viernes, 10 de marzo de 2023

 


Albor violeta

 

Entró con paso calmo en los grandes almacenes. Una vez dentro titubeó, dudó y miró a izquierda y derecha, aunque no buscaba a nadie.

    Se le inundaron los ojos de gente desconocida que iba y venía rozándola sin mirarla.

    Suspiró hondo y hundió las manos en los bolsillos del abrigo negro. Un paso al frente. Los olores a cremas y perfumes conducían certeramente a la sección de cosmética.

    De pronto los colores: rosas, naranjas, malvas, rojos y marrones la tomaron al asalto, ¡hacía tanto tiempo que todo lo veía gris, apagado, sin matices! cuidadosamente tomó la muestra violeta y se pintó una línea en el dorso de la mano.

    Apareció, como surgida de la nada o como si fuera parte del aire perfumado, una joven sonriente; vestía el uniforme, falda oscura y blusa de rayas, de los grandes almacenes.

    ―Es el color de moda: Albor violeta, nos ha llegado nuevo esta semana ―explicó.

    No podía mirarla a los ojos, la mano de la línea violeta temblaba un poco.

    La joven insistió:

    ―Yo creo que es su color —dijo, y la observó con mirada profesional— A las rubias de piel tan blanca, el violeta les queda fenomenal ―ánimo con voz convincente.

    Ella esbozó una sonrisa, miró la etiqueta del precio y sin vacilar, sacó el dinero del monedero y lo pagó. Mientras la dependienta le guardaba el lápiz en una diminuta bolsa de plástico, preguntó por los lavabos.

    ―En la primera planta ―respondió la joven, y dándole mecánicamente las gracias por la compra, se alejó tan rápidamente como había llegado.

    Primera planta: lavabos, espejos... la imagen, desconocida casi, la miraba como a una extraña. Arrugas pequeñitas alrededor de la boca y de los ojos, profundas ojeras violáceas circundando una mirada excesivamente brillante.

    Demasiado dolor en poco tiempo. Cinco meses de soledad y de llanto, de desespero… cinco meses sin apenas pisar la calle, intentando olvidar aquellas palabras que se le clavaron como pequeños puñales en el centro de su alma, paralizando todos sus sentidos. «La noticia», se dijo mentalmente. Aún sentía en su interior la voz ―compasiva, pero distante―  de un agente que le comunicaba que lamentaba tener que darle aquella noticia, pero que Jorge Sánchez Valente, su marido, había muerto en un accidente de coche, aquella mañana.

Cinco meses para alejar los recuerdos de diez años de vida compartida. Cinco meses para dejar de sufrir, para dejar de sentir.

    Hoy, por fin, una tibia tregua para su corazón herido. Un guiño de la esperanza, no sabía cómo ni en qué momento, la habían hecho salir a la calle. Una voz añorada le había susurrado en silencio: «Qué guapa estás cuando te pintas los labios».

    La mujer sacó de la bolsita, ridícula y casi transparente, la barra de carmín, que temblaba entre sus manos inseguras. Se entreabrieron los labios, pálidos y resecos y, poco a poco, como entra el sol en una estancia, al ir entreabriendo lentamente una ventana, la luz volvió a ellos.

    Salió con paso ligero de los grandes almacenes. Las manos, sosegadas, se abrocharon el abrigo. Hacía frío, pero la vida, disfrazada de violeta, empezaba, de nuevo, su camino.

María Jesús

 

 

 

 

 

 

martes, 28 de febrero de 2023

 




Crepúsculo

 

Sobre el rojizo puente

desprevenida camina,

de vuelta a casa,

la luz del día

al otro extremo,

estrella en mano,

la noche espera

                                          María Jesús

 

sábado, 18 de febrero de 2023

 



   



Seleccionado en Certamen Javier Tomeo

Publicado en «Compromiso y cultura», abril 2020

 

 

Revolución

 

  ―¡Compañeros! ha llegado el momento de que el pueblo tome el poder ¿estamos todos de acuerdo?

   Un rugido ensordecedor impregnó el viciado aire de la tarde.

   ―¡Viva la libertad! ―gritaban, mientras de un rincón a otro se iba extendiendo la euforia.

   ―Queda instaurada la república popular de las cartas ―proclamó subida al tapete la sota de bastos dándole la mano a un emocionado as de espadas.

   El siete de copas montó sobre su borde a un pequeño tres de oros para que no se perdiera aquel momento histórico.

