lunes, 29 de diciembre de 2025

 




Escrito en las estrellas

Publicado en Revista Almiar. Margen cero. Diciembre de 2025

Fotografía: Revista Almiar

 

Mi madre decía que era pitonisa diplomada, y en casa nadie se lo discutía, pero en realidad todos sabíamos que lo de leer el futuro no era lo suyo. Ya, en su primer embarazo aseguró, con firmeza teutona, que iba a dar a luz una preciosa niña de ojos azules, y nació mi hermano, moreno como la pez y con los ojos más oscuros que Machín; después, cuando volvió a quedar embarazada, comentaba a diestro y siniestro, que lo que llevaba en el vientre eran, ¡nada menos!, que trillizas, todas niñas, claro, y nací yo, más solo que la una, y varón para más señas.

A partir de aquí, mi padre perdió interés en sus predicciones, y lo puso en la vecina del segundo, con la que se fugó unos meses más tarde.  Mi madre se lo tomó como un gaje más de su oficio, limpió con más vigor su bola de cristal, y siguió prediciendo el futuro; un futuro tan lejano, que nunca sucedía. Así, cuando mi hermano y yo éramos niños, vaticinó mirando embelesada a mi hermano: «La de corazones que romperá este cuando crezca»; luego se giró hacia mí, y con voz resignada dijo: «y la de zapatos que destrozará este otro vagabundeando por ahí». 

Andando el tiempo, mi hermano se convirtió en zapatero remendón y un servidor en matarife.

Nuestra infancia, y aún más, nuestra adolescencia, fue un cúmulo de despropósitos. Si en su famosa bola ahumada ella veía de repente la imagen de una tormenta de granizo y nieve, a nosotros nos tocaba salir equipados a la calle como para subir al Himalaya, —daba igual que aquel día amaneciera con un sol que hiciera chiribitas desde el cielo—; si teníamos un examen, ella nos aseguraba que iban a salir preguntas, que a los profesores ni se les habían pasado por la imaginación que existieran; si nos gustaba una chica, ella nos advertía de sus bondades o defectos, sin dar en el blanco ni por casualidad. No digo que todo fuera culpa suya, pero el hecho de que mi hermano y yo hayamos llegado solteros a los cuarenta, no ha sido solo por voluntad propia.

Sin embargo, nosotros, hijos del destino, según ella, y más sufridos que una piedra pómez, según el resto de la familia, nunca le reprochamos nada, nos acostumbramos a escucharla, sin oírla, y a darle la razón, entre sonrisas de complicidad burlona, como, por otra parte, hacía la mayoría de la familia y de los vecinos.

Hace unos días, en los albores de diciembre, cuando abrió aquellos ojos como dos pelotas de ping-pong, y empezó, a lo que ella llamaba levitar, (y el resto de los mortales caminar de puntillas), mientras iba murmurando: tres, dos, uno, cero, tres, dos, uno, cero… no le hicimos caso, pensando que quizá pensaba en una futura ascensión a la luna, ya que, en los últimos tiempos, le había dado por los viajes astrales, y otros palos de la misma baraja. Pero ella, aseguró con aquel convencimiento suyo, que no había menguado ni un ápice con el correr de los años, que era una señal de la fortuna, y que iba a comprar una serie de la lotería con esos números.

Quizá porque fue antes del desayuno y era lunes, o tal vez porque nos cogió desprevenidos, esa vez no pudimos disimular las carcajadas, que se esparcieron, con hambre atrasada, por todos los rincones de la casa. Recuerdo su mirada —aquellas orondas y blancas pelotas de ping-pong, se convirtieron en dos afilados colmillos de serpiente—, y desde entonces no nos dirigió la palabra.

Por eso hoy, veintidós de diciembre, cuando han cantado el número del gordo de Navidad, y hemos oído: «Tres mil doscientos diez, cuatro millones de euros, tres mil doscientos diez, cuatro millones de euros…», mi hermano y yo, como un solo hombre, salimos corriendo de nuestros respectivos trabajos, y nos presentamos en casa, henchidos de felicidad y de amor materno, pero solo hemos encontrado en ella, la bola de cristal sobre la mesa del comedor, con una tarjeta al lado, escrita con la letra picuda y desigual de mi madre, que decía:

«Me voy a vivir el presente, porque estoy hasta el chacra de la coronilla del futuro. Os dejo la bola. Besos. Mamá».

 

María Jesús

 

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

 





Es Navidad

 

Elevar la vista al cielo y contemplar —por sorpresa— el parpadeo fugaz de una estrella.

Caminar bajo un atardecer granate con paquetes en las manos y un villancico en los labios.

Cruzar la mirada —cómplice— y compartir la sonrisa al tropezar en la calle con algún desconocido.

Observar un revuelo de niños inquietos que miran tras los cristales con la yema de los dedos.

Olor a caldo, a chocolate y turrón que pasa del paladar a la mente y se aloja —para siempre— en la alacena del alma.

Acomodar las ausencias y apuntalar el dolor que producen los recuerdos.

Buscar con el corazón a la niña que hemos sido y que ahí sigue, escondida, soterrada por las capas de la vida y las vivencias.

El olor a musgo fresco y eucalipto, a piña, zambomba y peladillas.

La certeza de saber que «Nosotros nos iremos y no volveremos más».

