martes, 20 de septiembre de 2022

 

Seleccionado en el Certamen Javier Tomeo.

Publicado en «Cultura y compromiso», noviembre 2019

 



No todos los caminos conducen a Roma

 

Rucita llegó a casa de la abu con la lengua fuera. Abrió de un empujón la puerta y se dirigió a la cocina; allí depositó el paquete de comida que había recogido en el banco de alimentos. Luego le dijo a la anciana que, una vez más, había conseguido rehuir la orden de desalojo. Esta vez, explicó, le dio a aquel feroz secretario judicial las señas de la nueva casa de ladrillo, aquel chalet de súper lujo en el que ahora vivía el director general del Holding financiero.

María Jesús

 

miércoles, 7 de septiembre de 2022

 





No hago otra cosa que pensar en ti

 

…Siempre igual se me van a dormir las manos de tanto sujetar el revólver y con este frío debemos estar a menos de diez grados bajo cero que no me ha dejado ni cenar con el apetitoso olorcillo que salía del puré de guisantes y la merienda, debo reconocer que la tarta de arándanos le ha salido exquisita pobre señora Hudson, pero debe andar ya por mi intestino delgado… ¡Diantre qué frío!… calla, si llevo mi petaca algo de brandy habrá en ella o yo no soy hijo de mi madre sí ¡Ah esto es otra cosa! reconfortaría a un muerto claro que él te dice vaya usted al páramo a vigilar ¡Vaya novedad! que ya tendrá noticias mías ahora ¿Cuándo? no se sabe cuando el milord quiera tendré que esperar las señales de humo de su apestosa pipa ¡Cretino patilargo! como él es un genio los demás mortales por más que hayamos estudiado en Oxford y estemos licenciados en medicina ¡Al cuerno! voy a echar otro traguito que si yo hablara como el caso aquel en que se pasó toda una tarde dale que te pego con el violín y ya iba a echar mano de sus porquerías ¿Cómo había entrado en la casa el asesino de Chippendale? Y la pobre doncella venga a intentar explicárselo burro zoquete larguirucho que la llave estaba bajo la maceta de la entrada señor lumbreras que la podía coger cualquiera que lo supiera anda y que le den morcilla escocesa no siento los dedos un espasmo vascular me temo y eso que llevo guantes de piel rácano maldito rácano estúpido que él a embolsarse el dinero y yo ni un penique eso sí el generoso para Navidad con sus mejores deseos unos guantes de lana ¡bah! ¿Quedará más brandy? suerte que rellené bien la petaca voy a zapatear un poco para entrar en calor ¡Olé! Ji, ji ¡Uy! la cabeza me da vueltas será el frío… elemental, elemental y un rábano para él creído más que creído voy a comprobar el revólver ¡Diablos! Para mí el peligro y para el patilargo reseco la fama…con esos ojos tan sagaces ¡Uy sí! ¡ja! miope perdido es lo que está el muy cretino ¡Upa!  casi me caigo me sentaré un ratito a riesgo de que las posaderas se me congelen, venga otro traguito a tu salud drogadicto maniático anda que el día en que se empeñó en lo del suicidio callen y dejen pensar al genio del razonamiento y yo venga a decirle que no que era imposible que a ver cómo se va ahorcar un paralítico que encima está ciego manda bemoles la cosa el cabezón si es que porque soy un caballero con más paciencia que un santo ¡Por san Jorge! Parece que se oye algo no diantre son mis tripas que suenan como su violín ji, ji ¡Ay el señor se pone melancólico porque no hay casos! claro que luego cuando los hay está el tonto de Watson para ir a pasar frío por esos páramos de Dios ¡Maldición! Se me ha acabado el brandy y el majadero este sin venir que vendrá cuando le salga de la mismísima gorra… lumbreras anoréxico del demonio…

                                                                                      María Jesús

 

 

domingo, 28 de agosto de 2022

 



¿Dónde estuve yo

ayer o hace mil años?

