jueves, 9 de junio de 2022

 




 Juego

 

Esta noche también juego a la ruleta

sobre el tapete del cielo…

y gano.

Milagrosamente, gano

y desbanco a la luna y las estrellas

que me cubren de tristezas

¡Perdón! quise decir:

Riquezas

                                                                María Jesús

 


 

 

jueves, 2 de junio de 2022

 



La librería

 

Cada mañana, Ginés coge su bastón de haya, el libro que anda leyendo, y sale a caminar. Hacia mediodía entra en un establecimiento del paseo, pide un café y se sienta, siempre en el mismo rincón, a la misma mesa, en la misma silla; luego entorna los ojos dejando que de su memoria surjan, como de un pozo mágico, los recuerdos de tinta y papel, de toda una vida entre libros.

Se recuerda adolescente, casi un niño aún, recién llegado a la ciudad, pidiendo trabajo en aquella tienda grande y luminosa, forrada de estantes cuajaditos de libros. El viejo dueño lo miró con una sonrisa amable, le dijo: «Probaremos», y lo citó para el día siguiente.

Para él, recién llegado de un pueblo de medio pelo, aquello fue la entrada a un mundo nuevo.

Ginés encontró allí la escuela que nunca tuvo. Se convirtió en un lector voraz e intuitivo, que con el tiempo aprendió a aconsejar a los lectores, a cada uno según sus preferencias. Nunca los llamó clientes, para él eran almas conocidas con las que compartía el placer de la lectura, el deseo de vivir otras vidas, de conocer otras gentes y viajar a otros países.

Su vida fue plena y, en la medida de lo posible: feliz. Nunca se casó y, mirado desde fuera, fue lo que la gente diría, un hombre soso y solitario, sin demasiados amigos ni inquietudes. Un ser al que la vida le pasó por alto, sin que le sucediera nada fuera de lo común y rutinario. Pero él, que a menudo alargaba las horas de cierre, especialmente los sábados por la tarde, siempre se consideró un privilegiado. Ganaba lo suficiente para vivir con decoro, su jefe era una persona justa y amable y, podía leer cuánto quisiera. Leía en sus ratos libres, dentro y fuera del trabajo, leía y vivía las vidas de los personajes de los libros como si fueran la suya propia. Sufría con las desgracias que les sucedían y se alegraba de su buena fortuna.

Con el correr de los años, su estimado jefe falleció y un sobrino se hizo cargo del negocio. Poco tiempo después a Ginés le llegó la hora de la jubilación, la aceptó con resignación, pero no con alegría. Pidió permiso al nuevo dueño y, más feliz que un niño con zapatos nuevos, pasaba por la librería casi todas las tardes, y ayudaba en las, cada vez, más escasas ventas que hubiera. Un día, el sobrino del jefe —para él siempre fue el sobrino del jefe—tuvo que vender la tienda. Le explicó que aquella crisis global, que en todo hundió sus zarpas, lo obligaba a ello. Se la había comprado, dijo, una de aquellas cadenas de comida rápida.

Ahora, cada mañana, Ginés se sienta allí en aquella silla, en aquel rincón y, abre un libro. Después, como siempre, vuelve a viajar, pasajero etéreo, entre las historias y las vidas de los personajes que en él aparecen.

Ungido por el poder de su imaginación, transforma mágicamente el olor a carne y pepinillos que cubre el aire del lugar, en aquel otro, grabado en su memoria, al que consagró su vida: el de la tinta y el papel.

                                                                                          María Jesús

 

 

jueves, 26 de mayo de 2022

 




Esperanza

2º Premio en el Certamen de sant Jordi de Mollet del Vallès 2022

 

Hace tiempo que la observo. Viene casi cada tarde; es menuda, los cabellos cortos y claros, acostumbra a vestir una chaqueta oscura, de un color impreciso, entre el negro y el gris.

    Sonríe al entrar y hace un ligero gesto con la cabeza como si saludara y después se dirige lentamente al revistero, coge un diario y se sienta, casi siempre, de cara a la ventana.

