Desde esta lejana nube
Desde
esta lejana nube
donde
enterré el corazón
de vez
en cuando aún me llegan
los
ecos de antiguas risas,
destellos
de las sonrisas
de
aquellos volubles dioses
que
juegan con el amor
María
Jesús
Buscando
piso
La
señora Antonia tenía ya una edad, casi dos, si somos justos. Desde hacía unos
meses el corazón le iba más despacio y le costaba un mundo caminar, pero eso no
era un obstáculo para que cada domingo por la tarde, después de comer acudiera puntual
a su cita. Cogía el autobús, bajaba en su destino y recorría cautelosa e
interesada aquellas anchas calles, sacaba su cinta métrica y medía y anotaba.
En tiempos la mujer había sido modista y, aún tenía buen ojo para los anchos y
los bajos. A veces, observaba las flores, algunas más secas que otras, y
también anotaba su nombre y sus colores. De vez en cuando alzaba la vista al
cielo y asentía satisfecha de sí misma.
Tenía
ya casi decidido el lugar y la altura que quería. Un tercero estaría bien, que
hiciera esquina, así tendría mejor vista. Pensaba que estas cosas no se podían
dejar para después. La señora Antonia era soltera, sin hijos y con poca
familia, así que a aquella sobrina medio tonta, que se ocuparía de todo en su
momento, habría que dejarle las cosas bien mascadas.
A
fin de cuentas, elegir bien la última morada, no era moco de pavo, o eso le
parecía a ella.
María Jesús
Aquel
verano
Aquel fue un verano global e igualitario que no
respetó latitudes ni hemisferios. Cuentan que se alcanzaron los 70 grados en
diversos puntos del planeta, y que en ninguno de aquellos noventa días bajaron
los termómetros de 50 grados en la sombra.
La gente se atrincheró en sus
casas, medio encueros, con bidones de agua —los que la tenían— al lado, pegados
al escaso frío de las piedras o los azulejos, y echando mano de toda clase de
artilugios para rebajar aquel calor, que según dicen, se podía cortar en
gruesas y crujientes rebanadas.
Las personas dejaron de
asistir a sus puestos de trabajo por riesgo a exponer sus vidas y morir
deshechos en el intento de lograrlo.
Pronto las calles de las
ciudades y los campos estuvieron llenas de cadáveres de toda clase de pájaros:
palomas, gorriones, abubillas, golondrinas… que caían de sus nidos con el pico
abierto y las alas cerradas. Por las noches, cuando la temperatura bajaba unos
grados, un esforzado equipo de voluntarios salían en bañador a recogerlos y
enterrarlos.
Cuentan que el aire de aquel
verano olía a flores muertas, árboles resecos y sudor humano. El sol tomó la
tierra y la estrujó entre sus rayos.
También dicen que, por una vez
todos los países del mundo se unieron perezosamente en el acto de no hacer
nada, más que vivir e intentar dejar pasar las horas buscando el fresco de las
piedras y, el alivio de las conversaciones ligeras.
No fue un buen verano, eso
cuentan siempre los que lo vivieron, pero, aunque hubo muertes naturales, al
parecer, durante esos cálidos noventa días, no se declaró ni una sola guerra o
reyerta en todo el planeta, no hubo un solo robo, asesinato o acto violento
entre la población.
El calor amansó, por fin, a
las fieras.
María Jesús
Huellas
«La belleza es verdad y
la verdad belleza.
Nada más se sabe en
esta tierra
y nada más nos hace
falta conocer» (Keats)
I
Quieren atrapar la belleza del instante, o la
alegría de la sorpresa, o tal vez enmarcar al tiempo. Encerrar en una cartulina
de colores la vida, como el coleccionista que prende a una mariposa con un
alfiler y la coloca en un álbum. Pero todos sabemos que, cuando vuelves a ella,
ya no es lo mismo, nunca es lo mismo. Nadie ha aprendido aún cómo guardar una
sensación entre cuatro colores y un papel. Y quizá, sea mejor así. El instante
se desvanece al rozar el aire y ya no vuelve jamás, esa es la magia.
II
Se rozan, sin pensar, los cuerpos. Las miradas
se posan al mismo tiempo en el mismo lugar; durante unas horas compartimos el
arte, el espacio, la historia, andamos por los mismos pasillos mil veces
paseados y se nos encoge el corazón ante el cuadro tantas veces admirado desde
lejos. Armados con el plano y la cámara sin flahs
pasamos ante los torpes detectores de metal, incapaces de notar que cada uno de
nosotros ha robado un reflejo de belleza, que lleva oculto en el recuerdo.
III
Tropiezo y apoyo delicadamente mi mano en la
columna de mármol. Más de dos mil años en pie, firme testigo del paso de la
historia: imperios, guerras, luces y sombras. Busco con dedos expertos el
corazón que late bajo la piedra y la veo a ella. Una mujer igual que yo, aunque
su idioma, sus recuerdos, su tiempo y sus secretos fueran otros. Una mujer que
tropieza y busca el apoyo en esta columna de mármol. Atravesando más de dos mil
años, sus huellas y las mías se mezclan en la tierra, aquí y ahora.
María Jesús
Estaciones
de infancia
Paraba el tren de latón —rojo y negro— en todas
las estaciones de nuestra infancia. Nos llevaba entre pitidos y silencios de
una a otra, y después a la siguiente.
Amanecía un día la vida
bordada de primavera: calcetines cortos, chaqueta de algodón azul, y los rayos
de sol que se alargaban, súbitamente, en las esquinas. La luz entraba a
ventilar los grises del invierno, y los ojos soñadores, a través de las
ventanas, veían futuros imposibles en las tardes recién lavadas con aroma de
geranio. Tardes que se estiraban alrededor de nuestras vidas hacia el cielo y
el infierno, hasta que finalmente se fundían con las mañanas luminosas del
verano.
