Sueños
de juventud
En el palacio todos sabían que, en las noches
de luna llena y cielo claro, podían encontrarlo en lo más alto de la montaña.
Allí, catalejo en mano, observaba durante horas aquel punto azul que, sin
voluntad aparente de llegar a ningún lado, giraba alrededor de la gran estrella
dorada, por pura inercia.
Le enternecía ese rotar
continuo y consentido, el vagar arriba y abajo de sus frágiles habitantes, sus
efímeras vidas, sus historias repetidas… y decía, a quien quisiera escucharlo,
que algún día él llegaría hasta allí y, con su sola presencia, cambiaría el
rumbo de las cosas.
Su padre sonreía con disimulo
y le seguía la corriente.
Es costumbre de los dioses
no contradecir nunca a los soñadores.
María Jesús

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