lunes, 10 de abril de 2023

 



Creo que fue amor

 

Tras los cristales, tenuemente llovía.

―Creo fue amor ―afirmó la libreta de piel oscura.

―Y tú ¿qué sabes? ¿acaso te lo han dicho ellos? ―preguntó malhumorado el libro horizontal del tercer estante.

―Acaso ¿te han dicho a ti lo contrario? ―preguntó, burlón, el sacapuntas.

―¡Cómo sois! ―intervino, alzando la voz, la carpeta gruesa del rincón― Dejadla que se explique, a ver, ¿en qué te basas, libreta?

―Pues me baso... me baso... en cómo se miraron ―la libreta tartamudeó―. Él la miró de una manera especial.

―¿Cómo? ¿cómo? ―el libro de lengua se exaltó, enrojeciendo.

―No sé... como si todo a su alrededor... ―titubeó la libreta.

―Como si todo a su alrededor se hubiera borrado ¿verdad? ―intervino, con dulzura, la goma rosa.

―Sí, algo así ―convino la libreta.

―Debes de ser más precisa ―el libro de «mates» se ajustó el lomo con decisión.

―Bueno, yo no entiendo mucho de qué va esto, si pudierais explicármelo desde el principio ―se quejó, desde un extremo de la mesa, el diccionario de inglés.

La libreta de piel oscura comenzó:

―Verás, fue la otra tarde. Estaban en el comedor de la casa de él, se habían sentados juntos y hacían los deberes...

―¡Ay, qué romántico! ―suspiró un viejo libro de poemas desde un estante.

―¡Calla! ―le susurró, dándole un codazo, la muñeca de porcelana que estaba a su lado.

―Hacían los deberes y de vez en cuando sus cabezas se rozaban...

Un profundo suspiro del flexo molestó a la agenda:

―¡Oye, tú! mira lo que haces, que me pasas las hojas...

―Perdón, ha sido sin querer —se disculpó el flexo, pero poco a poco se fue encendiendo— Aunque ¡hay que ver cómo te pones por nada!

―Va, venga, continúa ―la regla, enérgica, golpeó la mesa.

―Bueno, sus cabezas se rozaban y entonces, de pronto, me caí al suelo…

―¿Te hiciste daño? ―preguntó solícita la goma blanca, que no perdía detalle― Cuando yo me caigo, bueno, mejor dicho, cuando me tiran...

―¡No acabaremos nunca! Esto será más largo que El Quijote ―refunfuñó el sacapuntas.

―¡Pardiez, malandrín! Un poco de respeto ―gritó el aludido desde el último estante mientras se sacudía el polvo.

La libreta de piel oscura siguió pacientemente:

―No, no me hice daño, solo me caí y, entonces ellos se agacharon al mismo tiempo para recogerme —siguió de corrido— y en ese instante se juntaron sus manos, y ella se puso roja, roja como...

―¿Cómo yo? ―dijo con timidez el «boli» encarnado, asomando por entre la cremallera entreabierta del pequeño estuche naranja.

―Algo así ―concedió la libreta―. Él sonrió sin dejar de mirarla y estuvieron mucho rato sin apartar las manos uno de otro, rozándolas.

―¿Cuánto rato? ¿una hora? ¿un mes? ―el reloj de pared que escuchaba, bostezando de vez en cuando, intervino muy serio.

―¡Cómo va a ser un mes! ¡Exagerado! ―exclamó una de las margaritas del jarrón de la mesita.

―No sé cuánto tiempo, un rato, más de lo normal, eso seguro ―respondió la libreta un poco molesta.

Se hizo un silencio un poco largo.

―Y ¿eso es todo? ―preguntó por fin el rotulador amarillo con su voz chillona.

Se respiraba un aire de desencanto, discretas toses fueron surgiendo desde distintos puntos de la habitación.

―¿Os parece poco? Eso fue amor, seguro ―insistió, convencida, la libreta de piel oscura mientras miraba a su alrededor, soñadora y desafiante.

Tras los cristales la lluvia seguía cayendo.

