martes, 9 de enero de 2024

 



Deseos para un nuevo año

 

Tardes lluviosas donde apacentar el alma

Buen vino con el que ahogar penas y festejar alegrías

Cálidos abrazos en los que poder guarecerse

Rectas líneas de horizontes que se curven al mirarlas

Árboles henchidos de sueños,

de cuyas ramas broten innumerables hojas

—violetas—

Caminos nuevos para entrelazar distancias

Besos alados que perduren más allá del tiempo

Miradas que lleven el corazón en la mano

Sonrisas con sabor dorado

Sonidos que nos templen

las cuerdas del corazón

Palabras que disparen dudas a la razón

Luceros que tiñan de azul las noches

Letras que nos alumbren los días…

 

Y, sobre la tierra,

 —extendidas—

las rosadas alas de la paz.

María Jesús

 

 

viernes, 22 de diciembre de 2023

 



Las buenas intenciones

 

Subiremos al altillo las buenas intenciones. Las dejaremos macerando entre la humedad y los ácaros. Dormidos los arpegios de la zambomba y la pandereta, y la cantinela, dulce como el anís, de los villancicos de siempre.

Cobijados entre postales rebosantes de palabras entrañables y de hermosos colorines, resguardados por el espumillón y los pastores de plástico o terracota, olvidaremos también las buenas intenciones y seguiremos con las de siempre, que nunca son de una pieza, ni de un único color.

Metidita entre pajas cobijaremos la paz —no sea que si la aireamos se nos desgaste— y amaremos desde lejos a los hombres de buena voluntad, si es que tenemos la ventura de encontrarlos en algún mes del año y la fortuna de saberlos reconocer al hallarlos.

Trastearemos los viejos nuevos propósitos de cada enero al ritmo de las campanillas y de las canciones de burbujas sonrosadas que nos felicitan sin cesar a golpe de timbales. Recibiremos y daremos, sin mirar a quien, nuestros abrazos rellenos de cava helado, junto a nuestros deseos de felicidad impermeable.

Luego esperaremos, agarradas a la última brizna de magia que queda en nuestros corazones de niñas, a que lleguen esos tres inmigrantes de lujo montados a camello y nos traigan la fuerza y la ilusión necesaria para encarar el nuevo año, antes de que se nos escurran los días, se oscurezcan las sonrisas y el año se nos empiece a desteñir entre las manos.

María Jesús

lunes, 4 de diciembre de 2023

 



Sin manos que lo gobierne

 

Sin manos que lo gobierne

se extiende el licor rosado

resbalando, velozmente,

por el cielo azul celeste

puntos de plata salpican

aquí y allá el firmamento.

Húmeda luz rojiza

que resbalas cada tarde

desde el cielo hasta la mar

donde ahogas para siempre

un día más

María Jesús

 

miércoles, 15 de noviembre de 2023

 



Escrito en las estrellas

 

Mi madre decía que era pitonisa diplomada, y en casa nadie se lo discutía, pero en realidad todos sabíamos que lo de leer el futuro no era lo suyo. Ya, en su primer embarazo aseguró, con firmeza teutona, que iba a dar a luz una preciosa niña de ojos azules, y nació mi hermano, moreno como la pez y con los ojos más oscuros que Machín; después, cuando volvió a quedar embarazada, comentaba a diestro y siniestro, que lo que llevaba en el vientre eran, ¡nada menos!, que trillizas, todas niñas, claro, y nací yo, más solo que la una, y varón para más señas.

A partir de aquí, mi padre perdió interés en sus predicciones, y lo puso en la vecina del segundo, con la que se fugó unos meses más tarde.  Mi madre se lo tomó como un gaje más de su oficio, limpió con más vigor su bola de cristal, y siguió prediciendo el futuro; un futuro tan lejano, que nunca sucedía. Así, cuando mi hermano y yo éramos niños, vaticinó mirando embelesada a mi hermano: «La de corazones que romperá éste cuando crezca»; luego se giró hacia mí, y con voz resignada dijo: «y la de zapatos que destrozará éste otro vagabundeando por ahí». 

Andando el tiempo, mi hermano se convirtió en zapatero remendón y un servidor en matarife.

