Otras
formas de crear
Me
trago de un suspiro el cielo
y doy
a luz las estrellas
Seco
con una sonrisa el mar
y
amanecen caracolas
Siembro
con mi corazón la tierra
y
brotan las amapolas
Me
embriago con tu risa
y
concibo el paraíso
María Jesús
Mala
fama
En la galaxia nos miran mal. Tenemos mala fama.
Nos consideran el lumpen del universo. Quizá sea por esa costumbre de hablar a
gritos y de resolver los problemas a tortazos; tal vez por esa manía de marcar
el territorio o quizá por esa inquietud continua que hace que estemos siempre
en movimiento sin movernos de lugar.
Hemos dominado nuestro amor
por los bananos, y nos hemos acostumbrado a mantener nuestras vergüenzas bien
tapadas, aunque aún temblamos perceptiblemente cuando un árbol de ramas recias
y frondosa hojarasca se cruza en nuestro camino.
María Jesús
Vamos
a comprar un poeta, Afonso Cruz
Reseña
Es una novela de muy pocas
páginas, escrita en pequeños capítulos, que nos sitúa en una sociedad
distópica, ma non troppo, porque podemos tenerla a la vuelta de la esquina,
incluso diría que en algunas familias y sociedades ya está instaurada.
La voz narradora es la de la hija
adolescente de una familia de las de manual: padre, madre, hijo e hija, que
vive perfectamente anclada en ese mundo donde todo tiene un precio y está
patrocinado por una marca.
Un buen día, a petición de la
niña, y porque ensucia menos que un pintor y debe de hacer, sin duda, menos
ruido que un músico, deciden comprar un poeta (los artistas y el arte son, en
ese mundo, como mascotas improductivas, pero que pueden aportar pedigrí al hogar
con esas tonterías suyas)
Evidentemente, pasa lo que
todos estáis pensando, del roce cotidiano con el poeta y sus versos, la familia
no sale indemne.
Esparcidos por las páginas del
libro encontraremos hermosos versos, cuya autoría pertenece a diversos autores:
Elliot, Szymborska, Teresa de Jesús o Whitman, por poner algunos ejemplos.
Una pequeña joya con un
afilado estilete crítico, no exento de humor, que se clava con aguda
sensibilidad en un mundo cada vez más cercano, y que me ha recordado esa imprescindible
canción de mi añorado Aute: “La belleza”.
«Dicen que es bueno
intercambiar afectos, une a las personas y crea una especie de beneficio que,
pese a no ser de calidad, puesto que no es material ni puede reducirse a cifras
ni deducirse en los impuestos ni generar ingresos, hay quienes creen, es una
cuestión de fe, que pueden aportar dividendos.»
«Mi hermano es
exponencialmente tonto. Calza un cuarenta y cuatro y tiene granos, entre
treinta y cuarenta en cada mejilla…»
«Mi madre alisó las sábanas, patrocinada
por una empresa de frutas y verduras…»
«―¿Hay algo que debamos saber
sobre el cuidado de estos ejemplares (los poetas)? —pregunté yo.
―Para tenerlo entretenido,
cómprele libretas con hojas en blanco y bolígrafos. También pueden adquirir
algunos libros. Los tenemos de distintas marcas.»
Cruz, Afonso, Vamos a comprar un poeta. Libros del Asteroide 2025. Traducción Rita da Costa
María Jesús
Qué pequeño es el mundo
A
aquella isla no había llegado aún el invento de la rueda. Sus habitantes
permanecían tranquilos. Sin ansías de descubrir nuevos mundos, sin saber
siquiera que podían existir. Cada persona vivía en el mismo lugar en el que
había nacido, como mucho visitaban los pueblos —nunca demasiado lejanos— a lo
que sus pies, sus pollinos o caballos, los que los tenían, podían alcanzar.
Aquel mundo tan pequeño
acababa siempre frente al mar o frente a un río.
Sus
habitantes se limitaban a levantarse por las mañanas, acudir a sus tareas, cada
uno a la suya, cuando la finalizaban, disfrutaban del paisaje, de las playas, o
se detenían a admirar las flores o los árboles; reconocían a los pájaros por su
canto y, no les costaba nada entablar conversación con cualquiera, si no hay
prisa el tiempo da para todo. No conocían la aceleración que un objeto redondo
y con rieles podía causar.
