiento no requiere mucho
esfuerzo. Llegas ante la mujer del quiosco, le pides un sobrecito de semillas
―entran tres o cuatro en cada sobre—, pagas la voluntad, nunca más de uno o dos
euros, y luego te sientas en uno de los bancos, te comes las semillas,
masticándolas lentamente y, casi de inmediato, la realidad se difumina y
empiezas a vivir tu sueño. Suele durar una hora, poco más o menos, pero es
suficiente para recuperar la sonrisa y volver a pisar con fuerza la realidad
que nos ha tocado.
Por
una ley no escrita, todos los que visitamos el quiosco y compramos esas
semillas, guardamos sagrado silencio. No queremos que corra la voz y vengan de
otros barrios a dejarnos sin nuestra necesaria ración de sueños.
María Jesús
Receta
para decirle adiós al verano
Se toma un buen pedazo de mar, cuanto más azul
y salado, mejor, y se bate bien con unas cuantas nubes a punto de nieve;
buscamos algunas puntas de sol sobrantes, que estén aún frescas, les damos una
bonita forma, y con cuidado de no quemarnos, las echamos de una en una;
seguidamente añadimos harina de estrellas fugaces, que previamente habremos
reservado en las medianías de agosto, y espolvoreamos con alegría.
Aparte, vamos recalentando
pedacitos de aire bien mezclados con suspiros y aleteos de abanicos, y le
añadimos un chorrito de música verbenera, la de habaneras al ron también puede
ser un buen sustituto. Con garbo y salero, tamizamos con aroma de jazmín y
pétalos de geranios, de manera que quede un bonito dibujo, lo más centrado
posible. Con todo en su punto, amasamos bien la nostalgia de algún atardecer dorado,
lo unimos a la manteca suave y rosada de las auroras, y lo añadimos lentamente.
Es opcional aderezar con un aleteo de gaviota
o un trino de golondrina, pero si se opta por ello, mejor en pequeñas
cantidades.
Se deja enfriar lo suficiente
para que nos quepa en la alacena de los recuerdos, y… pasamos al otoño.
María Jesús
August
Reseña
Escribir bien, como sabemos todos los que
de una forma u otra nos dedicamos a esto, no es fácil. Escribir muy bien, solo
está al alcance de unos pocos, pero escribir muy bien y que además parezca
sencillo y cercano, es ya algo casi milagroso. Este librito de apenas cincuenta
páginas es una lectura muy especial, creo que fue escrita en algún momento en
el que la conjunción de planetas —no sé si además con un eclipse solar de por
medio― fue perfecta.
La historia, escrita en
tercera persona, nos explica la vida de August, un conductor de autobuses viudo
y a punto de jubilarse que lleva a un puñado de turistas de Praga a Berlín.
August es un hombre sencillo,
amable, no demasiado inteligente, que es más o menos feliz con su existencia.
Durante el trayecto se va desgranando su historia. Huérfano de guerra en la
Prusia oriental de la Segunda Guerra Mundial, y aquejado de un problema
pulmonar, es ingresado en un sanatorio donde conoce el amor, un amor platónico
por una muchacha mayor que él. Nos explica de refilón su posterior paso por un
orfanato, la plácida, pero nada apasionada relación con su mujer, su anodina
vida cotidiana…
La historia maneja, con la
misma soltura y acierto que las abuelas de antes manejaban las agujas de hacer ganchillo,
el pasado mezclado con el presente, de manera que en sesenta páginas escasas tenemos
una historia que nos llena como si fuera una saga completa.
A mí este personaje, salvando
las distancias que son muchas y grandes, me recuerda al personaje que Chejov
describió tan magistralmente en “La tristeza”, quizá porque esta historia es
también una historia triste, pero como si lo fuera a su pesar, como si no se
quisiera hacer alarde de esa tristeza.
Dicen que su autora Christa
Wolf, la concibió poco antes de su muerte para regalársela a su esposo,
Gerhard, en el sexagésimo aniversario de boda, intentando verter en ella algo
de su propia infancia. Solo puedo decir que recibir un regalo así, te debe de
hacer sentir el más afortunado de los mortales, un elegido de los dioses,
diosas, en este caso.
Wolf, Christa, August,
ed.Libros del Asteroide 2026. Traducción Marina Bornas