Fui, tal vez, la sombra soterrada

de una estrella?

Tal vez…

¿Dónde estuve yo

ayer o hace cien años?

Fui, quizá, la estela extinguida

de un cometa?

Quizá...

¿Dónde estuve yo

ayer o hace diez años?

¿Fui, acaso, el sordo sonido

de un relámpago?

Acaso…

¿Dónde estuve yo

ayer, hoy mismo, ahora?

¿Siendo un leve hilo de luz

en tu memoria?

Tan leve… 

                                                 María Jesús

 

jueves, 18 de agosto de 2022

 




 2º premio de humor

certamen Nou barris 2018

 

El juego

… Si no hubiera sido por mi costumbre de limpiar los cristales cada tarde a la misma hora, una es vieja y tiene sus manías, inspector… por eso y por la posición de mi piso, claro; ya ve usted que vivo en el ático del edificio central. Lo escogí así porque me gustan las alturas, aunque algunos piensen que fue por controlar mejor a los vecinos: se cree el ladrón… ¿verdad, usted?

Ya veo que tiene prisa, pero prefiero explicárselo aquí que ir a comisaría. Ya sé, ya sé que no es costumbre…y, aunque sea por mi edad, hijo ¿no puede hacer una excepción? ¡Qué amable es usted! ¿un café no querrá? ¿o cómo está de servicio no puede? Total, los muertos ya no se van a mover, claro que en vida ya se menearon bastante, sobre todo ella. Y que conste que yo cotilla no soy, pero bueno, aquí veraneamos siempre los mismos y nos conocemos todos. El caso es que yo dale que te pego con mis cristalillos, que están como un jaspe, ya lo ve usted…. Y cuando miraba hacia su bloque la veía levantar el auricular cada día a la misma hora y luego lo colgaba de golpe, como si diera un portazo, que yo pensaba: Así tratas a las cosas, igual que a las personas. Que te hablaba así que ponía los morros como si fuera a hinchar un globo. ¡Más tonta leche era la pobre! siempre dándose aires y subida en los andamios esos, que con mis pies hubiera dado… mire, inspector, mire que juanetes, que parecen las pezuñas de una vaca… pero no, la condenada, que Dios la tenga en su gloria, siempre encima de esos tacones que no sé cómo no se caía y se rompía la crisma… y que los llevaba todo el día puestos, ¡eh! hasta para andar por casa, que cuando se echó el último novio, un muchachote de color como se dice ahora, de color negro, para ser cabales, que parecía el hombre un armario de azabache, y yo fui a darle una carta, que el cartero, ¡más torpe que un cerrojo, el pobre!, había echado en mi buzón, allí estaba ella con los tacones y el biquini, ¡Señor! Una mujer con espolones que ya andaba más cerca de los sesenta que de los cincuenta, no me extraña que el marido… por lo que yo sé una bellísima persona, muy sencillo, que te ayudaba con la compra si te veía cargada o te sujetaba la cancela de la entrada para que pasaras, claro que eso era antes, que al cabo de un tiempo el hombre cambió y ya no saludaba y tenía siempre una mirada áspera  y si le sonreías te hacía una mueca como si se hubiera pasado el zumo de un limón por la cara y, claro, ya la verja ni rozártela para que pasaras ¡Hay qué ver cómo cambian las personas! Una pena, la verdad. Sí, sí, ya sigo, ya. Pues claro que me pareció raro que estando separados él hubiera alquilado el apartamento de enfrente, pero yo lo que no es asunto mío, pues… al principio no caí en que siempre que ella cogía el teléfono, él también tenía el auricular levantado ¡ah, y los prismáticos colgados al cuello! que parecía que jugaban. Casualidades, me dije, pero después de una semana empecé a atar cabos. Igual ella no le dejaba acercarse y él la telefoneaba y ella le colgaba; hay hombres así, sin pizquita de orgullo…. pero cuando le vi abrir la cristalera con el teléfono en una mano y la pistola en la otra, le juro que me quedé con las patas colgando, pero entonces, inspector, la vi a ella agacharse rápida como una centella, que pensé: de esta se troncha: claro que igual se había quitado los zapatos de tacón y por eso iba más ligera…. Sí, sí, ya sigo, ya… el caso es que la mujer se levantó al momento y con otra pistola en la mano, lo que yo le diga, inspector, cada uno con su pistolita desde lejos y los prismáticos colgados, que parecía que iban a cazar perdices… luego se oyeron dos taponazos, como si brindaran y ya, casi al mismo tiempo, se cayeron igual que dos sacos ¡plaf! y ¡plaf! ¿qué? bueno, no, eso no lo oí, pero me lo imagino porque una vez que mi prima Engracia, que tiene azúcar, se mareó y se cayó al suelo hizo ese mismo ruido: ¡plaf!  Claro que lo suyo fue solo un plaf, al ser soltera y caerse solo ella… aunque el suyo Igual valía por dos porque la prima Engracia pasa de los cien kilos…