María Jesús

 

 

jueves, 30 de marzo de 2023

 



En la mitad del camino

 

En la mitad del camino,

en medio de la alta mar,

vamos achicando sueños

para que entre la realidad

dejamos caer al agua,

alguna que otra esperanza,

alguna que otra ilusión

que no nos deja avanzar

En la mitad del camino

lejos ya de aquella orilla

que nos ha visto marchar

 y aún más lejos de la otra

que nos ha de ver llegar

María Jesús

 

 

martes, 21 de marzo de 2023

 



Publicado en la Revista Almiar

 

El sueño de Max

 

Max, tumbado sobre la vieja alfombra con el hocico apoyado entre sus reumáticas patas, se despertó sobresaltado.

Otra vez aquel dichoso sueño, suspiró.

Max soñaba a menudo con alguien muy semejante a él, pero mucho más joven. Ese animal corría libre y feliz —sin collar ni cadena— por entre bosques de frondosos aromas. De repente, una niña regordeta y con dos tiesas trenzas rubias, se abalanzaba sobre él y lo cogía en brazos. Luego lo aturdía con palabras pegajosas e incomprensibles, y lo besuqueaba, llenándolo de finas babas.

Después, así, apretujándolo contra su pecho, recorrían un buen trecho hasta que, por fin, la regordeta, sin dejar de estrujarlo, chillaba:

—¡Abuelita, abuelita, mira lo que te traigo!

A partir de ahí, todo se le hacía confuso y perdía la noción del tiempo. De esos espacios en blanco solo podía rescatar breves picotazos de luz. Castigos y órdenes mezclados con palabras dulces y golosinas.

Con el paso de los años, Max se había acostumbrado a aquel sueño repetitivo e inquietante, pero seguía sin saber por qué, cuando despertaba de él, le entraban aquellas ganas feroces de atacar cualquier caperuza roja que se cruzara en su camino.

María Jesús

 

viernes, 10 de marzo de 2023

 


Albor violeta

 

Entró con paso calmo en los grandes almacenes. Una vez dentro titubeó, dudó y miró a izquierda y derecha, aunque no buscaba a nadie.

    Se le inundaron los ojos de gente desconocida que iba y venía rozándola sin mirarla.

    Suspiró hondo y hundió las manos en los bolsillos del abrigo negro. Un paso al frente. Los olores a cremas y perfumes conducían certeramente a la sección de cosmética.

    De pronto los colores: rosas, naranjas, malvas, rojos y marrones la tomaron al asalto, ¡hacía tanto tiempo que todo lo veía gris, apagado, sin matices! cuidadosamente tomó la muestra violeta y se pintó una línea en el dorso de la mano.

    Apareció, como surgida de la nada o como si fuera parte del aire perfumado, una joven sonriente; vestía el uniforme, falda oscura y blusa de rayas, de los grandes almacenes.

    ―Es el color de moda: Albor violeta, nos ha llegado nuevo esta semana ―explicó.

    No podía mirarla a los ojos, la mano de la línea violeta temblaba un poco.

    La joven insistió:

    ―Yo creo que es su color —dijo, y la observó con mirada profesional— A las rubias de piel tan blanca, el violeta les queda fenomenal ―ánimo con voz convincente.

    Ella esbozó una sonrisa, miró la etiqueta del precio y sin vacilar, sacó el dinero del monedero y lo pagó. Mientras la dependienta le guardaba el lápiz en una diminuta bolsa de plástico, preguntó por los lavabos.

    ―En la primera planta ―respondió la joven, y dándole mecánicamente las gracias por la compra, se alejó tan rápidamente como había llegado.

    Primera planta: lavabos, espejos... la imagen, desconocida casi, la miraba como a una extraña. Arrugas pequeñitas alrededor de la boca y de los ojos, profundas ojeras violáceas circundando una mirada excesivamente brillante.

    Demasiado dolor en poco tiempo. Cinco meses de soledad y de llanto, de desespero… cinco meses sin apenas pisar la calle, intentando olvidar aquellas palabras que se le clavaron como pequeños puñales en el centro de su alma, paralizando todos sus sentidos. «La noticia», se dijo mentalmente. Aún sentía en su interior la voz ―compasiva, pero distante―  de un agente que le comunicaba que lamentaba tener que darle aquella noticia, pero que Jorge Sánchez Valente, su marido, había muerto en un accidente de coche, aquella mañana.

Cinco meses para alejar los recuerdos de diez años de vida compartida. Cinco meses para dejar de sufrir, para dejar de sentir.

    Hoy, por fin, una tibia tregua para su corazón herido. Un guiño de la esperanza, no sabía cómo ni en qué momento, la habían hecho salir a la calle. Una voz añorada le había susurrado en silencio: «Qué guapa estás cuando te pintas los labios».

