lunes, 10 de julio de 2023

 


Cambio de rumbo

(Extracto del diario de J. Silver)

 

Quizá se debía a aquel afán de aprovecharlo todo que tenía mi madre, pero lo cierto es que cuando, por equivocación, llegó a casa aquel baúl lleno de ropajes variopintos y estrafalarios, no dudó ni un segundo en que se hiciera uso de ellos.

Ella eligió un vestido rococó y, sin empacho alguno, se paseaba por la casa, un modesto piso de sesenta metros cuadrados, ataviada como María Antonieta. El efecto, si se quiere, era bonito a la par que llamativo; sin embargo, aquellos miriñaques, o lo que fuera que usara bajo las amplias faldas, hacía que cada vez que entraba en alguna habitación, quedara encallada —a estribor y a babor— en el dintel de la puerta, y se necesitaban los esfuerzos unidos de varios miembros de la familia para desatascarla.  Sus ropajes tampoco favorecían, en demasía, el vaivén de la tripulación casera por el angosto pasillo. Tal vez por ese motivo, para compensar, mi padre decidió vestirse de Tarzán, y andar en taparrabos todo el día, desplazándose cómodamente por la casa de liana en liana —las sogas firmemente enroscadas en lámparas y demás aparejos sobresalientes del techo—.

En cuanto a mis abuelos, los únicos que podían haber echado un cable a la cordura familiar, hacía ya muchos años que habían optado por vestirse con los simpáticos trajecillos de Hansel y Gretel. La elección, según explicaban, se debió a un acto de generosidad. Ambas, como es sabido, son figuras de poco calado que apenas ocupan espacio, pero las generosas almas no contaron —en mi hogar nadie piensa en el futuro ni siquiera en el presente— con los achaques propios de la edad, y ahora surcan la casa con los dos andadores a rastras, que, dicho sea de paso, abultan más que ellos. Huelgo decir, las difíciles maniobras que tienen lugar, cuando en cualquier recodo de la casa, se topan de frente con mi madre.

Mis hermanas, gemelas y mayores que yo, —no sé sí en este orden— son: la virgen María y el arcángel san Gabriel. Les dejo a su imaginación la situación diaria en la bendita hora del ángelus, cuando en el momento de la Anunciación a mi padre se le escapan alguno de sus gorgoritos tarzanescos al cambiar de liana, mi madre deja ir con soltura el lastre de sus faldas, y los yayos aportan, dulcemente, la percusión de sus tacatacas, encallados al compás.

Cuando yo nací, no sé si por los antecedentes fraternos, o porque el baúl estaba ya a dos velas, se me reservó el papel de Mesías —un pañalete, un arito dorado en la cabeza y, allí te las compongas—, pero en mis planes, mi rol era otro.

Desde bien pequeño, fui consciente de que alguien tenía que llevar allí el timón, si no quería que aquella tripulación de seres extraños zozobrara. Así que me dediqué a su cuidado, y mal que bien me las he ingeniado para ir tirando de ella contra viento y marea, achicando dificultades, zafándome de problemas, poniéndola al abrigo de tormentas y quebrantos y, alimentándola, porque, entre nosotros, serán raros, pero comer comen igual que los que no lo son, y aún más, diría yo. Con grandes esfuerzos he conseguido juntar unos ahorros que guardo en un cofrecillo, sepultado en la jardinera de la entrada, dinero que les permitirán vivir sin naufragar, ni dar demasiado la nota, hasta el fin de sus vidas.

He decidido darle la llave del tesoro a Gabriel que, cuando no tiene lo del ángelus, y esconde las alas, es una tipa bastante normal y sensata. Ella los conducirá a buen puerto.

En cuanto a mí, me han llegado voces de que La Hispaniola está ya terminada, así que, en cuanto el ebanista del barrio me tenga acabada la pata de palo, cogeré el último disfraz que queda en el fondo del baúl, me enrolaré como cocinero, y me haré a la mar.

María Jesús

 

sábado, 1 de julio de 2023

 


 Fotografía de Junior Teixeira


El divino pirata

 

El informático se cruzó de brazos. Veríamos cómo se las arreglarían ahora aquellos estúpidos. Él, en su infinita sabiduría, cargada de experiencia, calculaba que aquel virus iba a traer cola para años.

El informático se mesó la barba blanca y larga, parpadeó su gran ojo dentro del triángulo dorado, después alargó un níveo dedo, el índice derecho, y apretó la tecla.