Nuestra infancia, y aún más, nuestra adolescencia, fue un cúmulo de despropósitos. Si en su famosa bola ahumada ella veía de repente la imagen de una tormenta de granizo y nieve, a nosotros nos tocaba salir equipados a la calle como para subir al Himalaya, —daba igual que aquel día amaneciera con un sol que hiciera chiribitas desde el cielo—; si teníamos un examen, ella nos aseguraba que iban a salir preguntas, que a los profesores ni se les habían pasado por la imaginación que existieran; si nos gustaba una chica, ella nos advertía de sus bondades o defectos, sin dar en el blanco ni por casualidad. No digo que todo fuera culpa suya, pero el hecho de que mi hermano y yo hayamos llegado solteros a los cuarenta, no ha sido sólo por voluntad propia.

Sin embargo, nosotros, hijos del destino, según ella, y más sufridos que una piedra pómez, según el resto de la familia, nunca le reprochamos nada, nos acostumbramos a escucharla, sin oírla, y a darle la razón, entre sonrisas de complicidad burlona, como por otra parte, hacía la mayoría de la familia y de los vecinos.

Hace unos días, en los albores de diciembre, cuando abrió aquellos ojos como dos pelotas de ping-pong, y empezó, a lo que ella llamaba levitar, (y el resto de los mortales caminar de puntillas), mientras iba murmurando: tres, dos, uno, cero, tres, dos, uno, cero… no le hicimos caso, pensando que quizá pensaba en una futura ascensión a la luna, ya que, en los últimos tiempos, le había dado por los viajes astrales, y otros palos de la misma baraja. Pero ella, aseguró con aquel convencimiento suyo, que no había menguado ni un ápice con el correr de los años, que era una señal de la fortuna, y que iba a comprar una serie de la lotería con esos números.

Quizá porque fue antes del desayuno y era lunes, o tal vez porque nos cogió desprevenidos, esa vez no pudimos disimular las carcajadas, que se esparcieron, con hambre atrasada, por todos los rincones de la casa. Recuerdo su mirada —aquellas orondas y blancas pelotas de ping-pong, se convirtieron en dos afilados colmillos de serpiente—, y desde entonces no nos dirigió la palabra.

Por eso hoy, veintidós de diciembre, cuando han cantado el número del gordo de Navidad, y hemos oído: «Tres mil doscientos diez, cuatro millones de euros, tres mil doscientos diez, cuatro millones de euros…», mi hermano y yo, como un solo hombre, salimos corriendo de nuestros respectivos trabajos, y nos presentamos en casa, henchidos de felicidad y de amor materno, pero sólo hemos encontrado en ella, la bola de cristal sobre la mesa del comedor, con una tarjeta al lado, escrita con la letra picuda y desigual de mi madre, que decía:

«Me voy a vivir el presente, porque estoy hasta el chacra de la coronilla del futuro. Os dejo la bola. Besos. Mamá».

María Jesús

 

 

 

 

jueves, 2 de noviembre de 2023

 



Lienzo de Diego González


La ternura

dulcemente recostada

en el borde de un poema,

se envenena la mirada

con los pétalos de un verso

—Rosado y lila― suspira el aire

que la contempla

por la ventana entreabierta ...

María Jesús

 

miércoles, 18 de octubre de 2023

 


Muchacho con un perro (Murillo)


Certamen Carmen Martín Gaite “Villa de Lumbrales”2019

Primer premio

 

Nunca sabrás sumar lo que te odio

 