A
menudo, cuando se reunían para alguna celebración y, el vino corría más de la
cuenta y soltaba la lengua a las reflexiones, pensaban si serían los solitarios
habitantes del mundo o si su isla sería la única en el universo entero. Se
decía que intrépidos navegantes habían encontrado otros pueblos y otras tierras
pobladas, pero nadie hacía mucho caso de esos rumores. Ninguna persona había
vuelto jamás para demostrarles que había otros mundos más allá de su isla.
Algunas
noches de luna llena, alguien, con más inquietud que otros, había mirado el
circulo de la luna y lo había reseguido con un dedo alzado en el aire y, por un
segundo, un veloz destello de conocimiento, le había iluminado, dejándolo con
la extraña sensación de que algo se le escapaba; pero aquello duraba lo que
dura un suspiro y, pronto, todo volvía a la apacible realidad de su mundo sin
prisas.
María Jesús
Semillas
de colores
Hay un
parque, aquí en mi barrio, no muy grande, repleto de viejos bancos de madera
color chocolate y de varios árboles sin nombre, cansados de dar sombra para
nadie.
No
es un parque muy diferente de otros: algunas papeleras desteñidas, excrementos
de perro por recoger, parejas jóvenes embobadas y parejas mayores aburridas,
abuelos con mucho tiempo libre, madres apresuradas que conducen cochecitos,
niños sueltos… un parque muy de estar por casa, muy de ciudad; sin embargo, algo
lo diferencia de los demás. Medio escondido entre un par de plátanos
taciturnos, se halla un diminuto quiosco. Lo regenta una mujer de edad
imprecisa, que siempre lleva mitones, negros de lana en invierno, de blanco
encaje en verano. La mujer se viste con colores alegres y lleva un sombrero
grande, de paja dorada, adornado con una cinta celeste.
Nadie
sabe su nombre, es la señora del quiosco, sin más, como si fuera la esposa del
trotinado cuartillo de madera desde donde ve pasar la vida. Allí vende pipas,
caramelos de melote, dulces variados, palomitas, algún tebeo barato y también
juguetitos de plástico, de esos de colores chillones que duran lo que dura la
ilusión del niño que los compra.
Pero
lo que más demanda tiene en ese quiosco son las semillas de los sueños, unos
sobrecitos de colores: azules, blancos, rojos, violetas… que compramos los del
barrio cuando la realidad toca fondo y necesitamos sueños extras, nuevos y
hermosos, para seguir adelante.
Allí
hay semillas para todas las necesidades. Desde la blanca para el niño que ha
suspendido los exámenes, hasta la marrón para la mujer que se ha quedado sin
trabajo o la violeta para la que trabaja demasiado, la rosada para el enfermo
de amor, la gris perla para el solitario… el procedimiento no requiere mucho
esfuerzo. Llegas ante la mujer del quiosco, le pides un sobrecito de semillas
―entran tres o cuatro en cada sobre—, pagas la voluntad, nunca más de uno o dos
euros, y luego te sientas en uno de los bancos, te comes las semillas,
masticándolas lentamente y, casi de inmediato, la realidad se difumina y
empiezas a vivir tu sueño. Suele durar una hora, poco más o menos, pero es
suficiente para recuperar la sonrisa y volver a pisar con fuerza la realidad
que nos ha tocado.
Por
una ley no escrita, todos los que visitamos el quiosco y compramos esas
semillas, guardamos sagrado silencio. No queremos que corra la voz y vengan de
otros barrios a dejarnos sin nuestra necesaria ración de sueños.
María Jesús
Receta
para decirle adiós al verano
Se toma un buen pedazo de mar, cuanto más azul
y salado, mejor, y se bate bien con unas cuantas nubes a punto de nieve;
buscamos algunas puntas de sol sobrantes, que estén aún frescas, les damos una
bonita forma, y con cuidado de no quemarnos, las echamos de una en una;
seguidamente añadimos harina de estrellas fugaces, que previamente habremos
reservado en las medianías de agosto, y espolvoreamos con alegría.
Aparte, vamos recalentando
pedacitos de aire bien mezclados con suspiros y aleteos de abanicos, y le
añadimos un chorrito de música verbenera, la de habaneras al ron también puede
ser un buen sustituto. Con garbo y salero, tamizamos con aroma de jazmín y
pétalos de geranios, de manera que quede un bonito dibujo, lo más centrado
posible. Con todo en su punto, amasamos bien la nostalgia de algún atardecer dorado,
lo unimos a la manteca suave y rosada de las auroras, y lo añadimos lentamente.