Veranos de tirantes y faldas
cortas, de noches huérfanas de estrellas. Largas noches que rescataban el sabor
a pueblo recién venido, siempre recién llegado, así llevara siglos en la
ciudad. Sillas de enea al fresco que aireaban historias lejanas de guerras
perdidas y de presentes vividos entre susurros. Tardes de meriendas en nuestras
playas, cuyas arenas colonizaban nuestros pies menudos; mañanas de juegos
inacabados en las estrechas calles. Veranos que te llenaban de un sudor limpio
y dorado, y siestas que se estiraban en el tiempo como chicles rosados.
Y, de repente, una tarde ya era otoño. Envuelto
en un aire cobrizo y lleno de charcos. Impermeable amarillo y botas de goma. La
vuelta a la escuela: crecer de curso y de altura; dictados, ejercicios y
problemas; el roce de libros nuevos y de la ropa heredada. Boniatos y castañas
perfumando las esquinas. Se corrían las cortinas, tenuemente, y se volvía a
mirar la vida a través de los visillos. Remendábamos historias de antiguas
películas vistas a granel, golondrinas que marchaban y volaban lejos hasta ser
sólo un punto en el cielo.
Y ya el invierno asomaba su
nariz encarnada, relleno de abrigos —a los que había que bajar el dobladillo—,
guantes de lana, calcetines remendados en la punta o el talón. Entrábamos con
sonrisas luminosas en la blanca navidad, que siempre era cualquier cosa menos
blanca. Y enero nos expulsaba de nuevo a la batalla. Febriles febreros de
gripes que te estiraban los huesos y el alma, y luego resonaban tus pasos más
duros sobre los adoquines de las calles. Quedaba aún lejos la primavera, y el
invierno nos envolvía con su aliento a gris ceniza; los deberes esparcidos
sobre la mesa, siempre llena, del comedor; chocolate con pan en la merienda, y
las mañanas sin luz de cada día.
Después el tren volvía a
arrancar y nos depositaba un poco más viejos y extraños en la nueva, siempre nueva,
primavera.
María Jesús
La
venganza
El verdadero motivo por el que la bruja
Maléfica no fue invitada al bautizo de la princesa permaneció enterrado en el
olvido durante siglos; sin embargo, el verano pasado un grupo de eminentes
doctores de la Universidad de Cambridge —espoleados por sus ansías de saber y
por la necesidad de calmar sus acuciantes dudas intelectuales— decidieron
investigar los hechos, llegando a la conclusión de que la auténtica razón no
fue, como se ha venido creyendo hasta nuestros días, el ninguneo a que fue
sometida la hechicera al no ser invitada a la ceremonia del bautismo. No,
señores, a Maléfica el bautismo se la traía al pairo ―se han encontrado pruebas
fehacientes de que ella profesaba unas creencias animistas ligeramente
emparentadas con la religión judía y aderezadas con unas gotas del islamismo
más puro―. La razón tuvo su origen en algo tan prosaico y humano como los
celos.
Al parecer, la hechicera (una
real hembra, a juzgar por los dibujos de la época) mantuvo relaciones adúlteras
con el monarca. La reina, que era bastante rencorosilla, ―según anotación al
margen de una página del diario íntimo de una de sus damas de compañía, hallado
por casualidad en una casa rural de Formentera―, prohibió terminantemente a su
esposo que invitara aquella «arpía» al bautizo de su hija.
Maléfica, que no pertenecía a
la clase de bruja que se deja poner diques, se disfrazó y se coló en el evento.
Como tenía cierta tendencia a dar la nota ―valiosa información ésta, que ha
sido transmitida de padres a hijos durante generaciones hasta llegar a nuestros
días― esperó el momento de más expectación y, vengándose de la madre en la
hija, lanzó una maldición a la inocente criatura. Al cumplir los quince años,
Aurora (que así se llamaba la pequeña) entraría en un estado de sopor que le
duraría toda la eternidad.
Los años fueron pasando y la
niña creció: consentida e impaciente, y sin dar palo al agua, como corresponde
a cualquier princesa que se precie. Cuando llegó el día de su decimoquinto
aniversario, sus padres, que habían echado en saco roto la maldición de
Maléfica, tiraron el palacio por la ventana e invitaron a todos los habitantes
del reino: hechiceros, nobles y plebeyos. Todos ellos, bien aleccionados por un
bando real que les conminaba a llevar un regalo por cabeza, llegaron con sus presentes
y los colocaron juntos sobre una gran mesa alargada.
Aurora, con la boca chica,
—según la información extraída del dietario del chambelán de palacio por dos de
los eruditos investigadores— dijo aquello de: «¿Para qué os habéis molestado?
Si no hacía falta», y acto seguido empezó a desenvolver regalos como una posesa. El
último fue un pequeño objeto luminoso y sonoro que, al parecer,
funcionaba con un chip y una tarjeta prepago. Fuentes fidedignas, consultadas
por los sesudos doctores de Cambridge, afirman que la princesa lo tomó en sus
manos con un cierto asombro, pero rápidamente quedó subyugada por él y empezó a
teclear en el aparatejo. Sus padres se miraron consternados y, aunque no hay
constancia de ello, es de suponer que con toda probabilidad en aquel momento se
les vendría a la memoria la taimada maldición.
Según consta en las
conclusiones finales del docto artículo universitario: las carcajadas de
Maléfica se estuvieron oyendo por todo el reino durante un par de semanas, cosa
nada extraña si se tiene en cuenta su tendencia al histrionismo, y a que el
reino era más bien de dimensiones chiquitajas.
María Jesús