… Y me llevo dos, no, me llevo tres ¿dónde he puesto la goma? Me la ha cogido Sánchez, seguro, porque estaba aquí… Pan con Nocilla, eso espero, si no, mamá, te las cargas, que a ella no le das bocatas de chorizo, no, a la nena, galletitas de esas blancas. ¡Qué hambre! ¡Jolines! si no me acordaba de que hoy viene la abuela, siete y cinco, trece, ¿trece?, no, doce y me llevo una ¿Será burro Gómez? ¿Para qué se tapa? Ni que le fuera a copiar… ¡Jope, la abuela!, a ver qué me traerá, que con el rollo de que tengo que crecer siempre me trae un bocata de pollo rebozado ¡Puaj! y luego se me hace “bola” y tengo que escupirla y ¡Hala! “Qué niño más cochino” y ella ¿qué? siempre sacándose y poniéndose los dientes esos y por la noche los mete en un vaso que parecen la raspa de un pescado en una pecera… ¡Qué bien! Hoy echan “Los payasos” tuturututú un circo… Igual a mamá se le ha olvidado el castigo y no le ha dicho nada a la abuela, con la memoria de mosquito que tiene. Levanto la mano y me voy al lavabo, así hago tiempo, ¡Jope, mira qué listo el Cardona!, ya se me ha colado… Bueno, las multiplicaciones ya están, ¡Epa! que faltaba un problema: “Si tienes cuarenta ciruelas…”, ¡Qué asco las ciruelas, que parecen ojos podridos de dragones! ¡Qué grandes son! y peligrosos, bueno los que comían hierba no, pero grandes eran igual... Y das tres a tu hermana…  después de lo de ayer no le doy ni tres ni una, la mimada de la casa ¡Qué pesados todos! Con que cuides a la hermanita, que es más pequeña, más pequeña ni más pequeña, pues que hubiera nacido antes, no te digo. Y la tonta venga a llorar, siempre con los llantos, que parece de mantequilla ¡Ahí va! el lápiz otra vez al suelo… que la tocas así con el dedo y ya está que parece que llegan los bomberos ni nu… ni nu… con los gritos que da… Tres a tu hermana y cinco a tu primo y tú te comes dos, pues las vomito, ji, ji, ¡Uy!, la seño no me quita ojo, parece el gato del tío Tomás que te mira así, fijo como una lechuza, que te cagas de miedo… Un perro, eso sí que mola. Un perro de esos con mucho pelo… Canelo, no, Niebla como el de Heidi, y mi hermana, ni tocarlo, ¿no es pequeña? Pero para zamparse las ruedas de mi coche no es pequeña, no, que vaya la que armó ayer, así que al perro, ni tocarlo, que igual también se lo come, la muy bruta. Sería mío y vendría al cole a buscarme, se iba a enterar Santacruz, siempre chuleando de su loro que dice su nombre: “Santacruz, Santacruz…” ¿Cuántas ciruelas te quedan? Bueno, igual le dice “Juanito, Juanito…” porque no lo llamará por el apellido, digo yo… A lo mejor mamá ya ha vuelto del hospital, que no sé el miedo que le entró porque la nena se puso roja como una manzana de esas de las ferias, que brillaba y todo y venga a echar babas, que parecía un caracol ¡Uf, qué asco! Y luego el marrano soy yo, “¿No te dije que vigilaras a tu hermana? ¿No te dije que vigilaras a tu hermana?” Y yo que me he quedado sin el coche ¿qué? que era mío, bien mío, que me lo regaló la tita Pilar por mi santo. Una ladrona es mi hermanita, y luego encima la culpa yo, que tendría que tener veinte ojos como un pulpo ¿o no? esos lo que tienen son brazos llenos de ventosas, que para atarla también servirían… “Que vigiles a tu hermana” y la muy burra ladrona no tuvo bastante con robarme el coche que se tuvo que tragar las ruedas con los hierrecillos y todo, y luego mamá venga a hipar, que parecía que se iba para dentro del cuerpo ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! gritando cómo una folklórica de esas que salen por la tele, y yo castigado, sin cenar y sin tele, y en mi habitación, que no pude ver ni cuando llegó la ambulancia. “Carlos, a tu cuarto”, que desde que está la mocosa esa ya nadie me llama Carlitos, el mayor, el mayor… Hala, solo castigos y regañinas sin parar, y ella, allí, sonriendo como una bruja en su trona y comiéndose las ruedas de mis coches ¿Cuántas ciruelas eran…? Ya me he descontado otra vez… Si es que hasta desde el hospital me fastidia la mocosa esa…

María Jesús

 

 

martes, 10 de octubre de 2023

 



Sabiduría popular

 

Hubo una vez un lugar en el que vivió una mona que se vistió de seda y se convirtió en princesa. Se casó con un oso barbilampiño que, era muy hermoso, y adoptaron una cabra que montó un chiringuito en la playa.

Al chiringuito acudían: galgos de probada casta y cola corta, gatos que por la noche eran blancos, perros que comían longanizas, cuervos bien criados que ni se acercaron a un ojo, ovejas sin pareja, un cerdo que se llamaba Martín y comía margaritas, asnos que degustaban miel y caballos que, aún y ser regalados, iban enseñando el dentado.

Por aquella playa, con cuya arena jamás se levantó un castillo, acertó a pasar un hombre que se encontró una piedra y tropezó con ella, no una ni dos, sino un millón de veces al día.

 

María Jesús