jueves, 28 de abril de 2022

 




Eduardito

 

Se celebraba el cumpleaños de la abuela, doña Virtudes, una mujer seca y puntiaguda que pinchaba hasta de lejos. Eduardito, el nieto único y favorito, iba desmenuzando con sus deditos, tiernos y sonrosados, su porción de pastel, luego se la llevaba a la boca y mantenía esta bien cerrada mientras masticaba lentamente, tal y como le habían enseñado que debía hacerse; entretanto, el resto de  la familia: abuela, hijo, nuera, sobrina, sobrino conversaban sobre temas de gran calibre: el tiempo, lo que faltaba para vacaciones, lo insípida que era ahora la fruta, lo alto que está el niño, lo menguada que está la abuela (esto por lo bajini y con disimulo) otra vez el tiempo… y así iban pasando la tarde.

No era una familia muy original. Lindaban con la clase media bis, aunque el hijo y la nuera, padres de Eduardito, empezaban a rozar con sus sudores perfumados y su talante emprendedor la media alta, lo que les llenaba de orgullo y satisfacción, y unas generosas ganas de gritarlo, con buena dicción, a los cuatro vientos (o parientes). La consulta dental iba viento en popa a todo implante.

La sobrina y el sobrino, sin embargo, aparte de ser hermanos, eran hijos de la única y difunta hermana de doña Virtudes y, por tanto, primos del hijo de la susodicha; andaban ambos rayando la clase media baja; en el caso concreto de la sobrina, había descendido a la bajísima porque, con la llegada de la crisis y el divorcio, en este rigurosísimo orden de aparición en su vida, había entregado su dúplex al banco y se había tenido que emplear de dependienta en un supermercado, de aquellos que compensaban los cuantiosos metros cuadrados de su superficie, con las escurridas nóminas de sus trabajadores.

El sobrino, un funcionario de correos, se mantenía haciendo equilibrios sobre el borde recortado de su sueldo.

La abuela, doña Virtudes, vivía de su plácida pensión.

No se podría decir, sin faltar a la verdad, que en aquella reunión hubiera gran sintonía.

Era una celebración de obligada asistencia, porque la familia siempre es la familia mientras no se demuestre lo contrario, y hay que estar a las duras y a las maduras, es decir: bautizos, bodas, cumpleaños, enfermedades y funerales y, por supuesto, en Navidades.

En lo único que aquellos cinco adultos estaban de acuerdo era en que Eduardito era una ricura. Pelo rubio y ojos zarcos, mofletes sonrosados y mella recién estrenada, ofrecían la imagen del niño ideal. Además, Eduardito era callado, sonreía a menudo, era obediente, daba besos cuando alguien se los pedían y nunca lloraba…. una ricura de niño.

Para la abuela, doña Virtudes, aquel nieto era el premio que Dios le había concedido por aguantar a aquella nuera, roba hijos y antipática, que se le había cruzado en el camino. Para el hijo, Eduardito representaba, además de una dentadura a vigilar, aquel ser que andando el tiempo estudiaría odontología y heredaría su consulta. Para su madre, Eduardito, era el fruto secreto de un amor más secreto aún. Para los sobrinos, ambos sin hijos y ya mayorcitos, aquel querubín significaba el báculo en el que se apoyarían en la vejez o, al menos, la cuenta corriente que los sostendría llegado el momento y, que les permitiría una buena o mediana residencia.

Así que todos querían mucho, pero mucho, a Eduardito.

El niño, después de comer su porción de pastel, se aburrió de escuchar hablar del tiempo, del reúma y de lo sosas que están las manzanas y pidió permiso para salir a la terraza a jugar con sus juguetes.

Su familia, sonriente, lo contemplaba desde el sofá del comedor. El niño dejó a un lado su bólido de plástico, su caballo de colorines y su pelota de goma, y centró su atención en una procesión de hormigas que se dirigían, ajenas a celebraciones y cumpleaños, pero fieles al deber con su familia, al hormiguero situado entre dos baldosas abiertas.

Eduardito apartó a cinco de ellas y les puso nombre: abuela, mamá, papá, tito y tita y, luego, sin perder la dulce sonrisa mellada, las fue aplastando una por una con sus tiernos y sonrosados deditos.

