lunes, 7 de marzo de 2022

 


A una anciana de Ucrania 

Hambre, frío y miedo

 

Dice que nació en un pequeño pueblo situado en el este, a caballo entre dos países, de esos que divide el hombre, no la tierra.

De niña vivió una guerra, la segunda en el orden de las guerras mundiales, según le explicaba su abuelo. Ella asentía, y se iba acostumbrando al hambre, al frío y al miedo.

La savia de su juventud, la secó la escarcha de un régimen totalitario y gris; mientras el hambre, el frío y el miedo seguían junto a ella, en pie, firmemente alzados.

En su madurez, los hombres derrumbaron un muro que otros hombres habían alzado, y entre sus ruinas tuvo que volver a aprender a vivir una vida diferente; mejor dijeron unos, más libre dijeron otros. Y, aunque intentaron suavizarlos disfrazando sus nombres, ella siguió sintiendo en su piel y en su aliento, el frío, el hambre y el miedo.

Hoy, ya vieja, a caballo entre este mundo y el otro, vuelve a sufrir la oscuridad de otra guerra, y sigue sintiendo frío, hambre y miedo.

 Y le parece que su vida ha sido solo un grito sordo, un gesto inmóvil, una mirada encerrada en unos ojos.

(Marzo /2022)

María Jesús

jueves, 3 de marzo de 2022

 




Como una ave leve

 Se posó el poema

como una ave leve

en el borde azul

de la barca hundida

Se posó el poema

sobre la afilada espuma

de la antigua herida

como una ave leve

se posó el poema...

                                                                María Jesús

 

 

jueves, 24 de febrero de 2022

 




Premios Camp del Turia 2020

Seleccionado y publicado en antología

 

Cambio de pareja

 

Cuando los dos príncipes coincidieron en la cantina y se miraron a los ojos, azules como su sangre, sintieron una punzada tan fuerte en sus corazones que decidieron olvidar las presiones de sus respectivos padres y del manual de instrucciones de los cuentos y, de común acuerdo, mandaron a tomar viento al par de princesas dormilonas que les esperaban: una en un castillo, la otra en el bosque.

El par de tórtolos se inscribió en el juzgado como pareja de hecho y fueron felices, aunque no sabemos si llegaron a comer perdices.

María Jesús

 

 

 

 

 

jueves, 17 de febrero de 2022

                                                                          


Un color en cada puesto

 

Desde bien pequeño me acostumbré a buscarme la vida y a no confiar en nadie. De natural solitario y taciturno, pronto encontré un gran placer en recorrer las calles, dirigido por los olores más que por el afán de llegar a ningún lado.

    El mercado de mi barrio se convirtió rápidamente en mi lugar preferido, tal y como para otros lo son las plazas o los parques. Puede decirse que conozco cada aroma y que, cada puesto tiene para mí un color distinto. El azul profundo de la pescadería, el rojo violento de la carne, los verdes y anaranjados revoltosos de la frutería, el canela dorado del colmado…

    Así, paseo entre la gente que parecen asistir a una subasta en cada tienda; sus voces se mezclan con el olor a mil sabores del mercado y se mezclan también sus efluvios personales, más generosos en verano, más tímidos y distantes en invierno. A veces alguien me llama, pero yo, solitario y orgulloso, sigo a mi paso, como un pequeño rey dorado que paseara de incógnito entre sus súbditos

    Mi primera parada siempre es una frutería, aunque nunca cojo nada de ella. Me recuerda, más que cualquier otra tienda, a mi infancia, quizá porque de pequeño jugué a escondidas entre sus cajas de madera amarilla. Aunque ha ido cambiando de manos, si la memoria no me falla, unas cuatro veces en los dos últimos años, el olor siempre es el mismo. Allí, en un alboroto de formas y sabores conviven pimientos de carnes prietas, brillantes cerezas coloradas, dulces juguetes de mi infancia, cuando para mí eran simples canicas de charol. El perfume a azahar de las naranjas que parecen diminutos soles apagados, las lechugas generosas, crujientes y brillantes bajo la luz del fluorescente, berenjenas de luto riguroso con aquel burdo encaje alrededor del cuello, la sencillez de la cebolla, la altiva piña, el humilde cardo…

    Por el puesto de las carnes suelo pasar rápido, casi de puntillas.  Ahogado en ese mar empalagoso de la sangre y de las vísceras, observo las hileras de animales muertos de penetrante olor y carnes rojas, y un escalofrío me recorre el cuerpo pensando en esos seres, en sus vidas y en sus muertes. De pequeño me asustaba, ahora simplemente me parece necesario para el hombre, pero mi instinto de cazador, genéticamente heredado, me hace preferir las piezas vivas.