    De vez en cuando, levanta la cabeza y mira hacia la calle, como si intentara digerir algo pesado, duro o ingrato.

    Yo, mientras tanto, empiezo a ponerme nervioso, y vuelvo a pensar una vez más: será hoy, a lo mejor es hoy el día en que podremos conocernos. Tiemblo un poco y trago saliva, siempre en silencio, aunque alguna vez he sorprendido miradas burlonas en los compañeros de al lado.

    Al cabo de unos cuarenta y cinco minutos, suelo mirar el reloj grande de la sala, ella se levanta, deja el diario en su sitio y se marcha.

    Cada dos o tres semanas cambia un poco la rutina. Hoy, por ejemplo, después de dejar el diario, se ha acercado por el pasillo en dirección a mi lugar. Creo que me he encogido un poco, he palidecido, aunque seguramente nadie lo ha observado, y me he encomendado a todos los dioses que conozco.

    Yo, tan serio, tan preciso y formal, temblando como una hoja con el aire de su paso.

    Desde donde estoy he ido observando cómo su mirada y sus dedos pasaban distraídos de un lado a otro. Estaba tan cerca que podía notar su olor a espliego y fresa; por un segundo me he visto reflejado en las chispitas doradas de sus ojos grises, después, una vez más, ha pasado de largo.

    Se ha alejado llevando un libro de tapas rojas en las manos, creo que era una novela de amor.

    Me he sentido, como quien no entiende un enunciado por una palabra, como quien suspende un examen por una décima, tan cerca... y tan lejos.

    Pero sé que no debo perder la esperanza, cosas más extrañas se han visto en la historia, debo seguir viviendo con la ilusión de que, tal vez, algún día se fije en mí.

    Aunque solo sea un viejo, triste y gris diccionario de griego.

María Jesús

 

 

 

jueves, 19 de mayo de 2022

 




Discretamente

 Discretamente rebusco,

por el encarnado forro,

de ese viejo monedero,

—pasado de moda y sin cierre—

Lo vuelco sobre el tapete

y en silencio van cayendo:

una brizna —ya reseca—

de alegría,

un destello leve,

que algún día fue sonrisa,

una pizca —caducada—

de ternura,

un suspiro añejo y,

 dos versos olvidados,

que me prestó,

—ni sé cuándo— la esperanza

                                                        María Jesús

 

 

 

jueves, 12 de mayo de 2022

 



Receta de primavera

 

Esperaremos a que llegue la primera brisa de aire tibio endulzada de azucena y, acto seguido, tomaremos un rojo cereza y unos pétalos blancos de begonia y les añadiremos unas gotas de ala negra —de golondrina joven, a poder ser—lo untaremos todo con un ramalazo de cielo azul —textura celeste media— y lo dejaremos dorar, lentamente, bajo el amarillo mantecoso del sol de la mañana.

Habrá que estar atentas y degustarla pronto, porque su dulce sabor es efímero y, a menudo deja, si no está bien horneada, un regusto triste en el paladar.

                                                                                             María Jesús

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 5 de mayo de 2022

 



             Seleccionado y publicado en I certamen Iberik Hotel. Relatos con alma 2022

 

Huellas

 

Mucho antes de aquella última despedida envuelta en amanecer y frío, le dijo que solía dejar papelitos con mensajes en todos los hoteles que visitaba. Escribía alguna frase y los doblaba en dos o tres pliegues, luego los colocaba cuidadosamente detrás de esos espejos cuadrados, enmarcados en madera, o entre las rendijas de aquellos armarios que olían a vacío; a veces, bajo el colchón; otras, ocultos en los agujeros del alféizar de la ventana con vistas a calles ajenas.

Desde entonces siempre que entra en un hotel rastrea su huella igual que un sediento buscaría una fuente en el desierto.

