Elijo
ser
Elijo
ser…
flor,
árbol,
pétalo,
olor
Elijo
ser…
nube,
horizonte,
agua,
tormenta
Elijo
ser…
arena,
hierba,
pájaro,
fuente
Elijo
ser
color,
palabra,
sonido, aire
¡Luz!
María Jesús
Principios y finales
1931-1939
… un apuesto
joven al que besó en los labios con ternura, y entonces el joven, que no era
otro que el príncipe disfrazado, se convirtió en un hermoso labrador y se puso
a trabajar la tierra; y colorín, colorado este cuento se ha acabado ―terminó la
maestra con una sonrisa.
Aplaudimos
todos con ese entusiasmo que tienen los niños en primavera. La maestra nos
observaba con aquellos ojos claros que parecía que más que mirar, acariciaban.
Sus clases siempre las empezaba con un cuento, decía que así lograba que todos
llegáramos puntuales a la escuela.
Sus historias eran hermosas y diferentes, su
manera de enseñar también. Apenas si regañaba y jamás nos castigaba.
Llevaba poco
más de dos meses en el pueblo. Creo que llegó en aquellos días en que todo
parecía nuevo y brillante, y los mayores se diría que estrenaban vestidos
nuevos, y andaban con prisas, y risueños como si tuvieran muchas cosas que
hacer y fueran todas divertidas e importantes.
La recuerdo allí, serena y sonriente, con la
flamante bandera tricolor a su espalda, sentada ante la vieja mesa de madera
llena de libros y papeles.
Dicen que
también se mantuvo así, serena y sonriente, cuando arrimada a la tapia del
cementerio, los disparos de aquellos hombres vestidos de azul le reventaron el
corazón.
María Jesús
Negocio
nocturno
A fin de cuentas, bien mirado, esto del
insomnio no es tan mala cosa.
Con lo que llevo acumulado por
la venta de la lana de mis ovejas, que cada noche son más, calculo que en un
par de años me podré retirar y vivir de renta.
Luego ya tendré tiempo para
hacer esa cura de sueño de la que tanto me hablan.
María Jesús
1er premio certamen Antonio Machado.
“Palabras prestadas”, 2019
Dibujo
Dibujo
sobre la nieve a un hombre
asomado
a un ventanuco
El
hombre tira piedras,
redondas
y ruidosas,
a un
viejo nido vacío.
El
viento vuela bajo
y
borra,
con
sus alargados dedos,
el
nido, el ventanuco y las piedras,
y solo
deja en el aire
el
blanco ruido al caer
sobre
la sombra de un hombre
enjaulado en un dibujo
María Jesús
El
retrato
Aquel retrato ya estaba allí,
presidiendo el salón, cuando ocupamos el piso, pero a nadie en la familia le
gustaba el aire altivo y malicioso, que despedían los modelos y decidimos
confinarlo en el desván.
El cuadro
representaba a una joven vestida de blanco que sostenía un abanico con una mano
y con la otra se apoyaba en una sombrilla cerrada. Era una mujer guapa y
sonriente, pero algo en su mirada o en su boca, que se curvaba hacia abajo, nos
la hizo antipática enseguida. A su lado, un hombre mayor vestido de uniforme,
tal vez su padre, la observaba con adoración, mientras se tocaba, levemente, un
frondoso bigote cano.
Mi hermana
descubrió, por casualidad, que el retrato ya estaba cuando los antiguos propietarios
compraron la casa, así que supusimos que debía pertenecer a los primeros
moradores.
Tras distintas
averiguaciones, aquí y allá, según mamá:
―Para devolver el
cuadro a su legítimo dueño o herederos, antes de que se lo coma la carcoma.
Nos enteramos de que, efectivamente, el
retrato fue hecho a los primeros dueños de la casa.
La joven del
abanico poseedora, al parecer, de un gran carácter, dejó su país, no pudimos
averiguar cuál, y se enfrentó a la oposición familiar para seguir a su esposo,
un viejo militar ya retirado, el otro modelo de la fotografía.
A pesar de lo que
se pueda pensar, fue una boda por amor. El militar era bastante pobre y la
muchacha se casó muy enamorada y vivió feliz hasta que murió, por causas
naturales, pocos meses después de la boda.
Al parecer, el
viudo se encerró en su dolor y en su casa y colocó el retrato en el salón.
Murió unos años después, también, de muerte natural, sin, claro está,
descendencia. Con lo que el cuadro, técnicamente, nos pertenecía.