En fin, inspector, no sé qué más puedo decirle. No avisé enseguida porque primero esperé a ver si se levantaban, el uno o la otra, pero no, allí no se movió ni la cortina y, en confianza, hijo, luego me acerqué un momento al comedor y me eché una copa de orujo para pasar el susto, uno muy bueno que me traen del pueblo, y después se conoce que con los nervios ¡qué malos son los nervios, señor! pues se me olvidó el número de la ambulancia y el de ustedes. ¡Qué lástima! Si hubiera avisado antes igual los hubieran salvado… Ah, pues me alegro, bueno quiero decir que me quedo más tranquila, inspector, si ya estaban los dos fritos, poco podía haber hecho yo ¡un alivio, hijo!

No, yo miedo no pasé, no señor, ni pizca, si parecía una película de esas de la tele… Ay, qué lástima… con lo bonita que es la vida… ¿sabe qué, inspector? A mí esos dos me dan mucha pena. Sí, ya sé, ya sé que se mataron a tiros y a sangre fría, pero para odiarse así, ¡ay, inspector! usted es que es un chiquillo, pero créame, para odiarse así, antes se tiene que haber querido mucho, se lo digo yo que soy gata vieja.

María Jesús

 

 

miércoles, 10 de agosto de 2022

 




Receta de verano

 

Tomemos un amanecer dorado y añadámosle unas pintitas de rojo sandía y de verde uva. Lo acaloramos bien durante unas horas —mejor las del mediodía— y, una vez bien soñoliento y pesado, lo abanicamos de naranja y azul. Lo dejamos reposar, más o menos, hasta el atardecer y, luego lo impregnamos bien con aroma de jazmín y hierbabuena.

Hay quien también le añade unas gotas de sal marina y, otras personas que prefieren aliñarlo con verdes briznas sombreadas de frescor.

Se decida lo que se decida y, aunque suele salir una gran cantidad, es conveniente consumirlo pronto porque a la que nos descuidemos se evaporará como una nube.

María Jesús

 

 

 

jueves, 28 de julio de 2022

 





 Algunas mañanas de primavera

 

Clara entró en la habitación y subió con energía la persiana de la ventana. Era el único cuarto vacío de la casa, en ella su esposo, Jorge, quería instalar un estudio —era arquitecto—, y aseguraba, con su exageración habitual, que necesitaba «como el aire» aquel espacio.

Bueno, igual eso ahora tendrá que esperar, pensó Clara. Se aflojó el cinturón de la bata y acarició, muy lentamente, su vientre.

Aquello había llegado por sorpresa. Un fallo, sin duda. Ella sabía que no era el mejor momento, si es que alguna vez había «mejor momento» para eso, reflexionó con una media sonrisa.

