En
un principio fue el agua
En un
principio fue el agua
y creó
la tierra,
en un
principio fue el aire
y creó
al sol,
en un
principio fue el pez
y creó
al ave,
en un
principio fue el hombre
y creó a Dios
María Jesús
Las
vidas de Lola
Desde
pequeñita Lola solo tenía un afán, pero era un afán muy ambicioso. Quería vivir
muchas vidas.
Un
día Lola decidió ser trompetista, así que bajó a comprarse una trompeta y unas
cuantas partituras en la tienda de la esquina. Poco a poco descifró aquellas
notas que, parecían pajaritos sobre cables de la luz, y tocó alguna canción.
Cerró los ojos y el olor a humo y bourbon,
la poseyó como lo haría un buen perfume. La deslumbró el brillo de los blancos
dientes del pianista que la acompañaba siguiéndole el ritmo sin perderse. Se
empapó de la tristeza de aquel local de entreguerras, del que no sabía el nombre,
luego abrió los ojos.
Otro
día Lola decidió ser viajante de comercio y recorrer mundo. Se compró unas
buenas zapatillas de deporte y un maletín para llevar las muestras de los
productos —todavía no había decidido cuales serían—, y dando un par de vueltas
por su comedor, se vio sentada en un tren, de aquellos que corren tanto que el
paisaje se difumina a través de las ventanas. Charló con la abuelita que iba
sentada a su lado, le regaló un caramelo a la niña de las trenzas que iba
enfrente e, incluso consiguió venderle una bobina de buen hilo azul marino —eso
era finalmente lo que contenía su maletín—, a un señor muy trajeado que hablaba
por el móvil, arriba y abajo del pasillo, como si persiguiera alguna presa.
Pronto el tren entró en un túnel y Lola volvió al comedor de casa.
Una
tarde al merendar Lola decidió que se haría repostera. Compró harina, huevos,
azúcar y leche y se puso a hornear dulces bollos, que luego repartió por la
escalera a todos los vecinos. Sus manos y su pelo se perfumaron con el aroma de
la miel y el calor de los pasteles, su corazón se esponjó como una masa bien
horneada, pero los ingredientes se acabaron y la cocina quedó hecha un
desastre. Lola tardó tres horas en recogerla, para cuando acabó ya estaba
oscureciendo.
Una
noche al acostarse Lola decidió que sería abogada. Defendería a los inocentes
ante las leyes injustas, se dijo colocándose la toga y el birrete como si
fueran el pijama. De pronto el olor a madera vieja y las miradas llenas de
miedo y esperanza la rodearon y, cuando sonó el golpe seco de la maza del juez
sobre el estrado, sintió un escalofrío y se quedó dormida.
Esta
mañana al despertar, Lola se encontró con que era una mujer muy vieja, no
recordó haber decidido eso en ningún momento de su vida o de sus sueños, pero
ahí estaban esas manos arrugadas, esas rodillas artríticas, esos ojos
mortecinos, ese corazón desacompasado… era toda una abuela y, ahora, su único
afán consistía en vivir un día más, sin importarle en qué vida lo hiciera.
María Jesús
La
figurita
Aquel fue el primer año en que la figura del
roscón no le tocó a nadie. Ni a mi hermana Elisa, que solía ser una de las
afortunadas; ni a mi hermano Néstor, otro con buena suerte en el reparto; ni a
mi madre, que siempre distribuía los trozos; ni a mi padre que solía quedarse
el más pequeño de todos porque decía que el dulce no le gustaba, aunque luego
lo veías comer turrones sobrantes a dos carrillos durante toda la tarde.
Tampoco tuvo suerte el tío Abelardo, soltero y, más aficionado a la copa que al
rosco. Ni siquiera la abuela, que llevaba un par de meses guardando cama, llena
de toses y jadeos, y que se había levantado especialmente para participar y
probar suerte con la figurita; ni, por supuesto, al abuelo, que tenía
terminantemente prohibido por los médicos el dulce, y nunca lo probaba; tampoco
le salió a la tita Eloísa, que siempre pedía «un trocito de nada» porque había
que cuidar la línea; ni a mí, el más
pequeño de la familia, que contaba con dos reyecitos y una mariposa, todas
ellas de plástico pintado, en mi palmarés de la fortuna.