Y, que la Navidad quedará.

 

María Jesús

 

 

 




miércoles, 10 de diciembre de 2025

 






En paro

 

…Tampoco hoy ha habido suerte con la entrevista, y lo que más me joroba es que luego Juan sacará al psicólogo freudiano que lleva dentro, y me dirá que en el fondo no quiero trabajar o, peor aún, con ese tonillo de autosuficiencia que se le pone mientras ve las tertulias de la tele, afirmará que no me sé vender… por cierto, hablando de ventas, antes de subir que no me olvide pasar por el súper a comprar cereales para las gemelas, que ya no quedan, y de paso traeré huevos, leche y algo de fruta. Pero primero iré a la tintorería a recoger el traje de Juan que ya hace dos días que espera. También tendría que haber pasado por el banco, pero como por las tardes no abren… A ver cómo le ha ido a Marina el examen de lengua, lo llevaba bien, pero nunca se sabe; creo que mañana tiene el de historia, luego le paso la lección, mientras pongo la lavadora y preparo la cena. Los recados del banco mañana sin falta, cuando vuelva de llevar a mi padre del ambulatorio.

En fin, el miércoles que viene tengo la otra entrevista, a ver si con esa hay más suerte. Esto de estar sin hacer nada acabará conmigo…

 

María Jesús

 

 

 


domingo, 30 de noviembre de 2025

 




Sol de mediodía

Jardins d’Emma

 

Sol de mediodía

que acaricia el parque

la luz se derrama

sobre el banco verde

Sol de mediodía

crepitar de alas

sobre las palmeras

Sol de mediodía

los viejos los miran

y los niños juegan

Sol de mediodía

postreras miradas

conviven en paz

con las risas nuevas

María Jesús

 


miércoles, 19 de noviembre de 2025

 




13 octubre

He empezado con el italiano. Las clases son los viernes de 17 a 18 en una academia de medio pelo que está a un par de manzanas de casa. Me apunté a ese horario aprovechando que es también el que tienen los niños en el gimnasio.

Creo que he hecho bien en matricularme los viernes. Primero: porque así, si mandan deberes, que va a ser que sí, tengo el fin de semana para hacerlos y, segundo: porque tendré dos días para recuperarme de las clases.

Nuestro profesor, un hombre en la sesentena avanzada, bajito y risueño, responde al nombre de Placido Calmata; o sea, como me ha chivado el compañero de pupitre: Plácido, el calmado, o algo así, pero de eso no tiene nada. Es más bien una simbiosis entre ardilla y lagartija, que no para quieto ni un segundo. Se ha pasado la hora arriba y abajo de la clase que, por cierto, es poco mayor que una jaula generosa. (Tengo que reflexionar, cuando tenga tiempo, sobre mi karma pendiente con los espacios pequeños, especialmente a nivel de aulas)

El hombre, sería para ir más ligero, ha venido vestido con un chándal y unas deportivas; aparte de caminar soltando parrafadas en italiano, de vez en cuando señalaba con el dedo a algún alumno ―seremos unos quince— y preguntaba algo, en su idioma, claro. Sabrá Dios lo que habremos contestado la mayoría, porque él cada vez estaba más risueño y nosotros más nerviosos. Esto sí que es vivir al límite de nuestros conocimientos, que todos parecíamos conejos hiperactivos, a excepción de mi compañero de pupitre, que es el típico que se matricula en iniciación de lo que sea, cuando el muy mentiroso, ya tiene un máster en la materia.

Creo que el signore Placido Calmato, nos va a dar unas clases muy, pero que muy animadas. En todos los aspectos.

Y ahora, solo se me ocurre dejar constancia escrita del poco acierto que tienen algunos padres al elegir los nombres de sus hijos; porque hoy ya no doy para más.

Diario de una mujer del extrarradio. Pérez Barrios, María Jesús, Edit. Círculo Rojo, 2024.

De venta en Amazon, Libros. CC, Buscalibre, El Corte inglés, FNAC, La Casa del libro…

María Jesús

 

 

martes, 11 de noviembre de 2025

 




Hogar

 

«Ya estoy en casa», dijo con voz cansada, y cerró la puerta de golpe, dejando fuera al viento helado que iba tras ella. Vació el par de bolsas de plástico que traía y se preparó la cena: un buen bocadillo de atún, una naranja y un vino tinto, de ese que entonaba el cuerpo y achicaba penas.

Luego, la mujer se arrebujó en su toquilla y se adormiló viendo pasar a la gente que, apresurada, apenas si reparaba en la vieja que dormitaba dentro del cajero del banco.

 

María Jesús

 

 

viernes, 31 de octubre de 2025

 




Realismo

Seleccionada y publicada en "Diario Sur" 2025

Publicada en el libro “Todavía seguían allí”

Pintura: “Marina”, Guillermo Gómez Gil

 

Mi padre es un artista y, como además de artista es desconocido, nadie le compra un cuadro. Por eso tenemos la casa llena de ellos. Los hay pequeños, medianos y, uno de tamaño gigantesco, que cuelga de una pared del comedor, que es la habitación más grande de la casa.

Todas las pinturas que pinta mi padre son marinas de estilo realista. Lo suyo es el realismo puro y duro, según lo define el vecino de abajo cada vez que sube a quejarse de las goteras de su comedor.

 

María Jesús