Es opcional aderezar con un aleteo de gaviota
o un trino de golondrina, pero si se opta por ello, mejor en pequeñas
cantidades.
Se deja enfriar lo suficiente
para que nos quepa en la alacena de los recuerdos, y… pasamos al otoño.
María Jesús
August
Reseña
Escribir bien, como sabemos todos los que
de una forma u otra nos dedicamos a esto, no es fácil. Escribir muy bien, solo
está al alcance de unos pocos, pero escribir muy bien y que además parezca
sencillo y cercano, es ya algo casi milagroso. Este librito de apenas cincuenta
páginas es una lectura muy especial, creo que fue escrita en algún momento en
el que la conjunción de planetas —no sé si además con un eclipse solar de por
medio― fue perfecta.
La historia, escrita en
tercera persona, nos explica la vida de August, un conductor de autobuses viudo
y a punto de jubilarse que lleva a un puñado de turistas de Praga a Berlín.
August es un hombre sencillo,
amable, no demasiado inteligente, que es más o menos feliz con su existencia.
Durante el trayecto se va desgranando su historia. Huérfano de guerra en la
Prusia oriental de la Segunda Guerra Mundial, y aquejado de un problema
pulmonar, es ingresado en un sanatorio donde conoce el amor, un amor platónico
por una muchacha mayor que él. Nos explica de refilón su posterior paso por un
orfanato, la plácida, pero nada apasionada relación con su mujer, su anodina
vida cotidiana…
La historia maneja, con la
misma soltura y acierto que las abuelas de antes manejaban las agujas de hacer ganchillo,
el pasado mezclado con el presente, de manera que en sesenta páginas escasas tenemos
una historia que nos llena como si fuera una saga completa.
A mí este personaje, salvando
las distancias que son muchas y grandes, me recuerda al personaje que Chejov
describió tan magistralmente en “La tristeza”, quizá porque esta historia es
también una historia triste, pero como si lo fuera a su pesar, como si no se
quisiera hacer alarde de esa tristeza.
Dicen que su autora Christa
Wolf, la concibió poco antes de su muerte para regalársela a su esposo,
Gerhard, en el sexagésimo aniversario de boda, intentando verter en ella algo
de su propia infancia. Solo puedo decir que recibir un regalo así, te debe de
hacer sentir el más afortunado de los mortales, un elegido de los dioses,
diosas, en este caso.
Wolf, Christa, August,
ed.Libros del Asteroide 2026. Traducción Marina Bornas
5
julio
Carol, mi dulce compañera de curro, está
buscando piso. Por fin ha decidido irse a vivir con su novio de toda la vida, o
al menos, de los últimos tres años. Al parecer, Ferran, el novio, ha conseguido
plaza en un colegio —es profesor de gimnasia—, y ahora ya con dos sueldos casi
seguros, se han lanzado al despiadado mundo de la vivienda. Cada día nos trae
una novedad y nos tiene al día de sus cuitas y aventuras inmobiliarias. Ayer
mismo encontraron un piso, «ideal parejas», decía el anuncio. Treinta metros
cuadrados, sin contar el alféizar de la ventana del comedor y el del
dormitorio. La señora Sandina, que andaba por allí sacando el polvo, le dijo:
«Será para parejas que se quieran mucho. De esas que están todo el día
enganchadas y ocupan poco sitio». Carol, que suele vivir en un mundo ideal de
gatitos y magdalenas de colores, no tiene demasiado criterio inmobiliario y
anda dando bandazos, aunque eso sí, ella una vez metida en harina, no
desfallece. Ha visto ya desde pisos de cien metros cuadrados con tres baños y
un dormitorio, que, ya le dije yo, que ese, además de caro, —les pedían 1300
euros—, iba a estar reservado para el colectivo de personas con incontinencia o
el de diarrea crónica, o ambos, pero que seguro que estaba pillado. Y no me
equivoqué. Cuando llegaron allí, aunque solo hacía dos días que habían colgado
el anuncio, ya estaba ocupado por una pareja. Hoy van a visitar uno de sesenta
metros cuadrados, pero sin baño. Solo
piden por él 900 euros más gastos de escalera, que serán leves porque no hay
ascensor. Elena, que hoy también estaba con nosotras, y está más curtida en
estas batallas, le ha dicho que no lo dejen escapar, que es una ganga. Yo le he
preguntado por la menudencia del baño inexistente, pero Elena, muy segura, ha
dicho: «Se lavan en la pica de la cocina y para lo otro, venden orinales».