El virus, viajando a la velocidad de la luz, llegó a la tierra.

 

María Jesús

 

viernes, 23 de junio de 2023

 

 




De malva el ocaso

 

De malva el ocaso,

de malva y oro.

La noche se despereza,

mi mirada se pasea

por esa estrella temprana

¡Tan lejana!

María Jesús

 

sábado, 10 de junio de 2023

 



Los tiempos cambian, los hábitos permanecen

 

…Claro para ti todo es muy fácil, tú ahí, que ni sientes ni padeces, bueno, sí, ya sé que padeciste lo tuyo, pero ya ha llovido mucho desde entonces. Dos mil años han pasado, que se dice pronto… y anda que no han cambiado los tiempos… Espera que encienda un cirio, así el personal se anima y encienden otros; esto es como lo de los mendigos, que ellos ponen la primera moneda de su mano y, sino, fíjate en el de la puerta: rumano o boliviano o qué sé yo, que ya he perdido la cuenta de los países que se nos han metido aquí, con lo bien delimitadito que lo teníamos todo antes… ¡Tu padre sea alabado! por ahí viene doña Obdulia, la vieja esa tan pesada. Voy a hacerme el ocupado antes de que me pille… digo yo que también le podría haber dado por la fe musulmana o por la de los budistas esos que están tan de moda… perdona, no es que te quiera quitar almas, es que a esta mujer no hay cristiano que la aguante. Cada día a confesar y a oír misa, que para mí que los pecados se los inventa, ¡Si no le da tiempo! Ayer, sin ir más lejos, después de tenerme tres cuartos de hora en el confesionario intentando recordar ―«No desespere, padre, que alguno saldrá»― va y me dice que ha cometido pecado de negligencia porque se le pegaron las lentejas mientras hablaba con la vecina. Y a ver qué penitencia le impongo. Penitencia la mía, que ésta viene aquí como quien va al casino; cualquier día, cuando yo diga lo del «cuerpo de Cristo», ella dirá: ¡Bingo! en lugar de amén.

Pero a ti no te puedo engañar, tú ya sabes que la que de verdad me preocupa, la que me trae por la calle de la amargura, es la otra, la de la limpieza. Esa sí que si no fuera porque voy teniendo una edad, y los placeres de la carne ya poco me mortifican, pues me veía con el cilicio como en aquellos gloriosos tiempos de orden y control; porque a ver, vale que la de Cáritas me traiga chicas en situaciones desesperadas, que ya sabemos que los tiempos están muy malos y aquí debemos practicar la caridad cristiana, pero esta rusa, que no habla ni una palabra de español y que, eso sí, sonríe mucho y ¡fuma!, a escondidas, pero fuma, que por más incienso que le eche a la sacristía, el olorcillo me deja los hábitos como si fueran las cortinas de un bar de alterne y luego, cuando digo la misa, los monaguillos, ¡vaya dos diablos! con perdón, se ríen y se guiñan el ojo, que yo sé que piensan que el tabaco es mío y yo, otros sí, pero  ese vicio no lo he tenido nunca, que tú lo sabes…¡Uf! ¡Qué se acerca la pecadora de las lentejas otra vez…! A ver qué hago para que no me enganche… voy a arreglarte las flores, están un poco secas, pero te tienen que aguantar hasta el jueves, que aquí también llegan los recortes ¡Qué tiempos, Señor, qué tiempos! Pues como te iba diciendo, esta rusa: Verana o Betsana ―un nombre que cualquiera sabe de dónde lo han sacado esos bárbaros de las estepas― claro, que ¿qué se puede esperar de los comunistas? Ya sé, ya sé que ahora son como nosotros, al menos por fuera se parecen, pero quién tuvo y retuvo… Bueno, a lo que iba, no quiero ser mal pensado, tú padre me libre de ello, pero esa mujer va con esa falda tan corta y esos tacones tan altos y luego esos labios que parecen rodajas de sobrasada siempre entreabiertos… pues yo creo, de mí para ti, que es una pecadora, bueno, una prostituta, una grandísima puta ¡Vaya! y perdóname la blasfemia, pero las cosas claras y el chocolate espeso, que decía el padre Gregorio, que supongo que andará por ahí disfrutando de la gloria y tocando la cítara,  aunque si sigue con el mismo oído para la música que tenía en la tierra no vais a ganar para algodones… en fin, que yo ya tengo unos añitos, pero ¡hombre! esos contoneos cuando limpia los cálices y le saca el polvo a los libros de los salmos hacen que se remueva lo que no se tiene que remover, tú ya me entiendes, que también fuiste hombre, divino, pero hombre, aunque ahora que lo pienso: tú, voto de castidad, no hiciste ¿no?