    Hago un alto en el colmado de ultramarinos, de allí siempre saco algo. El hombre es huraño y viejo como yo, pero algo en nuestros ojos verdes parece hermanarnos y siempre recibo alguna golosina. Una galleta con olor a canela o unas olivas en salmuera. Allí más que en cualquier otro puesto, los olores y colores se amalgaman: rojo, verde plata, dorado del fruto seco, especias amarronadas… me siento como a bordo de un barco, yo, que nunca he salido de mi barrio, un barco con el aroma viejo del café y el sabor alegre de las frutas escarchadas

    Me reservo para el final la tienda de pescados y mariscos, de allí surgen igual que las olas aquellas voces gruesas y estridentes, como de sal marina, que animan a la compra. Es allí donde más me demoro y se me pasan las horas muertas. Miro los olores y huelo los colores azul y plata de los peces, junto al rojo rosáceo del marisco. A veces, mi mirada expectante se tropieza con la de alguno que agoniza, y yo, de sentimiento y paladar fino, giro la cabeza y miro hacia otro lado.

    Al mediodía, si la mañana se ha dado bien, harto ya de dar vueltas, ahíto de olores y sabores y con la panza juiciosamente repleta, salgo y me tumbo sobre la hierba fresca de algún parque o me encaramo a algún terrado y me quedo con los ojos entornados adivinado figuras entre las formas blandas de las nubes.

María Jesús

 

 

 

jueves, 10 de febrero de 2022

 



El buen hábito del ahorro

 

Mi abuela nunca tira nada. Según nos explica, una y otra vez, ya desde niña lo guardaba todo. El papel de los caramelos, las hebras sueltas de las bobinas de hilo, el espiral de las libretas usadas, las flores secas, los cuchillos romos… gracias a ese talante ahorrativo, nos dice, ahora puede presumir de dentadura nueva sin que le haya costado ni un céntimo.

Y, sonríe mi abuela, mostrándonos unos dientecitos desparejos y blancos, como de leche.

María Jesús

 

viernes, 4 de febrero de 2022

 



Receta de invierno

 

Tomaremos un par de pedazos de nieve, bien blanca, y embadurnaremos con ella el azul del cielo y el aire transparente, de enero o febrero a poder ser, seguidamente verteremos los restos sobre la tierra y las plantas y esperaremos que se sequen. Cuando hayan tomado un tono de ocre requemado, procederemos a servirlas bien frías bajo unas buenas botas de piel. Si se quiere se pueden acompañar de una bufanda de lana tejida a mano, lo suficientemente larga, y de unos guantes a juego. Es opcional también, respirar profundamente el aroma gris de alguna chimenea, alimentada previamente con gruesos troncos de algún chopo o castaño.

Y, a refugiarse en un buen invierno.

María Jesús

 

viernes, 28 de enero de 2022

 



Dos por uno

                                Florum fasciculus  (uno)

   

Don Eusebio Camprubí de las Torres salió de su elegante residencia con porte erguido y paso presto.

    Se dirigía al sepelio de su amigo, Teodoro Sigüenza, eminente profesor de botánica, que había fenecido a consecuencia de un aneurisma cerebral.

    Al contrario de lo que su porte y movimientos pudieran dejar entrever, el señor Camprubí se encontraba hondamente afectado por el deceso.

    El finado y él se conocían desde su más tierna infancia; «tiempos remotos, sin duda», sonrió con tristeza don Eusebio, y a su memoria acudieron imágenes de impúberes retozos, de cándidas travesuras compartidas en las tardes del estío. Surgieron, asimismo, borrosas, las imágenes de dos adolescentes espigados y estudiosos que anhelaban el conocimiento y los laureles de la fama… la fama: Vanitas vanitatum et ómnia vanitas, filosofó con gesto desencantado; más tarde llegó la juventud «Divino tesoro, que se fue para no volver» como, tan acertadamente, consignó el vate, posteriormente la elección de las respectivas carreras universitarias y la bifurcación de sus caminos.