   El único rey que quedaba y su esposa marcharon camino del exilio, más allá de la redonda mesa de juegos.

 Esparcidas por la verde superficie, se veían las cabezas recortadas de los demás nobles que no admitieron la derrota

   ―¡Viva la libertad!  ―volvieron a vocear los exsúbditos.

   Desde el interior del estuche de cartón, el comodín, escéptico, sonreía.

María Jesús

 

 

 

 

miércoles, 8 de febrero de 2023

 


                                                            


 

Escalera de corazones

 

―Esto no lo podíamos permitir por más tiempo, que en esta casa vivimos personas decentes ―dijo la del ático y apoyando las manos en las poderosas caderas, remató―.   Hemos hecho bien echándola, claro que sí.

    ―No sé, señora Paquita ―dudó la del cuarto, que era viuda desde hacía muchos años―. Ella es tan joven y no se la veía mala chica… Y la niña ¡Pobre criatura! ¿Dónde irá a parar? Porque familia, parece que no tenía, o igual viven fuera. Desde luego lo que es por la escalera no aparecían nunca ―la voz, como de caldo aguado, hacía juego con su físico anodino.

    ―¡Joven, joven! Esas cosas ya se llevan dentro, señora Antonia, que es usted muy inocente ―replicó la señora Paquita y levantando una mano, cargada de anillos de bisutería cara, continuó―: Una golfa es lo que era, que hay otras maneras de ganarse la vida… Y por la cría, no hay que preocuparse, que ya la recogerán los del Ayuntamiento, que para eso pagamos los impuestos.

    ―Sí, claro… no, en la calle no se quedará… Seguro… ―dijo la viuda cruzando los brazos sobre el escuálido pecho y de pronto, como recordando algo, siguió―: Ahora que me acuerdo, tengo en casa un pijamita de la niña que se le cayó a la madre el otro día al tender ¿Qué hago con él? ―preguntó indecisa.

    ―Pasa que si no nos movemos como hemos hecho y avisamos… ¡Pues vaya fama que empezaba a tener ya el portal…! Luego se piensa que todo el monte es orégano. ―Ángeles, la del tercero, soltera y virgen, que ya no cumpliría los setenta, ni la había escuchado.

    ―Sí, que aquí venga a traer hombres ―asintió la señora Paquita― ¡Y a qué horas! Y luego ni los recibos al día, que dice el de la gestoría que debía no sé cuánto de alquiler. En vicio se le iría todo.

    ―¡La muy pu…! ―La soltera se tapó la boca con la mano.

    ―Bueno ―repuso la señora Antonia meneando la cabeza―, pero educada sí era y si te veía cargada con bolsas siempre se ofrecía a ayudarte… ―y continuó con un tizne de tristeza en la voz―, y a la niña la llevaba siempre muy limpia y arreglada.

    ―¡Ay, señora Antonia! ―Le apretó el brazo Ángeles mientras se le estiraban los labios como una serpentina rosada―, a lo mejor la ayudaba para ver si podía robarle algo de la bolsa… de esa gentuza no hay que fiarse ―remachó con malicia.

    ―Nada, nada, nosotras bien tranquilas ―volvió a repetir la señora Paquita mientras sus rizos de peluquería de barrio asentían vigorosamente una y otra vez―. Y ¿saben qué les digo? ―continuó con voz firme― Que si le quitan a la niña, mejor, que para tener una madre así…

    Sus palabras quedaron un instante dando vueltas en el aire como si no supieran dónde acomodarse. Al poco Ángeles consultó un reloj diminuto y anticuado que le aprisionaba la muñeca.

    ―¡Qué tarde se ha hecho! ―exclamó―. Me voy que va a empezar la novela ¿ustedes no la ven?

    ―Yo es que como tengo que recoger al nieto ―se excusó la señora Antonia.

    ―Pues lo que es yo no me pierdo ni un capítulo ―casi la riñó la señora Paquita con cierta envidia. Ella apenas veía a su único nieto, porque su hijo y su nuera llevaban años separados y la chica vivía en otra ciudad con el niño.

    ―…trata de una chica muy buena e inocente…y con un tipo y unos ojos azules…―empezó a explicar Ángeles con devoción casi maternal.

    ―Sí, muy guapa ―atajó la del ático impaciente, volviendo a tomar las riendas―. Pues deja el pueblo porque quiere ser actriz y se va a trabajar a la ciudad y se enamora de un hombre que la abandona cuando se queda embarazada.