Todos sabíamos que, según la
tradición, a quien le tocara la figurita dispondría de un año de salud, buena
suerte y de deseos cumplidos, por eso nos sentimos estafados y miramos con el
ceño fruncido al abuelo, que había sido el encargado de traer el roscón a casa;
la abuela incluso le dio un pequeño pescozón, entre un baile de toses secas que
la dejó sin aliento durante unos minutos y, provocó la mirada preocupada de los
ojos adultos. El pobre abuelo, azorado, nos dijo que igual al pastelero se le
había olvidado ponerla dentro al amasar el dulce o, que era tan pequeña que
alguien la tragó sin darse cuenta. «Tal vez, dijo mamá acudiendo al auxilio de
su padre, la figura fuera esta vez un anís de caramelo, de esos de papel de
plata que se tragan sin sentir». Aquello ni nos consoló ni nos convenció, pero
asumimos que aquel año no había figurita y pasamos a otra cosa.
Cuando a finales de aquella
primavera la abuela nos dejó, según me explicó mamá con ojos enrojecidos, «para
ir al cielo» —al parecer un lugar mucho mejor que la tierra— me mandaron que
pasara más tiempo con el abuelo, que le hiciera compañía para que no se
sintiera tan solo. Yo siempre fui su preferido, dijeron y, además, era el que
tenía más tiempo libre y menos obligaciones. Así, que a veces me sentaba frente
a él, e intentaba engatusarlo para jugar al dominó o a las cartas de las
familias; otras, le instaba para salir al parque, o para que me llevara al cine
a ver una de vaqueros, que a los dos nos encantaban. El abuelo obedecía
desganado y yo lo sentía cada vez más lejano como la luz de una estrella que se
fuera apagando.
Una tarde, poco antes de
Navidad, al entrar en su dormitorio para avisarle de que la cena ya estaba en
la mesa, lo vi sentado en su butaca, absorto, casi en penumbra, solo iluminado
por la débil luz de una lamparilla de mesa. Miraba fijamente una fotografía de
mi abuela y entre sus manos daba vueltas y vueltas a un pequeño rey de plástico
amarillo. Nunca antes lo había visto, pero lo reconocí enseguida.
Desde entonces me da igual que
me toque o no la figurita del roscón.
María Jesús
Crecimiento
Se aburrían los colores. Rígidamente puestos en fila,
apretados unos contra otros. El cálido naranja junto al fogoso encarnado y a su
lado, siempre serios, el marrón oscuro y el negro.
Se aburrían
los colores entre las dos paredes del estuche viejo, rozándose, desde los pies
redondeados a la afilada cabeza.
El pálido
blanco, junto al bullicioso amarillo y el aburrido rosa. No tenían de qué
hablar, no podían explicar historias. Las anécdotas pequeñitas que les llenaban
la vida, siempre bajo la presión, agradablemente fuerte, de los dedos del
muchacho. Las sacudidas nerviosas, las caídas y las rápidas recogidas en vilo.
No podían comentar el placer de rellenar los huecos del papel, la alegría de
llenar imágenes desconocidas, de dar luz a los dibujos...
No podían
explicarse la apasionante aventura del olvido ―por unas horas o unos días― en
otro estuche diferente.
No, ya no
podían, y miraban de soslayo, con rabia y con envidia, al meticuloso monstruo
de dos patas que se alzaba, cual anquilosada bailarina, girando sobre el papel;
el compás nuevo ―tan frío y engreído― que poseía, para él solo, un acristalado
estuche enmoquetado de azul, y que era, ahora, el dueño de la cálida ilusión de
los dedos del muchacho.
Aquellos
tiernos dedos que habían crecido y huían ya del mundo colorido de la infancia,
aferrando con inocente orgullo el juguete de metal.
María Jesús
Manzanas
A
menudo me pregunto qué hubiera sido del mundo sin manzanas.
Imaginemos
por un momento que lo que le dio Eva a Adán fue un higo chumbo, y que Adán se
pinchó con él y desistió de morderlo. Otro gallo le hubiera cantado a la
humanidad.
Imaginemos
también que la fruta que uso Paris para elegir a la más bella hubiera sido un
melón ¿se hubieran ofendido tanto las otras dos diosas, o se habrían puesto a
reír como locuelas echando a perder la guerra y sus míticas leyendas?
Y
si la fruta a la que disparaba el gran Guillermo hubiera sido un níspero reseco
y peleón ¿Habría llegado su fama hasta nuestros días? Quizá Suiza, huérfana de
su héroe, se tendría que haber espabilado y tomar partido en la historia.
Pensemos
por un momento en que lo que recogió Newton del suelo no fue más que una
cereza. Tal vez, ante tanta pequeñez, no se le hubiera ocurrido otra cosa que
comérsela y lanzar el hueso luego. Con suerte y, el tiempo apropiado, a lo
mejor un cerezo nuevo hubiera ocupado la genial teoría del sabio.