    La mujer sacó de la bolsita, ridícula y casi transparente, la barra de carmín, que temblaba entre sus manos inseguras. Se entreabrieron los labios, pálidos y resecos y, poco a poco, como entra el sol en una estancia, al ir entreabriendo lentamente una ventana, la luz volvió a ellos.

    Salió con paso ligero de los grandes almacenes. Las manos, sosegadas, se abrocharon el abrigo. Hacía frío, pero la vida, disfrazada de violeta, empezaba, de nuevo, su camino.

María Jesús

 

 

 

 

 

 

martes, 28 de febrero de 2023

 




Crepúsculo

 

Sobre el rojizo puente

desprevenida camina,

de vuelta a casa,

la luz del día

al otro extremo,

estrella en mano,

la noche espera

                                          María Jesús

 

sábado, 18 de febrero de 2023

 



   



Seleccionado en Certamen Javier Tomeo

Publicado en «Compromiso y cultura», abril 2020

 

 

Revolución

 

  ―¡Compañeros! ha llegado el momento de que el pueblo tome el poder ¿estamos todos de acuerdo?

   Un rugido ensordecedor impregnó el viciado aire de la tarde.

   ―¡Viva la libertad! ―gritaban, mientras de un rincón a otro se iba extendiendo la euforia.

   ―Queda instaurada la república popular de las cartas ―proclamó subida al tapete la sota de bastos dándole la mano a un emocionado as de espadas.

   El siete de copas montó sobre su borde a un pequeño tres de oros para que no se perdiera aquel momento histórico.

   El único rey que quedaba y su esposa marcharon camino del exilio, más allá de la redonda mesa de juegos.

 Esparcidas por la verde superficie, se veían las cabezas recortadas de los demás nobles que no admitieron la derrota

   ―¡Viva la libertad!  ―volvieron a vocear los exsúbditos.

   Desde el interior del estuche de cartón, el comodín, escéptico, sonreía.

María Jesús

 

 

 

 

miércoles, 8 de febrero de 2023

 


                                                            


 

Escalera de corazones

 

―Esto no lo podíamos permitir por más tiempo, que en esta casa vivimos personas decentes ―dijo la del ático y apoyando las manos en las poderosas caderas, remató―.   Hemos hecho bien echándola, claro que sí.

    ―No sé, señora Paquita ―dudó la del cuarto, que era viuda desde hacía muchos años―. Ella es tan joven y no se la veía mala chica… Y la niña ¡Pobre criatura! ¿Dónde irá a parar? Porque familia, parece que no tenía, o igual viven fuera. Desde luego lo que es por la escalera no aparecían nunca ―la voz, como de caldo aguado, hacía juego con su físico anodino.

    ―¡Joven, joven! Esas cosas ya se llevan dentro, señora Antonia, que es usted muy inocente ―replicó la señora Paquita y levantando una mano, cargada de anillos de bisutería cara, continuó―: Una golfa es lo que era, que hay otras maneras de ganarse la vida… Y por la cría, no hay que preocuparse, que ya la recogerán los del Ayuntamiento, que para eso pagamos los impuestos.

    ―Sí, claro… no, en la calle no se quedará… Seguro… ―dijo la viuda cruzando los brazos sobre el escuálido pecho y de pronto, como recordando algo, siguió―: Ahora que me acuerdo, tengo en casa un pijamita de la niña que se le cayó a la madre el otro día al tender ¿Qué hago con él? ―preguntó indecisa.

    ―Pasa que si no nos movemos como hemos hecho y avisamos… ¡Pues vaya fama que empezaba a tener ya el portal…! Luego se piensa que todo el monte es orégano. ―Ángeles, la del tercero, soltera y virgen, que ya no cumpliría los setenta, ni la había escuchado.

    ―Sí, que aquí venga a traer hombres ―asintió la señora Paquita― ¡Y a qué horas! Y luego ni los recibos al día, que dice el de la gestoría que debía no sé cuánto de alquiler. En vicio se le iría todo.

    ―¡La muy pu…! ―La soltera se tapó la boca con la mano.

    ―Bueno ―repuso la señora Antonia meneando la cabeza―, pero educada sí era y si te veía cargada con bolsas siempre se ofrecía a ayudarte… ―y continuó con un tizne de tristeza en la voz―, y a la niña la llevaba siempre muy limpia y arreglada.