    ―Los hombres ya se sabe… Todos iguales. ―Ángeles lanzó un suspiro de castidad mientras cruzaba las manos sobre su vientre enjuto.

    La señora Paquita le dirigió una media sonrisa burlona y continuó:

    ―La pobre, como está sola, porque tiene a la familia en el pueblo y no saben nada de lo que le pasa porque, claro, ella no lo ha querido explicar para que no sufran, pues para sacar al niño adelante…

    ―Se ha tenido que poner en un club de esos… Ya me entiende…  ―intervino de corrido Ángeles mientras un conato de rubor amenazaba con alegrarle las mejillas.

    ―Y una del bar que es una víbora y le tiene envidia la ha denunciado y ―continuó la señora Paquita casi sin respirar―, y ahora van y le quitan al niño ¿Usted cree que hay justicia, señora Antonia?

     ―Tan lindo como es que parece un niño Jesús y tan arregladito que lo lleva siempre ¡Qué lástima de criatura! ―suspiró con ternura Ángeles.

    ―Y la chica lo pasa fatal porque claro, de momento, no puede ver a su hijo ¡Qué es su vida! Ya sabe usted lo que duelen los hijos, señora Antonia ―dijo con voz humedecida la señora Paquita.

    La viuda asintió varias veces con la cabeza en actitud comprensiva.

    ―¡Lo que sufre la pobre! ―terminó la soltera colocando una mano de engarfiados dedos sobre el brazo de la viuda, como buscando apoyo.

    ―Si es que… luego decimos, Ángeles, pero lo cierto es que hay personas muy malas, sin sentimientos ―confirmó la señora Antonia que había absorbido cada detalle con deleite poniendo cara de mártir.

    ―Lleva usted razón señora Antonia ¡Señor, lo mala que puede llegar a ser la gente! ―asintió la señora Paquita alzando los ojos al cielo como si esperara ver bajar al Espíritu santo en persona.

    ―Vamos subiendo ¿no? ―apremió Ángeles pulsando el botón del ascensor.

    ―Bueno, y con el pijama de la niña ―recordó la señora Antonia― ¿qué hago?

     ―Pues lo tira usted a la basura, ¿Qué va a hacer con eso? ―respondió Ángeles despectiva alzando unas cejas finas como horquillas doradas.

   ―O lo lleva usted a la parroquia ―sugirió la señora Paquita― que alguien lo aprovechará, con la de necesidad que hay en el mundo. ―Les lanzó una mirada de reconvención―. Que hay que pensar en el prójimo, mujer.

 Y ante las miradas de aprobación de sus vecinas, se cruzó la bata sobre el pecho, como protegiendo su gran corazón.

María Jesús

 

 

domingo, 29 de enero de 2023

 




Segundo premio en relato de humor.

Concurso literario Nou Barris, 2016

 

SEPELIO

 

¡Ay, qué pena! … ¿Ya se han ido? Por fin nos dejan solos. Ha costado, pero al fin solos, igual que en la noche de bodas, ¿te acuerdas? Qué te vas a acordar tú, con ese cerebro de mosquito que has tenido siempre. Pero aquella noche, como esta, también tuvo mucho de comedia teatral.

     A ver, déjame que te vea…Sí, el traje gris (lo elegí yo, por supuesto) es el que mejor te quedaba, claro que de donde no hay no se puede sacar. En fin… ¿Qué me dices de las flores?  Desde ahí no la ves, pero mi corona es esa que dice: “A mi querido esposo”, para que luego digas… Mira, rosas rojas y blancas, en realidad berzas y espinacas te tendría que haber puesto, con eso de ser un vegetariano acérrimo, qué hay que ver la de dinero en ambientadores que llevo gastado para eliminar el pestazo a col hervida que había siempre en la casa, ni con la mascarilla puesta al cocinar me libraba de su hedor. Así estabas tú, con esa pinta de lechuga reseca y ese tinte verdoso, que ni siquiera con el maquillaje han conseguido eliminar.