Cuando he llegado a mi humilde morada, me han
dado ganas de besar el suelo, pero he encontrado un charquito de pipí de Nicolás,
que todavía está en proceso de aprendizaje, y he desistido.
Diario de una mujer del extrarradio. Pérez
Barrios, María Jesús, Edit. Círculo Rojo, 2024.
De venta en Amazon, Libros. CC, Buscalibre, El
Corte inglés, FNAC, La Casa del libro…
#Diariodeunamujerdelextrarradio
#CirculoRojo
#Narrativa
Fotografía: Guy Dwelly
Sin
venir a cuento
Aquel martes de agosto de 2022 amaneció, en la
fabril y ajetreada ciudad de Manchester, igual que los demás días del verano,
pero solo en apariencia, porque, sin venir a cuento, el tiempo había decidido caminar
hacia atrás a una velocidad de vértigo. Ya a la hora del desayuno, la cola para
calentar el agua del té en los hornillos de carbón, traspasaba los límites del
lugar; poco después, las parrillas de hierro doraban piernas de jabalíes o
espaldas de ciervos, a troche y moche; y un poco más tarde, casi a la hora del
té, de las cuevas pareadas salían vivas llamaradas de hogueras recién
encendidas.
La antigua ciudad, sin comerlo
ni beberlo, se acercaba peligrosamente al tiempo de los velociraptores.
María Jesús
Mi
planta de naranja lima, José Mauro de Vasconcelos
Reseña
Confieso que me faltan calificativos para
explicar este libro, esta joya que, aunque lleva años entrando por los ojos del
corazón de los lectores, hasta ahora no había llegado a mí. Si digo que es
dura, durísima, y delicadamente tierna; si digo que es tristísima, hasta el
punto que es aconsejable leerla en algún lugar apartado, porque por momentos,
el llanto nos puede vencer, si digo que es divertida, si digo que es poética,
original y clásica a un tiempo… bueno, pues aún me quedaré corta.
Desde la voz infantil de un
niño de cinco años, que de mayor quiere ser poeta, y que vive en los arrabales
de algún lugar del Brasil a mediados del siglo pasado, nos llega su historia y
la de la gente que lo rodea. Zezé es uno de esos personajes tocados por la
varita de los dioses que de tarde en tarde sonríen a los escritores, y que
entra en nuestras vidas para no salir nunca más de ellas. Su vida podría
parecerse a la de algunos niños dickensianos, porque la injusticia social, el
dolor, la infancia dejada de la mano de Dios, es la misma en todas partes,
pero, ¡Ay, todo es más dulce si lo toca el sol del sur y no la niebla del norte!,
y eso, amigos, es una trampa porque parece más fácil de digerir, algo así como si
la injusticia y el maltrato, se vistieran con los colores cálidos del Brasil,
pero contuviera tanta dureza como cualquier otra. A veces el olor de la rosa,
disimula sus espinas. Y, a veces, también, la ternura cambia vidas.
En fin, yo aconsejo su lectura
encarecidamente, porque hay veces, algunas, en que la literatura es capaz de
sembrar y esparcir sus historias por la superficialidad y la indiferencia de la
tierra yerma de este mundo y de nuestros corazones, y hacer crecer en ellos una
planta de naranja lima.
Vasconcelos, José Mauro. Mi planta de naranja
lima. Editorial Libros del Asteroide (2011) Traductor: Carlos Manzano
Una
mosca peculiar
Quizá porque vio su primera luz en un oscuro
rincón de una vieja y nutrida biblioteca, la mosca era culta e inteligente, y
supo aprovechar bien su limitado tiempo de vida.
En los escasos veinte días que
duró su existencia, desdeñó el volar muy lejos o zascandilear de aquí para allá
como sus otras congéneres y, solo se posó sobre los libros de poesía que
encontró abiertos y, alguna vez, sobre el lomo dulce de un par de gatos que
dormitaban por allí.
Creo que un atardecer también
se paseó por los pétalos de una rosa encarnada que crecía en el jardín.
Jamás sobre un ser humano.
María Jesús
La cereza
La
cereza, vestida de charol verde,
nace
menuda
y redonda
en una
primavera malva
La
cereza, vestida de charol rojo,
se
despereza y crece
mecida
al sol y al aire tibio
de una
primavera lila
La
cereza, vestida de charol negro
se
balancea y cae
airosamente
y sin prisa
en el
tapete de fina hierba…
muerte
violeta,
que
solo el cerezo siente.
