sábado, 19 de marzo de 2022

 


El retrato

  

Aquel retrato ya estaba allí, presidiendo el salón, cuando ocupamos el piso, pero a nadie en la familia le gustaba el aire altivo y malicioso, que despedían los modelos y decidimos confinarlo en el desván.

   El cuadro representaba a una joven vestida de blanco que sostenía un abanico con una mano y con la otra se apoyaba en una sombrilla cerrada. Era una mujer guapa y sonriente, pero algo en su mirada o en su boca, que se curvaba hacia abajo, nos la hizo antipática enseguida. A su lado, un hombre mayor vestido de uniforme, tal vez su padre, la observaba con adoración, mientras se tocaba, levemente, un frondoso bigote cano.

   Mi hermana descubrió, por casualidad, que el retrato ya estaba cuando los antiguos propietarios compraron la casa, así que supusimos que debía pertenecer a los primeros moradores.

   Tras distintas averiguaciones, aquí y allá, según mamá:

    ―Para devolver el cuadro a su legítimo dueño o herederos, antes de que se lo coma la carcoma.

    Nos enteramos de que, efectivamente, el retrato fue hecho a los primeros dueños de la casa.

    La joven del abanico poseedora, al parecer, de un gran carácter, dejó su país, no pudimos averiguar cuál, y se enfrentó a la oposición familiar para seguir a su esposo, un viejo militar ya retirado, el otro modelo de la fotografía.

   A pesar de lo que se pueda pensar, fue una boda por amor. El militar era bastante pobre y la muchacha se casó muy enamorada y vivió feliz hasta que murió, por causas naturales, pocos meses después de la boda.

    Al parecer, el viudo se encerró en su dolor y en su casa y colocó el retrato en el salón. Murió unos años después, también, de muerte natural, sin, claro está, descendencia. Con lo que el cuadro, técnicamente, nos pertenecía.

   Nos dio un poco de pena la fugacidad de aquella historia de amor, pero como mamá decía:

   ―Muy triste, muy triste, pero eso a nosotros ni nos va ni nos viene

   Así que el retrato fue trasladado al desván.

   Después de aquello, nadie supo muy bien que poner en su lugar. Se barajaron varias ideas: una fotografía ampliada de la familia, dijo mamá. Unas espadas cruzadas, sugirió mi padre, mi hermana habló de una pintura moderna, la abuela se ofreció a tejer un tapiz de ganchillo… en fin, que el espacio continuo vacío durante varios meses.

   Durante aquel tiempo, extraños sucesos entorpecieron nuestra vida.

   Desaparecían documentos que, misteriosamente, reaparecían poco después, cuando ya no eran necesarios, en los rincones más insospechados.

   A veces era un paraguas, que no había manera de encontrar justo cuando se ponía a llover, otras era la labor de la abuela, que se perdía durante días y que aparecía, cuando ya habíamos desistido de buscar, en los lugares más inverosímiles: detrás de la cisterna del lavabo, dentro de un armario que no se había abierto en semanas…

   Otras veces eran pequeñas rachas de mala suerte: una tubería rota, una lámpara cuyas bombillas se fundían insistentemente, el reloj de pared que adelantaba o atrasaba a su antojo, una torcedura en el pie antes de un viaje…

   En el salón, antes claro y alegre, parecía haberse aposentado una cierta neblina, que le confería un aire triste y melancólico, incluso en los días en que el sol entraba a raudales en la habitación.

   Nadie decía nada, pero en un momento u otro todos mirábamos de soslayo el espacio vacío de la pared.

   No nos atrevíamos a decir lo que pensábamos porque éramos, ante todo, una familia moderna y racional, pero nuestros nervios andaban un poco maltrechos.

   Después de un verano, especialmente aciago, en que no salíamos de una y ya estábamos en otra, mamá subió al desván y, con la excusa de que la pared se veía muy desnuda, volvió a colocar el cuadro en el salón. Pero cuando la ayudaba a colgarlo la oí murmurar con voz resignada: «Vosotros ganáis».

   Casi de inmediato, el salón empezó a recuperar su aire alegre y, paulatinamente, todo fue volviendo a la normalidad.

   A mí me pareció que el viejo militar sonreía debajo de su bigote y que, a su joven esposa, se le borraba la sonrisa maliciosa y le aparecía una mirada divertida y picarona.

   Ahora nos hemos acostumbrado a su presencia. Papá hasta retocó con pintura dorada el marco, pese a la oposición de la familia, que vivió en vilo los días siguientes, pero parece que eso les gustó o al menos no les molestó.

   Cuando vienen visitas, para explicar su presencia en un lugar tan privilegiado de la casa, decimos que son unos antepasados que vivieron una hermosa y desgraciada historia de amor. Parece que eso les gusta, porque el militar ya ríe abiertamente y su esposa ha perdido, definitivamente, su aire altivo y su malicia y, a lo mejor son figuraciones mías, pero creo que si uno se fija bien, un cierto aire de familia, se empieza a notar entre la pareja del retrato y nosotros.

María Jesús

4 comentarios:

  1. Escrito divertido. Un toque de atención para los que somos muy racionales

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  2. Jajaja, de todo a de haber en la viña del Señor. Muchas gracias! Un abrazo grandote

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  3. El relato recuerda a Poe, pero más actual y sin la escenografía gótica.
    Muy bueno y muy original

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  4. ¡Ya quisiera yo parecerme a la sombra de Poe! Muchas gracias. Un abrazo

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