María Jesús

 

jueves, 28 de abril de 2022

 




Eduardito

 

Se celebraba el cumpleaños de la abuela, doña Virtudes, una mujer seca y puntiaguda que pinchaba hasta de lejos. Eduardito, el nieto único y favorito, iba desmenuzando con sus deditos, tiernos y sonrosados, su porción de pastel, luego se la llevaba a la boca y mantenía esta bien cerrada mientras masticaba lentamente, tal y como le habían enseñado que debía hacerse; entretanto, el resto de  la familia: abuela, hijo, nuera, sobrina, sobrino conversaban sobre temas de gran calibre: el tiempo, lo que faltaba para vacaciones, lo insípida que era ahora la fruta, lo alto que está el niño, lo menguada que está la abuela (esto por lo bajini y con disimulo) otra vez el tiempo… y así iban pasando la tarde.

No era una familia muy original. Lindaban con la clase media bis, aunque el hijo y la nuera, padres de Eduardito, empezaban a rozar con sus sudores perfumados y su talante emprendedor la media alta, lo que les llenaba de orgullo y satisfacción, y unas generosas ganas de gritarlo, con buena dicción, a los cuatro vientos (o parientes). La consulta dental iba viento en popa a todo implante.

La sobrina y el sobrino, sin embargo, aparte de ser hermanos, eran hijos de la única y difunta hermana de doña Virtudes y, por tanto, primos del hijo de la susodicha; andaban ambos rayando la clase media baja; en el caso concreto de la sobrina, había descendido a la bajísima porque, con la llegada de la crisis y el divorcio, en este rigurosísimo orden de aparición en su vida, había entregado su dúplex al banco y se había tenido que emplear de dependienta en un supermercado, de aquellos que compensaban los cuantiosos metros cuadrados de su superficie, con las escurridas nóminas de sus trabajadores.

El sobrino, un funcionario de correos, se mantenía haciendo equilibrios sobre el borde recortado de su sueldo.

La abuela, doña Virtudes, vivía de su plácida pensión.

No se podría decir, sin faltar a la verdad, que en aquella reunión hubiera gran sintonía.

Era una celebración de obligada asistencia, porque la familia siempre es la familia mientras no se demuestre lo contrario, y hay que estar a las duras y a las maduras, es decir: bautizos, bodas, cumpleaños, enfermedades y funerales y, por supuesto, en Navidades.

En lo único que aquellos cinco adultos estaban de acuerdo era en que Eduardito era una ricura. Pelo rubio y ojos zarcos, mofletes sonrosados y mella recién estrenada, ofrecían la imagen del niño ideal. Además, Eduardito era callado, sonreía a menudo, era obediente, daba besos cuando alguien se los pedían y nunca lloraba…. una ricura de niño.

Para la abuela, doña Virtudes, aquel nieto era el premio que Dios le había concedido por aguantar a aquella nuera, roba hijos y antipática, que se le había cruzado en el camino. Para el hijo, Eduardito representaba, además de una dentadura a vigilar, aquel ser que andando el tiempo estudiaría odontología y heredaría su consulta. Para su madre, Eduardito, era el fruto secreto de un amor más secreto aún. Para los sobrinos, ambos sin hijos y ya mayorcitos, aquel querubín significaba el báculo en el que se apoyarían en la vejez o, al menos, la cuenta corriente que los sostendría llegado el momento y, que les permitiría una buena o mediana residencia.

Así que todos querían mucho, pero mucho, a Eduardito.

El niño, después de comer su porción de pastel, se aburrió de escuchar hablar del tiempo, del reúma y de lo sosas que están las manzanas y pidió permiso para salir a la terraza a jugar con sus juguetes.

Su familia, sonriente, lo contemplaba desde el sofá del comedor. El niño dejó a un lado su bólido de plástico, su caballo de colorines y su pelota de goma, y centró su atención en una procesión de hormigas que se dirigían, ajenas a celebraciones y cumpleaños, pero fieles al deber con su familia, al hormiguero situado entre dos baldosas abiertas.

Eduardito apartó a cinco de ellas y les puso nombre: abuela, mamá, papá, tito y tita y, luego, sin perder la dulce sonrisa mellada, las fue aplastando una por una con sus tiernos y sonrosados deditos.

                                                                                                    María Jesús