María
Jesús
El
fin del mundo
Aunque son muchos los que creen que no existe,
están equivocados.
El fin del mundo suele llegar
al menos, una o dos veces, al final de cada siglo.
Entra tan campante y se queda
unos días, a mesa puesta y cama hecha.
A veces llega en invierno, con
los fríos de diciembre; otras, aparece hacia junio, coincidiendo con el
solsticio de verano.
La verdad es que para poco por
aquí, y durante el tiempo en que está siempre encuentra excusas, que no
convencen a nadie, para posponer su trabajo. «Que si no es el momento, que si
ha perdido el libro de instrucciones o la hoja de ruta, que si hoy llueve y
mañana hace sol...».
Muchos empiezan a sospechar
que en realidad el «señor» es un vago de tomo y lomo, que no quiere doblar el
espinazo y actuar de una vez por todas.
Aunque yo creo que, en el
fondo de los fondos abismales, es, simplemente, un romántico indeciso al que le
da pena variar el curso de la historia.
María Jesús
Las
ventanas en otoño
Las sombras parecen humanas y los humanos meras
sombras que trajinan por las casas por detrás de las ventanas.
Si te fijas puedes ver los
rituales familiares a través de la tela, más o menos transparente, de las
cortinas echadas: meriendas, juegos, charlas intrascendentes, acaso algún gesto
airado o un beso, un cuaderno de deberes extendido en una mesa, un libro dormitando
entre unas manos, una mirada al vacío, una plancha que no cesa, unos pasos
desganados, alguien que se inclina, una risa o un bostezo… pequeños retales de
vida que se observan —si te fijas— en las tardes del otoño, más allá de las
ventanas.
María Jesús
Lágrimas
Me abandono
ante cada lágrima
que
cae llenando de sal mi piel
hechas
del más caro dolor
forjadas
en el más puro sufrimiento
educadas
en la más selecta pena
escogidas
una a una por el exigente corazón
como
granos virginales de cristal
esencia
perfecta que resbala por mi piel
acompasadamente
acompañadas
por el
ritmo apasionado y entregado
de mi pecho
María
Jesús
Dudas
y reflexiones bienaventuradas
Sin ánimo de ofender a nadie, y mucho menos de
hacer de profeta —¡con lo saturada que está la profesión!― tengo yo para mí,
que a Jesús, el día del Sermón de la montaña, la alegría le pudo. Es natural,
allí en medio de tanta florecilla, trino de pájaros y frondosos árboles, entre
amigos y respirando el aire puro de entonces y, rodeado de toda la belleza que
su buen padre creó, ya digo, se embriagó de hermosura y se vino arriba, y ya,
en racha, nos soltó las Bienaventuranzas.
Veamos algunas de ellas que, junto
a mis dudas y reflexiones, he anotado aquí en fraternal armonía.
Bienaventurados los pobres de
espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos… pero mi pregunta es que se
hará con los pobres a secas, los de toda la vida, ¿tendrán también derecho a un
trocito de reino? O los meterán en un campo de refugiados cualquiera.
Está escrito que los mansos
heredarán la tierra… igual peco de desconfiada, pero no dejo de pensar lo que
tardarán los terratenientes en impugnar el testamento.
Bienaventurados los limpios de
corazón porque ellos verán a Dios… pero hasta el momento, el nombre del
detergente, paño o gamuza, que podemos usar para limpiarlo, si es que existe, permanece
en el anonimato.
*Apunte: es de suponer que, a
los que, además, les brille, tendrán puntos extras para el evento.
Bienaventurados los que buscan
la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios… esta sí, que sí, aquí Jesús
echó los restos. Humildemente le sugiero, que tal y como está el patio desde
hace más de dos mil años, vale más que Dios empiece a pensar en adoptar un
venusino.
Lo que yo digo: el hombre,
rodeado de hermosura, se nos vino arriba.
María
Jesús
Asesinato en el RIchelieu
Reseña
Estamos ante una novela de
misterio situada en los años treinta del siglo pasado, en algún lugar del sur
de Estados Unidos. La protagonista es una vieja ―para la época, claro—
solterona, de buena posición, carácter agrio y vista de lince para controlar al
prójimo. La señora, una auténtica dama del sur, con todo lo que ello implica en
cuanto a mentalidad y trato con los subordinados y la raza negra, se hospeda en
el hotel Richelieu en régimen de huésped permanente; allí también los hay
temporales y, mira tú por donde, es uno de estos el primero en aparecer
asesinado, justamente en la habitación de Adelaide Adams, nuestra protagonista.