    ―¡Ay, señora Antonia! ―Le apretó el brazo Ángeles mientras se le estiraban los labios como una serpentina rosada―, a lo mejor la ayudaba para ver si podía robarle algo de la bolsa… de esa gentuza no hay que fiarse ―remachó con malicia.

    ―Nada, nada, nosotras bien tranquilas ―volvió a repetir la señora Paquita mientras sus rizos de peluquería de barrio asentían vigorosamente una y otra vez―. Y ¿saben qué les digo? ―continuó con voz firme― Que si le quitan a la niña, mejor, que para tener una madre así…

    Sus palabras quedaron un instante dando vueltas en el aire como si no supieran dónde acomodarse. Al poco Ángeles consultó un reloj diminuto y anticuado que le aprisionaba la muñeca.

    ―¡Qué tarde se ha hecho! ―exclamó―. Me voy que va a empezar la novela ¿ustedes no la ven?

    ―Yo es que como tengo que recoger al nieto ―se excusó la señora Antonia.

    ―Pues lo que es yo no me pierdo ni un capítulo ―casi la riñó la señora Paquita con cierta envidia. Ella apenas veía a su único nieto, porque su hijo y su nuera llevaban años separados y la chica vivía en otra ciudad con el niño.

    ―…trata de una chica muy buena e inocente…y con un tipo y unos ojos azules…―empezó a explicar Ángeles con devoción casi maternal.

    ―Sí, muy guapa ―atajó la del ático impaciente, volviendo a tomar las riendas―. Pues deja el pueblo porque quiere ser actriz y se va a trabajar a la ciudad y se enamora de un hombre que la abandona cuando se queda embarazada.

    ―Los hombres ya se sabe… Todos iguales. ―Ángeles lanzó un suspiro de castidad mientras cruzaba las manos sobre su vientre enjuto.

    La señora Paquita le dirigió una media sonrisa burlona y continuó:

    ―La pobre, como está sola, porque tiene a la familia en el pueblo y no saben nada de lo que le pasa porque, claro, ella no lo ha querido explicar para que no sufran, pues para sacar al niño adelante…

    ―Se ha tenido que poner en un club de esos… Ya me entiende…  ―intervino de corrido Ángeles mientras un conato de rubor amenazaba con alegrarle las mejillas.

    ―Y una del bar que es una víbora y le tiene envidia la ha denunciado y ―continuó la señora Paquita casi sin respirar―, y ahora van y le quitan al niño ¿Usted cree que hay justicia, señora Antonia?

     ―Tan lindo como es que parece un niño Jesús y tan arregladito que lo lleva siempre ¡Qué lástima de criatura! ―suspiró con ternura Ángeles.

    ―Y la chica lo pasa fatal porque claro, de momento, no puede ver a su hijo ¡Qué es su vida! Ya sabe usted lo que duelen los hijos, señora Antonia ―dijo con voz humedecida la señora Paquita.

    La viuda asintió varias veces con la cabeza en actitud comprensiva.

    ―¡Lo que sufre la pobre! ―terminó la soltera colocando una mano de engarfiados dedos sobre el brazo de la viuda, como buscando apoyo.

    ―Si es que… luego decimos, Ángeles, pero lo cierto es que hay personas muy malas, sin sentimientos ―confirmó la señora Antonia que había absorbido cada detalle con deleite poniendo cara de mártir.

    ―Lleva usted razón señora Antonia ¡Señor, lo mala que puede llegar a ser la gente! ―asintió la señora Paquita alzando los ojos al cielo como si esperara ver bajar al Espíritu santo en persona.

    ―Vamos subiendo ¿no? ―apremió Ángeles pulsando el botón del ascensor.

    ―Bueno, y con el pijama de la niña ―recordó la señora Antonia― ¿qué hago?

     ―Pues lo tira usted a la basura, ¿Qué va a hacer con eso? ―respondió Ángeles despectiva alzando unas cejas finas como horquillas doradas.

   ―O lo lleva usted a la parroquia ―sugirió la señora Paquita― que alguien lo aprovechará, con la de necesidad que hay en el mundo. ―Les lanzó una mirada de reconvención―. Que hay que pensar en el prójimo, mujer.

 Y ante las miradas de aprobación de sus vecinas, se cruzó la bata sobre el pecho, como protegiendo su gran corazón.

María Jesús