Y,
por último, pero no menos importante ¿Qué hubiera pasado si la cándida
Blancanieves hubiera mordido una naranja? la cual, obviamente, hubiera tenido
que pelar antes de comer y, a poco que la chica se fijara, se habría percatado
de que en aquel olor que despedía la fruta había algo raro y la hubiera tirado
a la basura y ya, nunca jamás, hubiera caído dormida/muerta. Seguramente se
habría quedado de ama y señora de la cabaña, con sus siete hombres pequeños
trabajando para ella en las minas, atentos siempre al menor de sus deseos.
Claro que, el príncipe aburrido y sin tarea, hubiera tenido que emigrar hacia
otras tierras con sus besos despertadores a cuestas.
María Jesús
Finalista en el 21ª edició Premi Relats en femení
del Centre cultural Sagrada Familía
Cuando
todo acabe
Cada mañana, Elvira, al levantarse hace los
suaves estiramientos que le recomendó la doctora. No es que ella tenga mucha fe
en que con esos cuatro movimientos se le vayan a espabilar los huesos, pero por
no mentir cuando va a la consulta de aquella jovencita de ojos grandes y mirada
seria, los hace cada día. Cuando oye el tercer crujido, se detiene, como si
fuera el timbre de un teatro. Hasta aquí, se dice aliviada. Luego va al baño y
se asea, en los últimos tiempos, desde que todo empezó, hasta se pone un poquito
de colonia, de esa fresquita que huele a flores, que le regalaron en la tienda.
Después desayuna, su café con leche, sagrado, se ponga cómo se ponga la de los
ojos grandes, y unas galletas redondas, que tienen avena, o eso dicen, porque
ella se fía poco de los anuncios, también dicen que sirve para el tránsito intestinal, vamos, el ir de cuerpo de toda la vida, sonríe Elvira siempre
que lo lee.
Mientras friega los cuatro
cacharros que ha utilizado, ya empieza a sentirse nerviosa, esa inquietud alegre
de cuando se espera algo bueno e inmediato, y que hace tanto tiempo que no
sentía. Ordena apresuradamente, con manos más torpes de lo habitual, la casa,
aunque, la verdad, en aquel piso diminuto poco espacio hay para el desorden, y,
después ya, liberada del quehacer diario, se acerca ligera a la ventana del
comedor y la abre de par en par, como dándole paso al sol.
Sus ojos parecen agrandarse
intentando captar el mundo exterior, que desde que todo empezó, se encierra en
el edificio de enfrente o, mejor, en el trozo de ese edificio que su mirada
puede abarcar.
Espera impaciente. Sabe que
pronto llegarán los saludos. Sonrisas de la joven que desayuna en su balcón, un
ligero movimiento de cabeza del señor de más abajo… desde arriba los sonidos de
una guitarra tanteando una canción, la niña morenita, más cercana, que mece un
peluche entre sus brazos y le sonríe con su boca mellada… la señora Jacinta, de
esta sí que sabe el nombre porque la conoce de comprar en el mercado, la saluda
agitando el trapo con el que acaba de limpiar la barandilla, como si saludara a
un barquito en alta mar. También sale aquel matrimonio mayor, que andan siempre
con un libro o un diario entre las manos, y le dirigen una mirada amistosa, o
al menos, así la recibe Elvira; poco después aparece el jovencito, bueno quizá
no tan jovencito porque ya fuma, ¡y de buena mañana!, se lamenta la mujer, que
siempre frunce un poco el ceño cuando lo ve, igual que lo haría con su propio
hijo, si la vida le hubiera dado alguno.
La mujer mira inquieta hacia
el edificio de al lado…ah, ahí está, se dice cuando ve aparecer al hombre,
siempre en mangas de camisa, siempre arrastrando los pies con zapatillas y
sosteniendo con firmeza la jaula del pájaro, un canario, le parece a ella que,
aunque entiende poco de aves, distingue el color amarillo en el plumaje del
animal. El hombre mira hacia su ventana, y alza tímidamente una mano a modo de
buenos días, luego cruza los brazos y los apoya en la baranda, se gira, y
parece decirle algo al pajarillo. Elvira piensa, que a juzgar por los trinos
que le llegan, aquel canario tiene más pulmones que oído.
Sonríe para sí, y se maravilla
por enésima vez, de lo que han conseguido en poco tiempo unos aplausos
encadenados de balcón a balcón, han puesto rostro a los edificios anónimos, han
abierto sonrisas, gestos de complicidad entre las personas, que se entienden
sin palabras.
Elvira suspira casi feliz, y
piensa en lo sola que estaba antes, sin saberlo, y se pregunta, con un punto de
tristeza, si cuando todo aquello pase volverá a esa soledad de sus mañanas y
sus tardes, que ahora le parece tan lejana.
María Jesús