Amanecer
Hunde
el sol
sus
amarillos dedos
—afilados
pinceles
de
terciopelo dorado—
en el
mar azul cobalto
y, lentamente,
da
brillo
al
desgastado lienzo
rojo,
marrón y verde,
de la
tierra
María
Jesús
De
la invención de los cuentos
Al
anochecer se reunían todos alrededor de la hoguera, dentro de la cueva de
piedra gris, decorada con pinturas de caza y animales. Una mujer, que era vieja
y arrugada, valiéndose de señas y muecas, con una voz, sarmentosa y profunda,
explicaba historias. Cuentos, mentiras que una vez fueron verdad.
Sus
palabras, sin idioma, llegaban a cada miembro de su tribu e, igual que las
pequeñas chispas que saltaban de la lumbre, iluminaban las mentes de aquellos
que la escuchaban sin perder ni uno solo de sus movimientos. Sonido, gesto y
mueca se iban deshaciendo entre el espacio y el tiempo.
Aquellos
seres lo ignoraban, pero algunas de aquellas imágenes, alguno de aquellos
sonidos, germinaban en un incierto lugar, entre su corazón y su cabeza, como
semillas invisibles destinadas a dar luz a la humanidad.
María Jesús
He ahí la muerte, un
residuo azulado…
A veces las líneas de la muerte se entrelazan
de manera similar a como lo hacen las líneas de la vida.
Nuestro profesor de filosofía
solía repetirnos este pensamiento, y de tal manera debió de quedar grabado en
mi mente que, ahora, muchos años después, en este instante en que mis pies
vacilan al borde del abismo de la muerte, vuelve a mí.
Don Marcos Morató se sentaba
en el filo de la pesada mesa de madera del aula, donde impartía aquella
asignatura de bachillerato, nos miraba a todos por encima de sus gafas de leve
montura y, después de soltarnos la máxima anterior, pasaba a relatarnos la
muerte paralela de dos personas tan distintas como la de un poeta burgués,
medio judío y alemán, y la de un obrero de una fábrica, latino, católico y de
procedencia rural. El poeta era más que culto, el obrero era por completo
analfabeto. El poeta era hijo único, el obrero era el quinto de ocho hermanos.
Se llamaba Tomás —el apellido no importaba— como tampoco importaba el nombre de
pila de aquel poeta alemán, cuyo apellido era Rilke.
Aquellos dos seres nunca
coincidieron en su vida, se ignoraban absolutamente y, sin embargo, la muerte
utilizó similar rúbrica para acabar con sus vidas en el mismo instante.
El poeta cortaba rosas para hacerle
un ramo a una mujer y se pinchó con la espina de una de ellas. Es cierto que su
salud nunca fue muy buena, pero el simple y frágil pinchazo de la espina de una
rosa aceleró el proceso de su marcha. A su muerte se la llamó septicemia.
El obrero volvía de trabajar
de la fábrica, y esperaba pacientemente el tranvía; cuando éste llegó, bajó de
él una señorita con unos bonitos zapatos de estilizado tacón, el hombre,
caballeroso, la ayudó a bajar. Uno de los tacones de la mujer se clavó—con la
misma precisión que un estilete afilado— en su pie derecho, apenas si cubierto
por una vieja alpargata de algodón. Tomás era robusto y nunca había estado
enfermo, pero aquella herida, en la que apenas reparó al principio, fue
creciendo en profundidad y dolor como un amor despechado; en aquel tiempo no
había penicilina, y si la hubiera habido quizá tampoco hubiera estado a su
alcance, el caso es que Tomás se fue. A su muerte la llamaron gangrena.
Ambos hombres fallecieron
aquel mismo año 26, la fría madrugada de un veintinueve de diciembre. Uno dejó
un hermoso legado literario, el otro, una viuda y un hijo pequeño: «Mi padre»,
confesaba el profesor con voz neutra, y luego comentaba que en aquello se
encerraba, como pequeños copos de falsa nieve en una transparente bola de
cristal, los más variados conceptos: las clases sociales, la poesía de las
cosas sencillas, el azar… incluso, decía él, la relatividad del espacio y el
tiempo.
