Los
caminos del Señor son inescrutables
Yo no tenía que estar aquí. Lo repito: yo no
tenía que estar aquí. Tenía que estar sudando birras y bailando como un macaco
en el concierto. Pero la vieja me tomó al asalto:
―Anda, hijo, ayúdame a subir
el carro de la compra, que tienes cara de buen chaval.
Y como aún faltaba un rato
para la hora en la que había quedado con la peña, pues me presté. Quién me
mandaba a mí ayudar a subir carros de la compra a abuelas chochas por escaleras
apestosas. «Dios te lo pagará, hijo. Ten cuidado con los escalones, que son muy
traicioneros», me dijo la jodía.
Malditos
escalones, maldita vieja y maldita suerte.
Y
cuando se lo he explicado al hippie grandullón este de las barbas blancas y la
superllave al cuello, va y me suelta con mala baba: «Chico, los caminos del
Señor son inescrutables».
María
Jesús

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