lunes, 20 de mayo de 2024

 




Haikús del tren

 

Tarde de marzo

en el andén espera

la primavera

 

Metal y nubes

bajo la tarde blanca

van caminando

 

El tren en marcha

sentada y sin billete

va la esperanza

 

Fin de trayecto

la máquina bosteza

suspira el aire

 

María Jesús

 

sábado, 11 de mayo de 2024

 




Como siempre

 

Aquel primero de enero, como siempre, colgó su calendario en una pared de la cocina, junto al salero de cerámica que le trajeron los hijos de Aranjuez y el trapo de cocina amarillo que tenía una taza de café bordada en un extremo.

El calendario quedó suspendido sobre la pequeña mesa auxiliar de madera clara, a la luz alargada del fluorescente del techo.

Ojeó, como siempre, en qué día caerían aquel año las fiestas señaladas y que litografía correspondía a cada mes.  Solía arrancar, el último día del mes, la página correspondiente y mirar con cierta ternura al mes recién nacido.

Sonrió al ver que aquel año su cumpleaños, el 12 de mayo, presidido por una hermosa puesta de sol marina, caería en domingo, buscó un bolígrafo rojo, y lo señaló con una cruz; luego, para borrar una arruga del papel, pasó la mano por la página.

¿Cómo saber aquel primero de enero, que nunca llegaría a arrancar aquella hoja? 

 María Jesús

 

martes, 30 de abril de 2024

 



El apéndice

 

En el barrio nos miran mal. Quizá sea porque en casa todos vestimos trajes holgados o pantalones anchos de gomas bien extensibles en la cinturilla. Así ocultamos nuestro apéndice extralargo —como lo llama el abuelo—. Nos depilamos casa doce horas y tenemos la costumbre de hablar a gritos.

Hemos dominados nuestro amor por los bananos, pero aún temblamos perceptiblemente cuando un árbol de ramos recias y frondosa hojarasca, se cruza en nuestro camino.

María Jesús

 

miércoles, 24 de abril de 2024

 



Amar

 

Amar, bucear en la palabra,

saquear las cuatro letras

buscando en el fondo de ellas

tus manos y tu mirada

Amar, inyectarse la palabra

y sentir cómo navega

por los ríos de mis venas

Amar, como único credo,

y verte a ti, como único dios

Amar, creando, sin quererlo

un nuevo sacramento

Amar, entregarse al corazón

como un cuerpo expuesto al sol

Amar, como único camino

que me lleve al desamor

María Jesús

miércoles, 10 de abril de 2024

 




Desde esta lejana nube

 

Desde esta lejana nube

donde enterré el corazón

de vez en cuando aún me llegan

los ecos de antiguas risas,

destellos de las sonrisas

de aquellos volubles dioses

que juegan con el amor

María Jesús

 

viernes, 29 de marzo de 2024

 



"Las costureras", Fernando Botero

Buscando piso

La señora Antonia tenía ya una edad, casi dos, si somos justos. Desde hacía unos meses el corazón le iba más despacio y le costaba un mundo caminar, pero eso no era un obstáculo para que cada domingo por la tarde, después de comer acudiera puntual a su cita. Cogía el autobús, bajaba en su destino y recorría cautelosa e interesada aquellas anchas calles, sacaba su cinta métrica y medía y anotaba. En tiempos la mujer había sido modista y, aún tenía buen ojo para los anchos y los bajos. A veces, observaba las flores, algunas más secas que otras, y también anotaba su nombre y sus colores. De vez en cuando alzaba la vista al cielo y asentía satisfecha de sí misma.

Tenía ya casi decidido el lugar y la altura que quería. Un tercero estaría bien, que hiciera esquina, así tendría mejor vista. Pensaba que estas cosas no se podían dejar para después. La señora Antonia era soltera, sin hijos y con poca familia, así que a aquella sobrina medio tonta, que se ocuparía de todo en su momento, habría que dejarle las cosas bien mascadas.

A fin de cuentas, elegir bien la última morada, no era moco de pavo, o eso le parecía a ella.

María Jesús

 

 

 

jueves, 21 de marzo de 2024

 




Aquel verano

 

Aquel fue un verano global e igualitario que no respetó latitudes ni hemisferios. Cuentan que se alcanzaron los 70 grados en diversos puntos del planeta, y que en ninguno de aquellos noventa días bajaron los termómetros de 50 grados en la sombra.

La gente se atrincheró en sus casas, medio encueros, con bidones de agua —los que la tenían— al lado, pegados al escaso frío de las piedras o los azulejos, y echando mano de toda clase de artilugios para rebajar aquel calor, que según dicen, se podía cortar en gruesas y crujientes rebanadas.

Las personas dejaron de asistir a sus puestos de trabajo por riesgo a exponer sus vidas y morir deshechos en el intento de lograrlo.

Pronto las calles de las ciudades y los campos estuvieron llenas de cadáveres de toda clase de pájaros: palomas, gorriones, abubillas, golondrinas… que caían de sus nidos con el pico abierto y las alas cerradas. Por las noches, cuando la temperatura bajaba unos grados, un esforzado equipo de voluntarios salían en bañador a recogerlos y enterrarlos.

Cuentan que el aire de aquel verano olía a flores muertas, árboles resecos y sudor humano. El sol tomó la tierra y la estrujó entre sus rayos.

También dicen que, por una vez todos los países del mundo se unieron perezosamente en el acto de no hacer nada, más que vivir e intentar dejar pasar las horas buscando el fresco de las piedras y, el alivio de las conversaciones ligeras.

No fue un buen verano, eso cuentan siempre los que lo vivieron, pero, aunque hubo muertes naturales, al parecer, durante esos cálidos noventa días, no se declaró ni una sola guerra o reyerta en todo el planeta, no hubo un solo robo, asesinato o acto violento entre la población.

El calor amansó, por fin, a las fieras.

 

María Jesús