A partir de
aquí empiezan a desfilar unos cuantos, bastantes, personajes que nos amenizan
el relato y nos van conduciendo ahora hacia un sospechoso, ahora hacia otro.
Entre los secundarios tenemos, por ejemplo, a Sophie, la dueña del hotel y a su
joven y ladino esposo; una madre e hija, de comportamiento harto extraño; una
tía y su sobrina, esta, algo descocada; un matrimonio desgraciado y, por
supuesto, el personal del hotel, que tampoco es moco de pavo. La protagonista,
con mano firme y sin pelos en la lengua, nos va contando en primera persona lo
que allí pasa, lo que podría pasar y hasta lo que ha pasado.
He leído por
ahí que Adelaide podría ser la Marple americana, pero yo no estoy de acuerdo,
este personaje prepotente y sin nada de dulzura, no me recuerda a la querida
Jane con sus labores de dulces colores, sus tazas de té y sus copitas de jerez
vespertino; en realidad, Adelaide no resuelve ningún crimen, aunque son varios
los que aparecen en el libro; ella es más bien como el hilo conductor de los
sucesos del hotel.
En mi opinión
es una lectura recomendable para los aficionados a la literatura de misterio de
la llamada Edad de oro de los años treinta. Tiene humor, su ladito social, sus
destellos amorosos y una trama con variados giros y unos personajes creíbles y
bien moldeados.
Blackmon,
Anita, Asesinato en el Richelieu, editorial Siruela 2023. Traductor: Pablo
González Nuevo
María
Jesús
Los
caminos del Señor son inescrutables
Yo no tenía que estar aquí. Lo repito: yo no
tenía que estar aquí. Tenía que estar sudando birras y bailando como un macaco
en el concierto. Pero la vieja me tomó al asalto:
―Anda, hijo, ayúdame a subir
el carro de la compra, que tienes cara de buen chaval.
Y como aún faltaba un rato
para la hora en la que había quedado con la peña, pues me presté. Quién me
mandaba a mí ayudar a subir carros de la compra a abuelas chochas por escaleras
apestosas. «Dios te lo pagará, hijo. Ten cuidado con los escalones, que son muy
traicioneros», me dijo la jodía.
Malditos
escalones, maldita vieja y maldita suerte.
Y
cuando se lo he explicado al hippie grandullón este de las barbas blancas y la
superllave al cuello, va y me suelta con mala baba: «Chico, los caminos del
Señor son inescrutables».
María
Jesús
Diario
de una mujer del extrarradio
26 marzo
Plácido domingo en el que he conseguido acabar
la novela de Reyes. Creo que me ha gustado, aunque como la he leído a
trompicones, del principio me acuerdo poco. Tomo nota para que la próxima: A:
tenga los capítulos más cortos y, B: no tenga tantas páginas, que a veces
parece que las escriben a peso.
Este trimestre creo que tendré un poco menos de
tiempo porque me quiero matricular en clase de Relajación o Yoga, o algo que me
desconecte del mundanal ruido o, al menos, que me lo ponga en sordina. Tengo la
sensación de un tiempo acá que solo hago que recibir información, alguna o la
mayoría de la cual, me la trae al pairo. Estoy empezando a no discernir entre
lo importante y lo que me importa un comino.
Otro propósito de primavera es anotar las cosas
que no entiendo. No ya teorías de los agujeros negros o la levedad de los
seres, sino los misterios de lo cotidiano, tipo: por qué si saco algo de una caja llena, luego
me caben en ella menos cosas que antes, o por qué las frutas llevan etiquetas
con más información que algunos currículos de los que trabajan en la NASA o, ya
la cuestión estrella, que me gustaría ver aquí al propio Einstein
resolviéndola: por qué nos cobran por las bolsas en las tiendas y luego nos lo
dan todo envuelto en plásticos… mejor no anoto nada porque como dice mi sobrino
pequeño, Pablo, no me daría la vida.
Diario de una mujer del extrarradio. Pérez
Barrios, María Jesús, Edit. Círculo Rojo, 2024.
De venta en Amazon, Libros. CC, Buscalibre, El
Corte inglés, FNAC, La Casa del libro… (Bajo demanda)