    Los avatares de la vida los habían conducido a menudo a destinos dispares, no obstante, ambos, bien gracias al género epistolar, bien gracias a escasos encuentros, breves, pero intensos, que les servían, no ya para ponerse al día de sus júbilos y cuitas, menester que cubrían sobradamente con sus misivas, sino para darse un viril y comedido abrazo y confirmar los estragos que, la acerada zarpa del tiempo, ocasionaba en sus respectivas morfologías, se habían mantenido en contacto.

    Don Eusebio que había ejercido, durante la mayor parte de su existencia la docencia universitaria en una prestigiosa universidad germana, obteniendo justa fama de hombre docto, pero exigente y poco dado a la sensiblería y la conmiseración, llevaba morando, en un plácido y áureo retiro, el último decenio de su vida.

    Soltero, de carácter severo y adusto y sin afectos demasiado allegados, invertía sus días al gusto de Voltaire, enriqueciendo sus minutos, sin ocasionar mal a nadie, en la relectura de sus venerados textos clásicos y en el cuidado de un pequeño jardín.

    De aquel Edén en miniatura, del que don Eusebio sentíase harto ufano, había seleccionado y cortado, no sin cierto sonrojo, un hermoso ramillete de zinias variadas.

    La elección le parecía realmente apropiada, «un postrer acto de amistad», ponderó mientras detenía un taxi y le facilitaba a su auriga la dirección del tanatorio, porque si la memoria no le era infiel, la zinnia elegans, apelativo con el que sin duda su erudito amigo se hubiera referido a la flor, significaba: En recuerdo de los amigos ausentes.

 

El manojo de flores (dos)

 

Don Eugenio Camprubí de las Torres salió zumbando, pero más recto qu’ una estaca, de su emperifollao nido.

    Iba al velorio d’ un colega, Teodoro Sigüenza, profe de flores y demás hierbajos, que l’ había espichao porque el tarro l’ había petao, sin avisar.

    El tipo aunque naide lo diría, tan tieso y compuesto, iba muy sentio por dentro.

    El fiambre y él se conocían desde qu’ eran un par de mocosos, «Me cago en la puta cómo pasa el tiempo», sonrió acongojao don Eusebio de mientras que s’ iba recordando de cuando, eran dos ñajos y hacían barrabasadas a to quisque que se pusiera en su camino, y luego después, ya mozos, unos chavales flacos como palillos de mondar y con grandes entendederas pa  l’estudio, que pensaban que s’ iban a comer el mundo, le dio al magín don Eugenio mohíno. En pasando el tiempo llegó la juventud «divino tesoro» que cantaba aquél y a la miaja, los estudios de carrera y d’ ahí cada uno con su sino.

    Las revueltas de la vida los había llevao P’aqui y p’allá, pero gracias a los escritos que se mandaron y a los encuentros que tuvieron, cortos, pero cabales, que les venían bien no ya pa estar al loro, de sus penas y alegrías, qu’ eso ya l’ hacían por las esquelas que se mandaban el uno al otro, sino pa darse un buen achuchón entre machos, sin mariconeos, y ver como el cabrón del tiempo los había tatuao a base de bien a los dos, s’ habían seguio guipando de ciento en viento.

    Don Eusebio había currao, mayormente, dando clases en una universidad alemana de postín, dónde se ganó a pulso la fama de lumbrera, pero también la de cardo borriquero por su carácter algo jodidillo y poco daó a la compasión, ahora llevaba retirao, viviendo como un marajá, diez años.

    Solterón, de talante agrio y resecón y sin tener demasiaos cariños por naide, triscaba los días, sin hacer mal a persona alguna, repasando los libracos antiguos de su alma y trasteando por el jardín

    Del jardincillo, con el que don Eusebio, andaba más hinchao qu’ un pavo, arrancó, poniéndose colorao como un tomate, un manojo de florecicas de colores

    L’ había parecio una idea morrocotua, un último detalle d’ un colega como Dios manda, rumió mientras paraba a un taxi y le daba al cochero la dirección del velorio, porque si el tarro no le fallaba, las florecicas, que el coco de su colega hubiera llamao zinnia elegans en su jerga, traducidas al cristiano, querían decir: Pa recordarse de los compinches que la diñaron.

María Jesús