Nos dio un poco de
pena la fugacidad de aquella historia de amor, pero como mamá decía:
―Muy triste, muy
triste, pero eso a nosotros ni nos va ni nos viene
Así que el retrato
fue trasladado al desván.
Después de
aquello, nadie supo muy bien que poner en su lugar. Se barajaron varias ideas:
una fotografía ampliada de la familia, dijo mamá. Unas espadas cruzadas,
sugirió mi padre, mi hermana habló de una pintura moderna, la abuela se ofreció
a tejer un tapiz de ganchillo… en fin, que el espacio continuo vacío durante
varios meses.
Durante aquel
tiempo, extraños sucesos entorpecieron nuestra vida.
Desaparecían
documentos que, misteriosamente, reaparecían poco después, cuando ya no eran
necesarios, en los rincones más insospechados.
A veces era un
paraguas, que no había manera de encontrar justo cuando se ponía a llover,
otras era la labor de la abuela, que se perdía durante días y que aparecía,
cuando ya habíamos desistido de buscar, en los lugares más inverosímiles:
detrás de la cisterna del lavabo, dentro de un armario que no se había abierto
en semanas…
Otras veces eran
pequeñas rachas de mala suerte: una tubería rota, una lámpara cuyas bombillas
se fundían insistentemente, el reloj de pared que adelantaba o atrasaba a su
antojo, una torcedura en el pie antes de un viaje…
En el salón, antes
claro y alegre, parecía haberse aposentado una cierta neblina, que le confería
un aire triste y melancólico, incluso en los días en que el sol entraba a
raudales en la habitación.
Nadie decía nada,
pero en un momento u otro todos mirábamos de soslayo el espacio vacío de la
pared.
No nos atrevíamos
a decir lo que pensábamos porque éramos, ante todo, una familia moderna y
racional, pero nuestros nervios andaban un poco maltrechos.
Después de un
verano, especialmente aciago, en que no salíamos de una y ya estábamos en otra,
mamá subió al desván y, con la excusa de que la pared se veía muy desnuda,
volvió a colocar el cuadro en el salón. Pero cuando la ayudaba a colgarlo la oí
murmurar con voz resignada: «Vosotros ganáis».
Casi de inmediato,
el salón empezó a recuperar su aire alegre y, paulatinamente, todo fue
volviendo a la normalidad.
A mí me pareció
que el viejo militar sonreía debajo de su bigote y que, a su joven esposa, se
le borraba la sonrisa maliciosa y le aparecía una mirada divertida y picarona.
Ahora nos hemos
acostumbrado a su presencia. Papá hasta retocó con pintura dorada el marco,
pese a la oposición de la familia, que vivió en vilo los días siguientes, pero
parece que eso les gustó o al menos no les molestó.
Cuando vienen
visitas, para explicar su presencia en un lugar tan privilegiado de la casa,
decimos que son unos antepasados que vivieron una hermosa y desgraciada
historia de amor. Parece que eso les gusta, porque el militar ya ríe
abiertamente y su esposa ha perdido, definitivamente, su aire altivo y su
malicia y, a lo mejor son figuraciones mías, pero creo que si uno se fija bien,
un cierto aire de familia, se empieza a notar entre la pareja del retrato y
nosotros.
María Jesús
La
oficina de las memorias perdidas
Hay un lugar, bastante visitado, por cierto,
que está localizado en una calle sin nombre, medio oculta entre las pequeñas
arterías del casco viejo.
Allí suelen acudir las
personas que, en un momento u otro, han perdido su memoria, bien sea un
pedacito de ella o en su totalidad.
El personal que atiende es muy
amable, pero escaso. Por culpa de los últimos recortes se ha tenido que prescindir
de la mitad de la plantilla; así es que ahora, no hay nadie en información que
te oriente a la hora de rellenar las solicitudes para cursar la petición. Esto
ha supuesto, aparte de más de un robo ―por distracción— de los bolígrafos, que
están allí a disposición de todos, otras cuestiones de mayor envergadura.
Las personas, que no recuerdan
sus datos —por algo están allí claro—, rellenan las instancias con lo que se
les ocurre en el momento y, luego, tan felices, presentan en ventanilla los impresos.
En la oficina los empleados
son eficientes y trabajan bien, por lo que siempre se sale de ella con la
memoria recuperada, aunque, a menudo, esta no se corresponde con la que se
había perdido; sin embargo, hasta el momento, no ha habido ninguna reclamación
con respecto a ello; al contrario, según los últimos datos publicados en el
BOE, las cifras del aburrimiento vital han caído en picado.
María Jesús