Haikús del tren
Tarde
de marzo
en el
andén espera
la
primavera
Metal
y nubes
bajo
la tarde blanca
van
caminando
El
tren en marcha
sentada
y sin billete
va la
esperanza
Fin de
trayecto
la
máquina bosteza
suspira
el aire
María
Jesús
Como
siempre
Aquel primero de enero, como siempre, colgó su
calendario en una pared de la cocina, junto al salero de cerámica que le
trajeron los hijos de Aranjuez y el trapo de cocina amarillo que tenía una taza
de café bordada en un extremo.
El calendario quedó suspendido
sobre la pequeña mesa auxiliar de madera clara, a la luz alargada del
fluorescente del techo.
Ojeó, como siempre, en qué día
caerían aquel año las fiestas señaladas y que litografía correspondía a cada
mes. Solía arrancar, el último día del
mes, la página correspondiente y mirar con cierta ternura al mes recién nacido.
Sonrió al ver que aquel año su
cumpleaños, el 12 de mayo, presidido por una hermosa puesta de sol marina,
caería en domingo, buscó un bolígrafo rojo, y lo señaló con una cruz; luego,
para borrar una arruga del papel, pasó la mano por la página.
¿Cómo saber aquel primero de enero, que nunca llegaría a arrancar aquella hoja?
El
apéndice
En el barrio nos miran mal. Quizá sea porque en
casa todos vestimos trajes holgados o pantalones anchos de gomas bien
extensibles en la cinturilla. Así ocultamos nuestro apéndice extralargo —como
lo llama el abuelo—. Nos depilamos casa doce horas y tenemos la costumbre de
hablar a gritos.
Hemos dominados nuestro amor
por los bananos, pero aún temblamos perceptiblemente cuando un árbol de ramos
recias y frondosa hojarasca, se cruza en nuestro camino.
María Jesús
Amar
Amar,
bucear en la palabra,
saquear
las cuatro letras
buscando
en el fondo de ellas
tus
manos y tu mirada
Amar,
inyectarse la palabra
y
sentir cómo navega
por
los ríos de mis venas
Amar,
como único credo,
y
verte a ti, como único dios
Amar,
creando, sin quererlo
un
nuevo sacramento
Amar,
entregarse al corazón
como
un cuerpo expuesto al sol
Amar,
como único camino
que me
lleve al desamor
María Jesús
Buscando
piso
La
señora Antonia tenía ya una edad, casi dos, si somos justos. Desde hacía unos
meses el corazón le iba más despacio y le costaba un mundo caminar, pero eso no
era un obstáculo para que cada domingo por la tarde, después de comer acudiera puntual
a su cita. Cogía el autobús, bajaba en su destino y recorría cautelosa e
interesada aquellas anchas calles, sacaba su cinta métrica y medía y anotaba.
En tiempos la mujer había sido modista y, aún tenía buen ojo para los anchos y
los bajos. A veces, observaba las flores, algunas más secas que otras, y
también anotaba su nombre y sus colores. De vez en cuando alzaba la vista al
cielo y asentía satisfecha de sí misma.
Tenía
ya casi decidido el lugar y la altura que quería. Un tercero estaría bien, que
hiciera esquina, así tendría mejor vista. Pensaba que estas cosas no se podían
dejar para después. La señora Antonia era soltera, sin hijos y con poca
familia, así que a aquella sobrina medio tonta, que se ocuparía de todo en su
momento, habría que dejarle las cosas bien mascadas.
A
fin de cuentas, elegir bien la última morada, no era moco de pavo, o eso le
parecía a ella.
María Jesús
Aquel
verano
Aquel fue un verano global e igualitario que no
respetó latitudes ni hemisferios. Cuentan que se alcanzaron los 70 grados en
diversos puntos del planeta, y que en ninguno de aquellos noventa días bajaron
los termómetros de 50 grados en la sombra.
La gente se atrincheró en sus
casas, medio encueros, con bidones de agua —los que la tenían— al lado, pegados
al escaso frío de las piedras o los azulejos, y echando mano de toda clase de
artilugios para rebajar aquel calor, que según dicen, se podía cortar en
gruesas y crujientes rebanadas.
Las personas dejaron de
asistir a sus puestos de trabajo por riesgo a exponer sus vidas y morir
deshechos en el intento de lograrlo.
Pronto las calles de las
ciudades y los campos estuvieron llenas de cadáveres de toda clase de pájaros:
palomas, gorriones, abubillas, golondrinas… que caían de sus nidos con el pico
abierto y las alas cerradas. Por las noches, cuando la temperatura bajaba unos
grados, un esforzado equipo de voluntarios salían en bañador a recogerlos y
enterrarlos.
Cuentan que el aire de aquel
verano olía a flores muertas, árboles resecos y sudor humano. El sol tomó la
tierra y la estrujó entre sus rayos.
También dicen que, por una vez
todos los países del mundo se unieron perezosamente en el acto de no hacer
nada, más que vivir e intentar dejar pasar las horas buscando el fresco de las
piedras y, el alivio de las conversaciones ligeras.
No fue un buen verano, eso
cuentan siempre los que lo vivieron, pero, aunque hubo muertes naturales, al
parecer, durante esos cálidos noventa días, no se declaró ni una sola guerra o
reyerta en todo el planeta, no hubo un solo robo, asesinato o acto violento
entre la población.
El calor amansó, por fin, a
las fieras.
María Jesús