                                                                                                    María Jesús

 

 

 

 

jueves, 21 de abril de 2022

 




Elijo ser

 

Elijo ser…

flor, árbol,

pétalo, olor

 

Elijo ser…

nube, horizonte,

agua, tormenta

 

Elijo ser…

arena, hierba,

pájaro, fuente

 

Elijo ser

color, palabra,

sonido, aire 

¡Luz!

                                          María Jesús

 

 

 

jueves, 14 de abril de 2022

 


Principios y finales

1931-1939

 

… un apuesto joven al que besó en los labios con ternura, y entonces el joven, que no era otro que el príncipe disfrazado, se convirtió en un hermoso labrador y se puso a trabajar la tierra; y colorín, colorado este cuento se ha acabado ―terminó la maestra con una sonrisa.

Aplaudimos todos con ese entusiasmo que tienen los niños en primavera. La maestra nos observaba con aquellos ojos claros que parecía que más que mirar, acariciaban. Sus clases siempre las empezaba con un cuento, decía que así lograba que todos llegáramos puntuales a la escuela.

 Sus historias eran hermosas y diferentes, su manera de enseñar también. Apenas si regañaba y jamás nos castigaba.

Llevaba poco más de dos meses en el pueblo. Creo que llegó en aquellos días en que todo parecía nuevo y brillante, y los mayores se diría que estrenaban vestidos nuevos, y andaban con prisas, y risueños como si tuvieran muchas cosas que hacer y fueran todas divertidas e importantes.

  La recuerdo allí, serena y sonriente, con la flamante bandera tricolor a su espalda, sentada ante la vieja mesa de madera llena de libros y papeles.

Dicen que también se mantuvo así, serena y sonriente, cuando arrimada a la tapia del cementerio, los disparos de aquellos hombres vestidos de azul le reventaron el corazón.

María Jesús

 

 

jueves, 7 de abril de 2022

 


Lágrimas...

 

albaceas del dolor,

diseño, molde

continente alado

 

Lágrimas...

invisible surco

etéreo de la sal

húmeda huida

 

Lágrimas...

lluvia del alma,

estrellas de mar

heridas

                                              María Jesús

 

 

jueves, 31 de marzo de 2022

 


Negocio nocturno

 

A fin de cuentas, bien mirado, esto del insomnio no es tan mala cosa.

Con lo que llevo acumulado por la venta de la lana de mis ovejas, que cada noche son más, calculo que en un par de años me podré retirar y vivir de renta.

Luego ya tendré tiempo para hacer esa cura de sueño de la que tanto me hablan.

María Jesús

 

sábado, 26 de marzo de 2022

 



1er premio certamen Antonio Machado.

“Palabras prestadas”, 2019

 

Dibujo

Dibujo sobre la nieve a un hombre

asomado a un ventanuco

El hombre tira piedras,

redondas y ruidosas,

a un viejo nido vacío.

El viento vuela bajo

y borra,

con sus alargados dedos,

el nido, el ventanuco y las piedras,

y solo deja en el aire

el blanco ruido al caer

sobre la sombra de un hombre

enjaulado en un dibujo

                                                      María Jesús

sábado, 19 de marzo de 2022

 


El retrato

  

Aquel retrato ya estaba allí, presidiendo el salón, cuando ocupamos el piso, pero a nadie en la familia le gustaba el aire altivo y malicioso, que despedían los modelos y decidimos confinarlo en el desván.

   El cuadro representaba a una joven vestida de blanco que sostenía un abanico con una mano y con la otra se apoyaba en una sombrilla cerrada. Era una mujer guapa y sonriente, pero algo en su mirada o en su boca, que se curvaba hacia abajo, nos la hizo antipática enseguida. A su lado, un hombre mayor vestido de uniforme, tal vez su padre, la observaba con adoración, mientras se tocaba, levemente, un frondoso bigote cano.

   Mi hermana descubrió, por casualidad, que el retrato ya estaba cuando los antiguos propietarios compraron la casa, así que supusimos que debía pertenecer a los primeros moradores.