María Jesús

 

 

 

martes, 30 de mayo de 2023

 



Publicado en la Revista Almiar

 

No ser

 

No ser.
No saber que he sido:
ni escama de pez
ni piel de gusano
ni pluma de ave
ni aliento de lobo
ni mujer ni hombre
ni flor de manzano
ni gota de mar
ni polvo de estrella
ni señal de un beso
ni roce de mano
ni luz de memoria.
No ser.
No saber qué he sido.

                                                 María Jesús

 

 

domingo, 21 de mayo de 2023

 


La cabeza a pájaros

 

La manzana era quien llevaba la batuta:

―Tenemos que hacer algo. Hay que organizarse ―la voz un poco pastosa se extendía por todos los rincones.

El tarro de mermelada de ciruela, antaño de un verde oliva y ahora casi gris, asentía lleno de ímpetu:

―Eso, eso.

―¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ―se preguntaban, sin responderse, la media docena de huevos desordenados.

La salsa de tomate que quedaba en un frasco semiabierto contestó:

―Creo que quieren que hagamos una huelga.

―¿Una huelga? Esta sí que es buena ¿de qué? ¿de hambre? ―la mantequilla desde su atalaya se derretía de risa.

―Algo habrá qué hacer, aquí hace un calor que te mueres ―dijo una mustia lechuga que trataba en vano de abanicarse con una reseca hoja.

Desde el fondo del cajón salió la aflautada voz de un pimiento verde y arrugado que llevaba allí más de tres semanas y empezaba a enmohecer:    

―Yo me estoy muriendo, como no se haga algo pronto, no respondo de mi olor.

―De tu olor ya no respondes ahora, no te fastidia el pimiento... ―la mandarina pizpireta y descarada desde un rincón del cajón arrugaba su fina piel estriada.

―Por aquí nos asfixiamos ¿verdad? ―exclamó un yogurt caducado dándole un empujón a un triste trozo de jamón que, a juzgar por el color, hacía ya rato que era fiambre.

Las voces fueron subiendo en intensidad, todos querían meter cuchara. Algunos daban ideas ―cada cual más sinsentido que la anterior― otros, los más, solo se quejaban. Mientras tanto la casa permanecía en silencio, a oscuras, invadida paulatinamente por pestilentes olores que iban saliendo en agria algarabía de la nevera.

Se oyeron pasos apresurados por el pasillo. El servicial vecino se acercaba, regadora en mano, a echarle agua al ficus del comedor. Era la segunda vez que venía a regar, desde que sus vecinos marcharon de vacaciones. Lo hacía siempre al mediodía para aprovechar la luz que se filtraba por las persianas.

«Qué mal huelen los pisos cerrados», pensó el hombre, y volvió ligero por el pasillo.

Al llegar a la salida observó el interruptor general de la electricidad y sonrió satisfecho: «Menos mal que me di cuenta y lo cerré, que si no...  es que esta juventud tiene la cabeza a pájaros, que parece que les regalan el dinero. Seguro que este mes les he ahorrado un buen pico en el recibo de la luz», se dijo convencido.

Y orgulloso de sí mismo cerró, con dos vueltas de llave, la blindada puerta de roble. Ya no tendría que volver más. En quince días de nada se acababa el mes de agosto y regresarían los vecinos.

María Jesús

 

 

 

martes, 9 de mayo de 2023

 



Publicado en la Revista Almiar

Imagen: “La paloma de la paz”, de Bansky

 

 

Huida

 

Las cosas ya estaban bastante difíciles para aquella vieja ciudad —Alá, Yavé y Dios se la disputaban sin descanso desde hacía siglos— cuando de pronto empezaron a correr rumores de que también Confucio, Buda y Vishnu habían realizado durante sus vidas alguna que otra excursión a ella.

La ciudad esperó al veinticinco de diciembre, momento en que el personal se tranquilizaba un poco, y se evaporó.

Casi al mismo tiempo, en un remoto lugar del Ártico, un joven inuit se preguntaba a cuál de sus dioses debería agradecer el prodigio de la aparición de aquel hermoso olivo que, de la noche a la mañana, había crecido en sus heladas tierras.

 

María Jesús