La declaración
—La verdad es que poco le puedo decir, señor. Sí, mi profesión, como
antes lo fuera la de mi madre y la de mi abuela, es la de florista ¿mi nombre?
Ah, sí, perdón, estoy un poco nerviosa, es la primera vez que me interroga la
policía. Me llamo Olivia, Olivia Martín. Me llamo así porque fui engendrada a
los pies de un olivo… ¿que esto no tiene importancia? Bueno, para mí sí la
tiene. Sí, sí, ya sigo. Yo iba camino del mercado de las flores, ya sabe, el
que hay en el centro del pueblo, y había tomado un atajo. Como ve soy vieja y
las piernas me pesan, llevaba mi cesto. Sí, este mismo… ¡mis pobres flores! Mírelas
ya están mustias, nadie las comprará ¿no se llevaría usted unas violetas para
su esposa? Mire como huelen… sí, lo siento. Pues iba yo pensando que ya llega
el tiempo de las rosas, que son un poco caras, pero siempre tienen mucha
salida, ya sabe… en primavera hasta los corazones más secos florecen.
Sí, señor, sí, ahora le explico. Lo descubrí
por el olor, el del eucalipto, claro. Su fragancia era como el aliento del
bosque. Lo empapaba todo. Yo miraba hacia sus hojas puntiagudas pensando que
era una lástima que ese árbol no diera flor alguna que se pudiera vender y,
entonces lo vi. Vi al joven hombre allí, caído como una hoja más.
Me acerqué a él y noté que ni se movía ni
respiraba. Como sé cuál es mi obligación, vine aquí a informar. No, no vi a
nadie, ni había nada junto a él, ¿una navaja, dice? ¿sangre en su camisa, dice? … yo no vi nada de eso,
se lo juro, señor. Solo me fijé en los ojos claros, y abiertos de par en par,
de aquel joven, muerto en la flor de la vida. Recuerdo que pensé que caprichoso
era el destino, a unos nos hace nacer bajo un olivo y a otros morir a los pies
de un eucalipto.
¿De verdad no quiere unas violetas?
María Jesús