    Nunca fuiste nada del otro mundo (bueno, ahora sí). Fíjate, te sobra medio ataúd, pero no es porque te hayas encogido con la muerte, es que ya eras así. ¡Con la de pretendientes que yo tuve! Todos guapos y bien plantados y fui a quedarme con el peor. Todo por hacer caso de mamá; por cierto, si la ves por ahí le das recuerdos. A papá no, a ése ni agua, o que no se hubiera ido sin despedirse y dejarme colgada a los siete años. Ya sé que dicen que no estaba en sus cabales, pero todo tiene un límite. Pegarse un tiro en la cabeza a las doce en punto del mediodía en pleno centro comercial, no lo excusa ni la locura.  A ver si no hubiera podido encontrar otro modo menos ruidoso de hacer mutis. Mira yo contigo sin ir más lejos, cómo lo preparé todo hasta el último detalle. El cordón convenientemente atado a los extremos de ese escalón y un ligero empujoncito ¡Mucho más delicado, dónde va a parar! Eso es tener clase. Antes de llamar a la ambulancia quité el cordoncito… ¡y listo! ¿Quién iba a sospechar de una pobre viuda desconsolada? Cada vez que me acuerdo, yo entre hipidos y lágrimas mientras mis manos retorcían felices el cordoncillo dentro del bolsillo de mi bata.

     No me gustaría que pensases que fue fruto de un impulso repentino. ¡Qué va! Si supieras cuántas noches estuve a punto de estrangularte, te observaba en silencio completamente desvelada por tus asquerosos ronquidos y me miraba las manos en la oscuridad, pero entonces recordaba la educación que las monjas me dieron: “Una señorita intentará mantener siempre limpias y cuidadas sus manos y sus uñas”, y claro, retenía mis deseos. Porque yo soy una señora y me sé controlar; no cómo tú, degenerado, que eras un degenerado, sobre todo en los primeros años de matrimonio, después no sé si te buscaste a alguien fuera o se te fueron las ganas. Gracias a Dios que aquello no dio fruto y nunca tuvimos hijos, solo me hubiera faltado tener pequeños repollos apestando la casa.

     Estaba harta de tus críticas a mi estilo de vida ¿Qué era raro cambiar el jabón del lavabo cinco veces al día? ¿Qué era extraño mi gusto por el orden, o que las sillas estuvieran siempre bien alineadas y la hierba del jardín midiera exactamente cuatro centímetros? ¿Era extravagante mi deseo de llevar siempre faldas plisadas con solo doce pliegues o el tener siete zapatillas una para cada habitación de la casa? Y ¿qué?  ¿Me metía yo con tus rarezas?  Esas que fueron creciendo sobre todo desde que te jubilaste y tuviste más tiempo libre.

 Esa sucia costumbre de tomar una cerveza cada tarde en la terraza, esa obsesión idiota por leer un libro nuevo cada mes, ese ducharte solamente una vez al día, por no hablar de tus asquerosas verduras: ¡Eres una maniática igual que tu padre!, me decías. Solo yo sé lo que tuve que aguantar.

     Pero lo peor, lo que de verdad me hería profundamente, era tu desprecio por mi colección de sellos. Eso fue la gota que colmó el vaso ¿Qué daño te hacía yo? Aquel día que dijiste que me los ibas a quemar firmaste tu sentencia de muerte. Una colección tan hermosa, que yo cuidaba desde niña. Mi padre me regaló el primer sello cuando cumplí los cuatro años. Tú solías burlarte porque me pasaba las horas muertas mirándola una y otra vez y porque no había comprado un solo sello más desde los siete años. ¿Dejaba por eso de ser una colección? Nunca entendiste que las cosas realmente importantes de la vida suceden siempre en la niñez. Estúpido.

     Parece que ya vuelven… tengo que recomponerme, o mejor dicho, descomponerme. Me echaré el colirio y estrujaré el pañuelo… ¡Ay, qué pena!

María Jesús

 

 

viernes, 20 de enero de 2023

 




Negocio nocturno

 

A fin de cuentas, bien mirado, esto del insomnio no es tan mala cosa.

Con lo que llevo acumulado por la venta de la lana de mis ovejas, que cada noche son más, calculo que en un par de años me podré retirar y vivir de renta.

Luego ya tendré tiempo para hacer esa cura de sueño de la que tanto me hablan.

María Jesús

 

 

martes, 10 de enero de 2023

 






 

Se posó el poema

 

Se posó el poema

como un ave leve

sobre el borde azul

del corazón

—dormido―

Se posó el poema

como breve brisa

sobre la afilada sombra

de la vieja herida

Se posó el poema ...

                                                   María Jesús