Jorge y ella llevaban poco más de seis meses viviendo juntos. Él estaba empezando en la empresa, y lo que ella ganaba en las clases que daba en aquella academia de medio pelo, apenas si alcanzaba para llegar a fin de mes.

Se sentó con cuidado en el suelo de la habitación y el frío que despedían los mosaicos la relajó. Acababa de empezar mayo, pero el calor ya era plomizo. Se adivinaba un verano largo y pegajoso. Contó con los dedos: mayo, junio… nacería para enero, igual que el año, tal vez como un regalo de reyes. Eso si nacía, claro, se dijo, y se le escapó un pequeño suspiro. Todavía no le había dicho nada a Jorge, primero quería estar segura. En menos de diez minutos lo sabría, Julia, su amiga, le había dicho que aquella prueba era fiable al cien por cien.

Miró alrededor. Era una habitación pequeña, pero luminosa. A aquella hora de la mañana un sol mantecoso parecía extenderse por todo el cuarto dejando en el aire olor a vida y a inicio; ese olor que solo tienen algunas mañanas de primavera.

Clara empezó a imaginar la disposición de los muebles, los colores…

Aquí, junto a la ventana, pensó, debería de ir una mecedora de madera, armoniosa y dulce, tal vez pintada de un amarillo esponjoso. Al lado la cuna, segura, pero cálida, que hiciera juego con una cómoda bonachona y generosa que iría pegada a la pared.

En el centro de la habitación pondría un caballito balancín, rojizo y con pecas, de esos de cartón piedra. Colgado del techo un móvil con una musiquilla armoniosa y azul que ayudara a dormir. Las paredes las vestiría de vainilla o mejor, decidió, de varios colores, como un arco iris; las ventanas con una cortina ligera, fresca, rosada o tal vez, dudó sonriendo, azul celeste.

Clara no se dio cuenta de que la sonrisa que se le iba dibujando en el rostro era una sonrisa que pertenecía a otra persona. No era la sonrisa de la Clara niña, ni de la Clara mujer; era una sonrisa desconocida, nueva, recién nacida.

Se levantó despacito y miró una pared, allí pondría el reloj; redondo, con muñecos; un reloj de esos en los que el tiempo no pasa, solo juega.

En cuanto al sexo, se dijo alzándose levemente de hombros, le daba igual niño o niña. Pero los nombres no. Los nombres los tenía elegidos desde que era pequeña y jugaba con sus muñecas: Elena, si era niña; Pablo, si era varón. Bueno, se dijo sintiéndose un poco culpable, a lo mejor Jorge también querría opinar sobre ese tema.

Consultó su reloj de pulsera, se levantó, y se dirigió apresuradamente al baño.

Al cabo de unos minutos regresó; se ajustó el cinturón de la bata y bajó lentamente las persianas. Poco a poco sintió como todas las tareas pendientes de aquel día volvían de la sombra y tomaban posiciones en su mente, presta y ordenadamente, hasta apagar por completo aquella luz de primavera, que por unos minutos se había colado en la habitación vacía.

María Jesús

 

 

 

 

 

 

jueves, 14 de julio de 2022

 




Quejas húmedas

 

 

—Aquí me gustaría a mí ver al panzudo del genio de la lámpara o a la yaya gordinflona de la varita ¡Me cago en Neptuno! Corriendo voy a realizar los deseos que pedís, ¡pandilla de bárbaros! Que os pasáis el día lanzándome monedas y haciéndome chichones en la panza. Que vivo en un ¡ay!

¡Me cago en Vulcano! Y encima con este dolor de cabeza: «cling, cling», taladrando mis entrañas, por no mencionar la herrumbre, el reuma, y este olor a óxido día y noche…

Y, el antiguo pozo de los deseos seguía quejándose y quejándose, pero nadie lo escuchaba porque el ruido de monedas al chocar contra sus aguas tapaba su empañada voz.

María Jesús