Y, mientras se ajustaba los
frágiles lentes y expandía su mirada alrededor de la clase, don Marcos Morató,
afirmaba que, en aquella extraña coincidencia, se encontraba la única verdad
incuestionable que tiene la existencia: la muerte.
María Jesús
Receta
para pintar un cuadro
Lienzo
de Montserrat González García
Se toma un pincel fino y una docena y media de
colores surtidos que irán del blanco al negro pasando por el gris marengo y el
azul cobalto, sin olvidar una pizca de rosa palo y de amarillo limón;
seguidamente sacamos el lienzo impoluto, que previamente habremos horneado bien
por los dos lados, y comenzamos la labor de hilar colores con figuras.
Necesitaremos buen pulso para aliñar las líneas y rellenar los espacios,
tampoco nos iría mal un cuarto y mitad de paciencia.
Una vez colado el dibujo, lo
dejaremos secar y, posteriormente, lo caramelizaremos con un toque personal de
vainilla, canela o hierbabuena.
Esta receta admite múltiples
combinaciones tanto de colores, como de imágenes e, incluso, se podría, si se
quiere, prescindir de los colores y el pincel y, elaborarlo con carboncillo,
del tipo duro y fino, o con acuarelas de las que vienen en esas cajas de lata,
bien cortadas en tajaditas cuadradas.
Si lo que nos apetece es algo
dulce, nada como decantarnos por el pastel. Bien batidos sus colores suaves y,
con un pensamiento de polvillo de azúcar, para que queden bien glaseados.
Siempre podremos rectificar de dulce añadiéndole un pellizco de pimienta en
grano o canela en rama. Con esta especialidad, es menester un poco más de tino
y pulso, pero el resultado es espléndido.
En cualquiera de los casos, no
olvidemos usar un buen caballete en parrilla para sujetar con firmeza el
lienzo, y ponernos un blusón de un naranja afrancesado. La gorra de terciopelo
negro, es opcional.
Y ya podemos crear nuestra
obra de arte.
María Jesús
El
barco
El barco extiende sus alas albas
y enfila rumbo hacia la isla lejana
—de cal y arena—
surca largas montañas
—ocre y morado—
y se desliza, ligero, por el cielo
—sendero violeta y grana—
con que se viste la tarde
vuela por los blandos mares
de añil ceniza y turquesa
se desliza sobre el verde
—acastañado del aire—
y, más tarde,
traspasa el intacto malva
de la aurora.
y arriba cierto,
salado y claro,
a la solitaria isla,
—de cal y arena—
María Jesús
Receta
para un día de Navidad
Fotografía:
Landsmann
Se cogen cinco o seis villancicos y se amasan
bien con un poco de musgo y un pensamiento de muérdago; seguidamente apartamos
un poco de frío, si es helado mejor, y lo escarchamos con azúcar y anís. Dejamos
reposar por separado, y en un molde aparte, echamos la alegría y la tristeza,
un poquito de nostalgia y bastante emoción, de esa de calidad superior que
guardamos para las grandes ocasiones.
Añadimos la sonrisa ilusionada
de un niño y la mirada añorada de una abuela, más un retazo de zambomba y unas
gotas de pandereta.
Lo confitamos todo junto y
bañamos el portal, cuanto más humilde, mejor; agregamos a la masa, alguna
estrella de algodón dulce, un par de pastorcillos de chocolate laminado y un
buen puñado de almendras, higos, pasas y avellanas, todo bien cortadito en
juliana.
Lo dejamos cocer al horno de
la buena voluntad, y lo repartimos entre todos los seres de la tierra.
Según gustos, se le puede
añadir unos gramitos de nieve azulona o unos gajos de sol calabaza.
Y, a disfrutar de un buen día
de Navidad.
María Jesús