   Tras distintas averiguaciones, aquí y allá, según mamá:

    ―Para devolver el cuadro a su legítimo dueño o herederos, antes de que se lo coma la carcoma.

    Nos enteramos de que, efectivamente, el retrato fue hecho a los primeros dueños de la casa.

    La joven del abanico poseedora, al parecer, de un gran carácter, dejó su país, no pudimos averiguar cuál, y se enfrentó a la oposición familiar para seguir a su esposo, un viejo militar ya retirado, el otro modelo de la fotografía.

   A pesar de lo que se pueda pensar, fue una boda por amor. El militar era bastante pobre y la muchacha se casó muy enamorada y vivió feliz hasta que murió, por causas naturales, pocos meses después de la boda.

    Al parecer, el viudo se encerró en su dolor y en su casa y colocó el retrato en el salón. Murió unos años después, también, de muerte natural, sin, claro está, descendencia. Con lo que el cuadro, técnicamente, nos pertenecía.

   Nos dio un poco de pena la fugacidad de aquella historia de amor, pero como mamá decía:

   ―Muy triste, muy triste, pero eso a nosotros ni nos va ni nos viene

   Así que el retrato fue trasladado al desván.

   Después de aquello, nadie supo muy bien que poner en su lugar. Se barajaron varias ideas: una fotografía ampliada de la familia, dijo mamá. Unas espadas cruzadas, sugirió mi padre, mi hermana habló de una pintura moderna, la abuela se ofreció a tejer un tapiz de ganchillo… en fin, que el espacio continuo vacío durante varios meses.

   Durante aquel tiempo, extraños sucesos entorpecieron nuestra vida.

   Desaparecían documentos que, misteriosamente, reaparecían poco después, cuando ya no eran necesarios, en los rincones más insospechados.

   A veces era un paraguas, que no había manera de encontrar justo cuando se ponía a llover, otras era la labor de la abuela, que se perdía durante días y que aparecía, cuando ya habíamos desistido de buscar, en los lugares más inverosímiles: detrás de la cisterna del lavabo, dentro de un armario que no se había abierto en semanas…

   Otras veces eran pequeñas rachas de mala suerte: una tubería rota, una lámpara cuyas bombillas se fundían insistentemente, el reloj de pared que adelantaba o atrasaba a su antojo, una torcedura en el pie antes de un viaje…

   En el salón, antes claro y alegre, parecía haberse aposentado una cierta neblina, que le confería un aire triste y melancólico, incluso en los días en que el sol entraba a raudales en la habitación.

   Nadie decía nada, pero en un momento u otro todos mirábamos de soslayo el espacio vacío de la pared.

   No nos atrevíamos a decir lo que pensábamos porque éramos, ante todo, una familia moderna y racional, pero nuestros nervios andaban un poco maltrechos.

   Después de un verano, especialmente aciago, en que no salíamos de una y ya estábamos en otra, mamá subió al desván y, con la excusa de que la pared se veía muy desnuda, volvió a colocar el cuadro en el salón. Pero cuando la ayudaba a colgarlo la oí murmurar con voz resignada: «Vosotros ganáis».

   Casi de inmediato, el salón empezó a recuperar su aire alegre y, paulatinamente, todo fue volviendo a la normalidad.

   A mí me pareció que el viejo militar sonreía debajo de su bigote y que, a su joven esposa, se le borraba la sonrisa maliciosa y le aparecía una mirada divertida y picarona.

   Ahora nos hemos acostumbrado a su presencia. Papá hasta retocó con pintura dorada el marco, pese a la oposición de la familia, que vivió en vilo los días siguientes, pero parece que eso les gustó o al menos no les molestó.

   Cuando vienen visitas, para explicar su presencia en un lugar tan privilegiado de la casa, decimos que son unos antepasados que vivieron una hermosa y desgraciada historia de amor. Parece que eso les gusta, porque el militar ya ríe abiertamente y su esposa ha perdido, definitivamente, su aire altivo y su malicia y, a lo mejor son figuraciones mías, pero creo que si uno se fija bien, un cierto aire de familia, se empieza a notar entre la pareja del retrato y nosotros.

María Jesús